La cuerda del corazón

Rodolfo Díaz Fonseca
19 mayo 2026

Un cuento infantil narra que cada uno tenemos una cuerda dorada en nuestro corazón; por tanto, cuando hacemos el mal nos distanciamos cada vez más de nuestros semejantes, pero, cuando obramos bien, nos acercamos hasta fundirnos en un abrazo. El cuento concluye: “¿Y sabes lo más importante? Que esta cuerda es la más fuerte del mundo. Podrá acercarse y podrá alejarse”.

Me vino a la memoria este cuento al leer el capítulo sexto de la autobiografía del Papa Francisco, que tituló: “Como una cuerda tendida”, donde recordó sucesos de su infancia y juventud, anécdotas sencillas e íntimas que estrecharon los vínculos entre los distintos familiares y hermanos, como si fueran los diferentes dedos de una mano.

Narró que todos los sábados, cuando tenía 11 o 12 años, su mamá escuchaba en la Radio del Estado (todavía no tenían televisor ni tocadiscos) una retransmisión de ópera lírica. Su madre les explicaba a los tres hermanos mayores los libretos, personajes y voces: “Ésta es Desdémona que se prepara para acostarse, asaltada por un triste presentimiento... Éste, en cambio, es el joven guerrero Radamés que regresa vencedor; atención, escuchad: ¡ahora empieza la marcha triunfal!”.

Siendo adolescente, acudió a un espectáculo de Tito Schipa, escuchando La Traviata y L’elisir d’amore. Pero, no solamente escuchaba ópera, también música popular, como las canciones de Carlo Buti, a quien se llamó “La voz de oro de Italia” y dejó mil 574 grabaciones de sus canciones, como Non ti scordar di me, Regina della pampa y O sole mio.

Expresó: “La música popular siempre sería un nexo entre dos mundos, también en los años futuros, como una cuerda tendida de un lado a otro del océano; más adelante nos conquistarían Parole, parole, de Mina, y Zingara, de Iva Zanicchi”.

¿Tiendo mi cuerda?