La polarización es primitiva

Óscar de la Borbolla
04 mayo 2021

Suele creerse que los seres humanos tomamos los contrarios de la realidad, que ahí, ante nosotros están lo blanco y lo negro, lo bello y lo feo, el día y la noche; sin embargo, si nos fijamos bien, quiero decir, si vemos sin prejuicios, lo que está delante de nosotros es una realidad mucho más rica: el mundo no es blanco y negro: el cromatismo que muestra es inmenso: en una selva la gama de los verdes raya en el delirio; y otro tanto ocurre con la fealdad y la belleza, pues es imposible clasificar infinidad de rostros únicos o de paisajes singulares en solo dos extremos. Y también, no olvidemos, entre el día y la noche hay franjas intermedias: el amanecer y el ocaso; pero nosotros simplificamos y nos parece obvio que sea de día o que sea de noche.

Si de verdad nos atuviéramos a la realidad, rica en detalles y matices, no habríamos descubierto en ella los opuestos. Es nuestra razón la que funciona de forma bivalente y ahí, donde hay tanto que ver, solo mira contrarios: ausente-presente, bien-mal, cambio-permanencia, verdadero-falso... Y cómo el lenguaje -que está hecho por nosotros (a imagen y semejanza de nosotros)- nos brinda las palabras que nos permiten fijar las percepciones, distinguirlas, ordenarlas de manera binaria, terminamos encerrados en un mundo simplificado, esquemático: mujeres y hombres, pobres y ricos, decentes e indecentes, buenos y malos, policías y ladrones, indios y vaqueros: metidos en un mundo pueril, adecuado para la mentalidad no infantil, sino infantiloide.

Qué difícil es reconocer los matices, apreciar las variadísimas calidades de todo lo que existe, y qué fácil, en cambio, funcionar como cualquier computadora con programación binaria de ceros y de unos, sí-no, encendido-apagado. Y lo peor es que esto se convierte en el criterio, en el criterio más elemental, por supuesto.

Para hacer un mundo no más humano (porque el que impera es humano, demasiado humano), sino más maduro serían deseables criterios complejos, que supusieran un mejor cocimiento de las diferencias, pues, cada que generalizamos, cada vez que decimos “todos los X son Y”, “todos los hombres son...”, “todas las mujeres son...”, “quienes no están conmigo están contra mí”, etc., la realidad, la historia, el arte se vuelven simples, tan simples como las antiguas películas de vaqueros. Así, hoy que, paradójicamente, tanto se habla de los diferentes, estamos en un clima de polarización donde todo se pasa por el mismo rasero: los buenos contra los malos, los de derecha contra los de izquierda, los de arriba contra los de abajo y otras nomenclaturas polarizantes que me ahorro por ser de todos conocidas.