La encrucijada del camino

Rodolfo Díaz Fonseca
03 febrero 2017

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Cuando se habla de Hércules, héroe de la mitología griega, inmediatamente se le asocia con una fuerza extraordinaria que le permitió salir avante de un sinnúmero de enfrentamientos y peripecias. Sin embargo, hoy nos centraremos en la narración de cuando se encontró en una encrucijada de dos caminos y tuvo que tomar una difícil decisión.
 
La vida ha sido continuamente comparada con un camino, ya sea en el terreno de la literatura, música, mitología, religión o cualquier otro campo o disciplina.
 
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”, escribió el poeta Antonio Machado.
 
En la Biblia se dice repetidamente que Dios se dirigió al pueblo de Israel para que eligiera entre dos caminos: “Miren que yo les propongo a ustedes el camino de la vida, y el camino de la muerte” (Jr, 21,8).
 
De igual forma, Jenofonte narró que el joven Hércules se encontró ante una encrucijada de dos caminos, personificados por dos matronas, para que eligiera el rumbo de su vida: una, noble y perfecta, vestida con túnica blanca, que era la virtud. La segunda, hermosa y sensual, vestida con vaporosas prendas, que encarnaba a la eudaimonía (felicidad, de acuerdo a sus seguidores) o a Kakía (la maldad, según sus detractores).
 
En resumidas cuentas, a Hércules se le presentan dos mujeres: una de austera belleza, que le señala un camino duro y áspero para conseguir la virtud, y la otra ataviada con seductoras prendas prometiéndole el camino fácil del ocio, placer, riqueza y comodidad.
 
Hércules, eligiendo bien, optará por el camino difícil del esfuerzo y la fatiga para conseguir el éxito, honor y virtud.
 
¿Cuál camino elijo?
 

 

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