La libertad de disfrutar o rechazar
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Está por demás cualquier avance intelectual que logremos, mientras no podamos tolerar a nuestros vecinos, mientras nuestros amigos sigan siendo el blanco de nuestras más acres críticas, y la familia, a la cual decimos amar y defender tanto, sea la fuente de los peores pleitos y sinsabores.
No es posible pedir paz en el mundo, si vivimos en continua guerra con nuestros padres, hermanos filiales, y todos como hermanos en Cristo.
Las manadas de leones, tigres, elefantes, cebras, jirafas conviven con mayor armonía que la “civilización” de los seres humanos.
Para que en nuestro mundo haya paz, cada quien tiene que encontrar su tranquilidad interior.
Los vicios humanos y lo que espiritualmente llamamos “pecados”, nacen de la angustia por no comprender la existencia, y la única luz que puede iluminarnos y darnos valor está dentro de nosotros.
La neurosis provocada por nuestro miedo a vivir, no puede remediarse externamente. Las actitudes necesarias para gozar de una vida positiva y feliz, tienen que nacer de lo más profundo del eco de cada quien; y esto no es posible mientras no tengamos la fuerza y valor de responsabilizarnos de nuestra existencia, y la única manera de lograrlo, es descubrir al Dios que haya en cada uno de nosotros, el que ha estado ahí siempre y que debe ser el faro, el guía de nuestra vida.
La felicidad, la tranquilidad, consecuencias de este descubrimiento, son la única vía para que el género humano pueda coexistir pacíficamente.
Cuando se descubre la presencia y esencia de Dios en uno mismo, también abrimos los ojos a la idea de esa oportunidad. El llamado “libre albedrío” llega a ser pues, la libertad de disfrutar o rechazar el más grande de los regalos con que el Creador nos dotó: su presencia en cada uno de nosotros.