La ética y las nuevas tecnologías... ¡A examen!

Juan José Rodríguez
02 agosto 2026

El asunto de la crisis de la UNAM, en la credibilidad de los exámenes de admisión, nos pone en situación de revalorar la cuestión moral de las astucias y argucias empleadas ante las evaluaciones.

Esto implica dos horizontes, tanto sobre la ética personal e institucional y de qué tanto es correcto aprovechar las ventajas o, definitivamente, el “hacer trampa”.

La otra cuestión se refiere también al uso de las nuevas herramientas, sobre si sigue siendo fundamental la memorización en el futuro profesionista o lo es más el saber dominar las nuevas posibilidades que brindan la Internet y la consabida inteligencia artificial.

Yo me considero un paladín de defender la memorización y el uso de escritura a mano, pero también no soy refractario a las nuevas herramientas.

Ser un clasicista negador equivaldría a querer hacer un libro escribiendo a máquina mecánica, mandándolo por correo postal a una editorial, y que éste fuera transcrito para luego ser impreso con una máquina, justamente con prensa de tornillo.

En cambio, por la vía moderna el archivo llega de inmediato y se puede trabajar sobre él e intercambiar correcciones y sugerencias en minutos, a través de la web.

Se les llamaba Ludditas a los obreros rebeldes que destruían máquinas de coser en plena Revolución Industrial; hoy los venía de todo tipo.

Ya he comentado aquí que en Francia las escuelas primarias han vuelto a hacer “óvalos”, los llamados ejercicios caligráficos que las maestras de antaño recetaban para aprender la letra manuscrita o pegada, porque es importante para el desarrollo del cerebro de los niños la conexión con el lápiz.

Ahí está muy correcto el tema. Pero también es necesario el dominio del mouse y la pantalla táctil. No quedarnos en los tiempos de la pluma de ave, que era necesario llevar al tintero cada tres renglones.

Hace años, en los 70, el debate con los amigos contadores era sobre si se estaban volviendo demasiado dependientes de la calculadora.

Que ya no podían resolver nada sin un lápiz, les señalaban algunos antiguos genios de la aritmética con dedo de fuego.

Hay que entender que las operaciones que efectúa un contador al día son muy extensas y el uso de la calculadora de bolsillo minimizan tiempo y error.

Además, creo que es más mérito ver a simple vista una página de estados financieros y detectar de inmediato una irregularidad, en vez de estar sumando y restando entradas y salidas de dinero. La labor de un administrador va más allá de todo esto.

A mí me tocó un tiempo donde estaba prohibido llevar calculadora a la escuela. Un amigo astuto llevaba una de papel que venía dentro de los cajas del cereal Maizoro.

Descansé de ese drama escolar cuando en la prepa pude operar un reloj con calculadora. Y lo usaba para resolver ecuaciones y problemas de física con los maestros Gonzalo Tirado, Víctor Brambila y Leopoldo Cedeño.

Pero, ¿qué pasa con la UNAM en que, además de la posible filtración de resultados, es posible que se hayan usado dichas herramientas con mala práctica? Esperemos las evidencias.

Ya han lanzando un posicionamiento público al respecto y han removido cabezas de área, además de anunciar la reaplicación del examen.

No olvidemos que la actual promoción que accede a las universidades ha vivido el coma social inducido por la aparición del Covid.

Esta es una generación pandemial que, en algunos casos hizo los exámenes en línea con las mamás desesperadas a un lado, checando el Google o pasando vía WhatsApp los resultados.

Ese horror lo vi de cerca porque en casa fui “el maestro” junto a mi hijo y era terrible el mal tráfico de información esos días.

Confieso que tuve una vez una duda sobre un problema sobre el concepto de factorizar, chequé Google y no solo encontré la explicación, sino que me aparecieron al instante los resultados del problema del examen.

Tantas personas habían consultado en esa mañana el resultado de la operación que éste me apareció en pantalla con solo escribir “factorizar” en el buscador, que ya sabia en qué zona me estaba desenvolviendo. La máquina era más lista que yo y me hacía un regalo.

Semanas después, esos mismos padres tramposos exigieron que les cambiaran a la maestra porque “usaba un tono de voz muy ranchero al hablarles a los niños”.

Ella sabía más que ellos de matemáticas, pero no se expresaba a su gusto al oírla en pantalla. Me negué a unirme a esa protesta.

Así la UNAM: ahí se cometen los errores que todos cometemos y la fulminamos como si fuéramos más sabios.

Concluyo que todo es perfectible, pero la universidad nacional tiene que estar siempre en la vanguardia de lo positivo. Y todos, con ella, asumir un nuevo modelo de pensar.