La chercheta y el saxhorn

Isaac Aranguré
02 junio 2026

Conocí “La chercheta y el saxhorn” mucho antes de que existiera sobre un escenario, lo conocí en forma de idea, de conversación, lo conocí cuando todavía era un ensayo escrito por Julián Vidal que me voló la cabeza, porque entendí que ahí había algo más profundo que una puesta en escena, había una búsqueda. Una de esas búsquedas humanas que parecen pequeñas desde afuera, pero que por dentro son gigantescas.

A veces olvidamos que hacer arte en lugares atravesados por la prisa, por la violencia, por la supervivencia y por la lógica brutal de la utilidad inmediata, es casi un acto de resistencia.

Porque el arte rara vez sirve para algo que pueda medirse fácilmente, no genera rendimientos trimestrales, no resuelve la inflación, no tapa baches, no produce métricas espectaculares y sin embargo, cuando la vida se rompe, cuando el lenguaje cotidiano deja de alcanzar, terminamos refugiándonos ahí, en una canción, en una película, en un poema, en una obra de teatro, en una trompeta resonando en un pequeño foro de Mazatlán.

El arte parece inútil hasta que uno necesita sobrevivir emocionalmente y entonces entendemos que quizá era una de las cosas más importantes de todas.

Vivimos en una época obsesionada con la productividad. Todo tiene que justificar su existencia desde la rentabilidad, desde el alcance, desde el número de vistas o desde la posibilidad de monetizarse, pareciera que únicamente tiene valor aquello que puede convertirse rápidamente en negocio, en tendencia o en consumo, bajo esa lógica, el arte muchas veces queda relegado a un lujo, a un accesorio o a una especie de entretenimiento prescindible pero basta atravesar una crisis personal, un duelo, una pérdida o un momento de incertidumbre profunda para entender que las personas no sobrevivimos solo de cosas útiles.

Sobrevivimos también de sentido y el arte es uno de los lugares donde más sentido intentamos construir.

Lo que Julián y su equipo hicieron con “La chercheta y el saxhorn” no fue solamente investigar instrumentos de viento-metal o reconstruir un puente histórico entre Bélgica y Sinaloa, lo que hicieron fue tomar una raíz cultural profundamente sinaloense y mirarla desde otro lugar, con respeto, con curiosidad y con amor.

Eso es importantísimo porque una cultura que deja de revisarse a sí misma termina convertida en caricatura y una identidad que no se explora termina reducida a estereotipo.

Por eso me parece tan valioso que alguien decida detenerse a pensar de dónde viene el sonido que nos atraviesa desde niños, que alguien quiera preguntarse cómo nació esa fuerza musical que hoy define emocionalmente a Sinaloa, que alguien quiera convertir investigación histórica en experiencia escénica.

Hay algo profundamente humano en eso y también profundamente valiente.

Porque hacer arte implica exponerse, implica tomar emociones, dudas, preguntas y obsesiones internas para ponerlas frente a otros, implica aceptar que quizá nadie entienda del todo lo que uno intenta decir y aun así hacerlo.

Tal vez por eso el arte funciona tantas veces como salvavidas porque permite decir lo que no cabe en ninguna conversación normal, hay dolores que sólo encuentran salida en una canción, hay preguntas que únicamente pueden explorarse desde el teatro, hay identidades que sólo logran entenderse cuando alguien les pone música, imagen o palabras encima. El arte es desahogo, sí, pero también exploración, es una manera de preguntarnos quiénes somos cuando todo lo demás parece demasiado rígido para contenernos.

Pienso mucho en esto porque vivimos tiempos profundamente contradictorios, nunca habíamos tenido tanta tecnología para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil conectar emocionalmente, consumimos contenido a velocidades absurdas, deslizando historias con el dedo como si todas fueran intercambiables, nos acostumbramos a mirar sin observar y a escuchar sin detenernos realmente.

Por eso encontrarse con una obra hecha con profundidad, investigación y sensibilidad se siente casi subversivo, como si alguien nos recordara que todavía podemos detenernos a sentir y eso, en estos tiempos, ya es muchísimo.

Además, hay algo particularmente poderoso en que proyectos así surjan desde Sinaloa. Un estado que tantas veces aparece retratado únicamente desde la violencia, el prejuicio o la simplificación, como si nuestra identidad pudiera resumirse en una sola narrativa, como si aquí no existieran también músicos, investigadores, actores, escritores y artistas intentando entender el mundo desde otros lenguajes.

El arte también sirve para disputar relatos.

Para recordarnos que una sociedad es mucho más compleja que sus peores noticias.

Por eso me conmueve ver a personas apostando por crear belleza incluso en contextos difíciles, porque crear belleza cuando todo alrededor parece empujar hacia la desesperanza tiene algo profundamente rebelde y quizá ahí radica una de las funciones más importantes del arte, recordarnos nuestra humanidad cuando el mundo empieza a volvernos indiferentes.

Pienso mucho en cómo las comunidades sobreviven gracias a las historias que se cuentan sobre sí mismas y el arte tiene justamente esa función, ayudarnos a imaginar otras posibilidades de existencia, ayudarnos a recordar que somos algo más que estadísticas, titulares o algoritmos, quizá por eso salí pensando que “La chercheta y el saxhorn” no era únicamente una obra sobre música, era también una defensa silenciosa del derecho a crear, del derecho a explorar nuestras raíces sin simplificarlas, del derecho a hacer preguntas sensibles, incómodas o aparentemente inútiles.

Porque ahí, justamente ahí, suele esconderse lo más humano que tenemos y porque a veces resistir no significa gritar.

A veces resistir significa seguir haciendo arte.