La cordialidad del saludo

Rodolfo Díaz Fonseca
07 agosto 2019

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Algunas normas de educación y buenas maneras han caído en desuso. Una de ellas es la práctica de saludar. Anteriormente, era normal que alguien que llegaba a una reunión, o se topaba con otra persona, emitiera un saludo de cortesía y buenos deseos.

Las generaciones jóvenes practican algunos saludos propios, como chocar las palmas o los puños. Incluso, existen formas más exclusivas, extrañas y estereotipadas que se introducen en grupos o pandillas.

Sin embargo, el saludo clásico y formal continúa siendo imprescindible para manifestar empatía y buena educación. Si alguien entra en una habitación, cuarto, salón o elevador es de apreciar que muestre su educación y respeto a las otras personas con un saludo.

El clásico saludo consiste en dar los buenos días, tardes o noches, así como decir “hola”. Puede también saludarse con un apretón de manos, beso, inclinación de cabeza, sonrisa o cualquier otro gesto de amabilidad y sinceridad. Saludar es desear lo mejor para los demás, celebrar que no lleguen a sufrir ningún daño

No incurre en ningún desdoro quien obra así. Por el contrario, quien no saluda demuestra su altivez, ínfulas, desprecio y soberbia, cuando no su inmadurez, inseguridad, timidez, hostilidad y hasta agresión.

El fisioterapeuta Jacques Castermane, en su libro La alegría de ser, narró que compartió un curso de aikido con un compañero que jamás saludaba con una inclinación a su maestro, el cual permanecía inmutable ante esta falta de cortesía.

Un día, el alumno le preguntó: “¿Ha visto que no me inclino? ¿Este gesto me resulta insoportable? ¿No le parece mal?” El maestro respondió: “¡Oh, no!, es como en un campo de trigo: todas las espigas que están llenas se inclinan naturalmente hacia la tierra; sólo las espigas vacías se mantienen derechas”.

¿Saludo con humildad y cordialidad?