La mediática infancia de los años setenta
Dos frases contradictorias se escuchaban mucho en la televisión y la radio durante mi mediatizada infancia: una decía “La familia pequeña vive mejor”. Contundente mensaje y con un significado que no captábamos del todo.
La otra era más larga: “¡Viva la gente / la hay donde quiera que vas / Viva la gente / es lo que nos gusta mas”...
Alcancé a preguntarme cuál sería el futuro de la humanidad ante esos dos mantras tan diferentes alumbrando el camino.
Ah, era el tiempo de los jingles y los mantras como resabios de la marea jipi, una bebida de cola ponía jóvenes greñudos en un prado cantándole a la paz; faltaban siglos para los memes como condicionadores de lo que la gente debía pensar correctamente o burlarse.
Hoy la publicidad tiene candados para que los empresarios ya no mientan tanto o exageren en los medios las bondades de sus productos. En mi época tanta mentira era útil para los padres que nos decían que tomar leche con un producto lleno de azúcar nos haría crecer como superhéroes. Y uno, como niño, pensaba que sin leche también.
Yo fui de esos niños que se comían el Choco-Milk a cucharadas, sin leche, a escondidas, e incluso en las casas de confianza a las que iba de visita y no donde vigilaban mucho la cocina.
Una vez llegué a hacerlo en casa de una familia de gringos bonachones que visitábamos y nunca olvidaré lo repugnante que me supo la Cocoa Hershey que tenían en la alacena. Desde entonces, vi a los gringos como una cultura desabrida cuya apariencia siempre engaña; por fortuna logré comprobar que no todos eran así y, en no pocos casos, nos daban el ejemplo para mejorar.
Cuando tenía cinco años, cierta vez, me hicieron tomar Chocomilk con leche bronca en el desayuno con el incentivo de que esa tarde iba a quebrar yo solo una piñata. (Había visto demostraciones en los comerciales animados de Pancho Pantera). Todo esto ocurrió en Copala, el rulfiano pueblo minero de mi madre. Nada de eso pasó.
El oprobio fue doble porque anuncié mi proeza antes de tiempo. Alguien salvó mi dignidad diciéndome no sólo que la festejada, mi estruendosa tía Mily, iba a ser la última en pegarle, sino que también iba a tener el honor de romperla. Incluso hizo la proeza de colgarse de los restos y subir con ellos varias, alzada por el otro tío que en lo alto del barranco vecino a la casa de mis abuelos realizaba esa función.
Tuve una infancia muy a la Tom Sawyer a pesar de la tele y la radio.
Estábamos muy bombardeados, casi tanto como hoy por la Internet, por la publicidad capitalista y la propaganda gubernamental.
Después de “La familia pequeña vive mejor” llegó “Planear la familia” porque el problema demográfico nos asfixiaba y, para furia de una parte de la sociedad de entonces, comenzamos a escuchar a toda hora sobre los abstractos productos de planificación familiar.
Hasta telenovelas hicieron, generalmente la primera de la tarde. “Acompáñame”, “Ven conmigo”, “Caminemos”, “Vamos juntos”, todas con títulos optimistas e invitación a marchar en el mismo proyecto nacional.
Yo no necesité ver la guerra las galaxias. Con ver los avances, los programas de los efectos especiales y parte de la visita del “elenco” al programa de Cepillín más las charlas de mis amigos que sí la vieron, tuve suficiente... además que por una mudanza lejos del centro de Mazatlán dejamos de ir mucho al cine en ese momento.
Otra que no “necesité” ver fue King Kong. Las barajitas te contaban toda la película (la parte inversa formaba un rompecabezas tamaño póster con el antropoide montando en las novedosas Torres Gemelas) y las fui comprando poco a poco. Luego leí el cómic en forma de revista mucho antes que llegara la cinta a provincia. Bastante cine tenía yo con la matinee de cinco pesos del sábado a la que iba con mis amigos del barrio.
Hoy veo qué pasa algo similar con no pocos niños y adolescentes. Ven un trailer en Internet, varios TikToks de una película, largos fragmentos en YouTube y deciden no ir a verla al cine con los padres, aunque podrían verla descargada pirata. Un día se la topan en la tele y se sorprenden de lo que se perdieron.
La espiral de publicidad y condicionamiento que padecen niños y adolescentes hoy ya tiene más de 60 años en nuestras vidas. No nos asustemos, pero tampoco lo olvidemos ni nos arrodillemos ante su embate.