La muerte tiene permiso

Rodolfo Díaz Fonseca
02 noviembre 2026

La vida no es el anticipo de la muerte, sino un constante morir. La muerte es persistente gota que cae en un mismo sitio, hasta que perfora la roca. Entre la vida y la muerte no se yergue ningún abismo, sino una puerta giratoria sin cerradura y sin picaporte.

Desde la perspectiva de la religión cristiana, los muertos no han muerto del todo, pues han alcanzado la resurrección eterna. Desde la óptica mexicana, el vínculo entre los vivos y los difuntos se refuerza eternamente. Quienes han partido y se nos adelantaron en el trascendente peregrinar, no han desaparecido de nuestro horizonte y hasta se puede dialogar con ellos.

Por eso, en el Día de Muertos se les visita en los panteones y se les llevan los alimentos y bebidas que preferían, al estilo de la película animada “Coco” y su éxito musical, “Recuérdame”.

En la literatura mexicana, el escritor Juan Rulfo se adentró profundamente en este diálogo sustancial entre vivos y difuntos, pues probó el acibarado sabor de la muerte cuando tenía apenas 6 años, al ser asesinado su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, “Don Cheno”, por un vecino llamado Lupe Nava, debido a un asunto sin mayor trascendencia, haberle comentado que sus animales se habían brincado a su potrero.

Esa actitud que se antoja bestial, salvaje, primitiva y anacrónica es la que, por desgracia, seguimos lamentando en nuestros días, pues vivimos en una permanente “muerte sin fin”, como escribió José Gorostiza, y en un Sinaloa donde “la muerte tiene permiso”, según la expresión del cuento de Edmundo Valadés.

Oremos y actuemos para que esta larga fila de cruces llegue a su fin, mientras recordamos a nuestros difuntos con el perfume de la nostalgia y el bálsamo del recuerdo.

¿Permanece eternamente vivo su recuerdo?