La cumbre de los lunes

Omar Lizárraga Morales
16 marzo 2026

Cada semana, desde hace unos meses, tengo una cita que ya se ha vuelto casi una obligación personal: a las ocho de la mañana de cada lunes me reúno a desayunar con seis profesores jubilados de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Yo soy el único relativamente joven del grupo, pues todos rondan los setenta años de edad. Uno de ellos, experto en estadística, mencionó que mi presencia redujo la media etaria del grupo. No sé si eso tenga algún valor para la ciencia, pero sospecho que para ellos sí tiene cierto efecto psicológico. Tal vez al sentarse con alguien varias décadas menor, sienten un leve contagio de juventud.

Ellos pertenecen a una generación muy particular: su juventud transcurrió en los memorables años sesenta. Fueron jóvenes universitarios que discutían con pasión a Karl Marx, que vivieron la universidad como un espacio de debate ideológico intenso, y que se asumían como parte de una izquierda crítica y combativa. Fueron años de convicciones fuertes, de discusiones largas y de la sensación permanente de que el mundo podía ser distinto.

Hoy las conversaciones empiezan, inevitablemente, por otros temas. Sobre los achaques, las rodillas que duelen, los medicamentos nuevos que recomienda el urólogo o el cardiólogo. Pero basta que la charla se desvíe hacia la política o hacia la universidad para que algo se encienda de nuevo: sus ojos vuelven a brillar y las palabras fluyen como si estuvieran otra vez en una asamblea estudiantil.

A veces pienso que yo los rejuvenezco un poco con las ideas frescas que escucho todos los días en aula, pero la verdad es que el intercambio funciona en ambos sentidos: cada lunes salgo de ahí un poco más sabio. Cuando les pido un consejo, ellos, con una mezcla de experiencia, franqueza y afecto, me lo ofrecen generosamente.

Con el paso de los últimos meses la reunión se volvió tan valiosa que terminé reorganizando mis horarios de clase para no faltar. Confieso que ahora acomodo mis actividades académicas con la prioridad de poder asistir puntualmente a lo que ya empezaron a llamar (medio en broma, medio en serio): “La cumbre”.

Es que este tipo de relaciones intergeneracionales traen múltiples beneficios para todos sus integrantes; por una parte, hay una transferencia de conocimiento, ya que los jóvenes reciben la experiencia y consejos de los mayores. Y por otra, los de mayor edad aprenden también de tecnología, modismos, y en general, sobre la forma de pensar de los jóvenes.

Algunos países como Argentina, España y Estados Unidos (y seguramente otros) promueven formalmente las actividades intergeneracionales con el fin de transmitir valores y conocimientos entre personas de distintas edades. Por ejemplo, en Buenos Aires hay una iniciativa ciudadana en la que los adultos mayores enseñan y practican juegos del siglo pasado con niños de hoy. Mientras que los niños les enseñan a ellos, a usar y jugar con dispositivos tecnológicos modernos. Esas actividades han traído una mayor dignificación y respeto en ambas direcciones.

Quizá por eso espero con gusto que llegue el lunes. Porque, entre café y café, la cumbre me ha enseñado que, los años son solamente un número, y que la edad puede dejar de ser una frontera para convertirse en un puente entre dos generaciones.

Es cuanto...