La paradoja del pragmatismo: Ormuz se abre, el T-MEC se tensa
La firma en Suiza del memorándum entre Estados Unidos e Irán marca el fin de la hostilidad abierta en Oriente Medio, desarmando un conflicto que amenazaba el flujo energético global.
Sin embargo, para México, el acuerdo de Washington con su némesis persa no es una noticia lejana: es una lección cruda de realismo político.
La velocidad y el pragmatismo con el que la administración estadounidense flexibilizó sanciones, otorgó exenciones al crudo iraní y aceptó el compromiso del down-blending (dilución) de uranio en suelo soberano de Teherán contrasta con cierta rigidez institucional que Washington proyecta hoy sobre su vecino del sur.
En Oriente Medio, Washington opera bajo la urgencia de la seguridad energética global y la estabilidad de las cadenas de suministro. El desbloqueo del Estrecho de Ormuz vale la concesión de permitirle a Irán reactivar sus arcas mediante exportaciones petroleras inmediatas, aun antes de amarrar el desarme nuclear definitivo en los 60 días de negociación subsiguientes.
Pero con México no parece haber urgencia de supervivencia, sino una estrategia de contención. Mientras a un rival histórico se le otorgan salvoconductos financieros temporales, a su principal socio estratégico y comercial se le ve con desconfianza.
Esto último no tiene que ver solamente con los propósitos geopolíticos globales estadounidense sino con la conducta del Gobierno mexicano.
En efecto, la relación corrupta de gobernantes mexicanos con grupos de narcotraficantes, la falta de crecimiento económico por malas decisiones gubernamentales y la erosión de las instituciones republicanas de la democracia han convertido a México en un socio menos confiable de lo que había sido hasta ahora.
El texto filtrado del acuerdo con Teherán demuestra que cuando Washington necesita un respiro estratégico, es capaz de tole
rar zonas grises y soberanías complejas. En cambio, la relación con México sufre de una microgestión fiscalizadora.
Las tensiones recientes por los canales de seguridad: desde las notas de protesta por los agentes estadounidenses fallecidos en Chihuahua hasta la presión explícita del Departamento de Justicia sobre la política interna de Sinaloa revelan que el principio de respeto mutuo se está topando constantemente no sólo con la asimetría del poder sino con un constante debilitamiento en ambos lados de la frontera de la confianza que debe reinar entre dos vecinos.
El acuerdo Washington-Teherán deja una moraleja incómoda para la diplomacia mexicana en este año crucial de revisión del T-MEC. La política exterior de Estados Unidos no se mueve tanto por lealtades geográficas ni por la vecindad continental, sino por la geometría variable de sus vulnerabilidades globales.
Si México quiere navegar con éxito la revisión de julio y contener las ofensivas arancelarias o de seguridad de Washington, debe entender que si la docilidad comercial no garantiza indulgencia política, menos la asegura el convertirse en un país donde reina la anarquía, el desorden y la falta de pericia en la administración pública.
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El autor es abogado y Diputado federal.