La mentira del progreso: ¿quién gana y quién pierde con el desarrollo?

Alberto Kousuke De la Herrán Arita
24 mayo 2026

La idea de “progreso” se ha vendido durante siglos como un elíxir que cura los males de todos por igual. Bajo este cuento, la industrialización, la explotación de recursos, y la atracción de capitales extranjeros son presentadas como sinónimos de bienestar social y avance civilizatorio. Sin embargo, cuando se examinan los datos con rigor científico, la realidad es otra.

El modelo de progreso tradicional funciona como un mecanismo de transferencia de costos ambientales y humanos desde los centros de poder hacia las periferias, beneficiando a una minoría global a expensas de las mayorías locales. Los economistas ecológicos llaman a este fenómeno “intercambio ecológicamente desigual”. Estudios publicados en revistas como Global Environmental Change demuestran que las naciones de altos ingresos consumen recursos biofísicos (energía, materiales, tierra, y mano de obra) que provienen mayoritariamente del Sur Global. Esta dinámica permite a los “países desarrollados” mantener un alto nivel de vida y una aparente “limpieza” ambiental en sus territorios, externalizando la degradación ecológica y los sumideros de carbono a regiones en vías de desarrollo. De esta manera, el progreso de unos pocos se subsidia directamente con el patrimonio natural y la salud de los muchos.

A nivel internacional y nacional, la minería a cielo abierto y la extracción de hidrocarburos son los ejemplos más evidentes de esta desigualdad. La extracción de minerales esenciales para la transición tecnológica y energética occidental se promociona en los países de origen como una fuente de empleo y desarrollo. No obstante, la literatura científica en ecología política y economía de los recursos naturales revela un panorama opuesto, a menudo llamado “la paradoja de la abundancia” o la “maldición de los recursos”.

Las comunidades cercanas a los megaproyectos mineros, manufactureros, etc. raramente experimentan una mejora sostenida en su calidad de vida; en vez de eso, enfrentan la destrucción irreversible de sus ecosistemas, la contaminación de acuíferos con metales pesados y el despojo de sus territorios ancestrales. Las ganancias se evaporan hacia corporaciones transnacionales y mercados financieros, dejando pasivos ambientales que persistirán por generaciones.

Naciones como la República Democrática del Congo (cobalto, oro y diamantes), Nigeria (petróleo), Angola (petróleo y diamantes) o Zambia (cobre), entre otras, han sido históricamente grandes proveedoras de recursos materiales. A pesar de esta inmensa riqueza natural, más de la mitad de su población vive por debajo de la línea de pobreza.

Esta misma lógica opera cuando el “desarrollo” no llega en forma de mina, sino como inversión para infraestructura y manufactura global. En la literatura de salud pública de la última década se acuñó formalmente el término “Aldeas del Cáncer” (Cancer Villages). Son asentamientos humanos ubicados típicamente a las orillas de los ríos más industrializados (como el río Yangtsé o el río Amarillo). Las plantas manufactureras de textiles, químicos, y componentes electrónicos vierten metales pesados (como cadmio, plomo y cromo hexavalente) directamente a los cuerpos de agua que la población usa para beber y regar sus cultivos.

Estudios de epidemiología ambiental muestran tasas de cáncer digestivo, hepático, y de estómago que duplican o triplican la media nacional en estas zonas. Al final, el mundo consume iPhones y ropa barata (fast fashion), mientras las provincias rurales de los países maquiladores absorben los tumores y la degradación biológica.

Esta misma lógica sigue aplicándose en México, y en el caso de Sinaloa, un territorio históricamente agrícola, actualmente se encuentra en la mira de la reconversión industrial energética. El caso del proyecto Mexinol y los planes de instalación de plantas de metanol y amoníaco en la región de Topolobampo y sus alrededores muestran perfectamente cómo la narrativa del progreso local choca con la viabilidad ecológica y la justicia social.

Desde la perspectiva del discurso corporativo, estas plantas representan inversiones multimillonarias, transiciones hacia energías “más limpias” y la creación de empleos técnicos. Sin embargo, los análisis de impacto ambiental y las advertencias de la comunidad científica local e internacional encienden alarmas. La producción de metanol y amoníaco a gran escala requiere volúmenes descomunales de agua y energía, además de implicar riesgos severos de contaminación química en ecosistemas altamente vulnerables, como las lagunas costeras y los humedales catalogados por el Convenio de Ramsar. Si estos proyectos realmente traen tantos beneficios, ¿por qué no los hacen en sus comunidades gringas o europeas?

El humedal de Santa María-Topolobampo-Ohuira es el sustento de familias de pescadores y un eslabón clave en la biodiversidad marina del Golfo de California. Introducir industrias de alto riesgo petroquímico en estas zonas altera el metabolismo social de la región. El agua y los recursos que antes sostenían la soberanía alimentaria local y los ciclos ecológicos se redirigen para alimentar procesos industriales orientados a la exportación.

Los empleos generados suelen ser temporales o altamente especializados, lo que significa que la mano de obra local rara vez accede a los puestos de toma de decisiones o de alta remuneración, quedando relegada a asumir los riesgos ambientales cotidianos.

El progreso, tal como se implementa bajo este diseño de explotación, no es uno de bienestar universal, sino uno de concentración de riqueza. Mientras los centros urbanos y corporativos celebran el aumento del PIB y la transición hacia vectores energéticos globales, las comunidades locales en Sinaloa, al igual que las comunidades afectadas por la minería o las maquilas en el resto del mundo, se quedan con la escasez hídrica, la pérdida de biodiversidad y la fragmentación de su tejido social.

La ciencia de la sustentabilidad y la economía ecológica nos obligan a deconstruir la narrativa del progreso. No se puede hablar de desarrollo cuando los beneficios se privatizan y globalizan, mientras que los daños colaterales se socializan y localizan. El futuro habitable y justo no radica en aceptar ciegamente cualquier megaproyecto bajo la promesa del crecimiento económico, sino en democratizar las decisiones sobre el territorio, respetando los límites biofísicos de la naturaleza y priorizando la vida y el bienestar de las comunidades locales (así como de nuestros ecosistemas y toda la vida que albergan, no solo la humana).