La política del ruido
Todavía no son campañas, pero todos sabemos que ya empezaron. Los nombres aparecen una y otra vez en espectaculares, entrevistas, eventos públicos y redes sociales, los recorridos se intensifican, las sonrisas se vuelven más frecuentes y cada declaración parece cuidadosamente diseñada para construir una candidatura que, en teoría, aún no existe, lo vemos cada proceso electoral y, sin embargo, hemos terminado por asumirlo como si fuera una parte inevitable de la democracia.
No debería serlo, las campañas anticipadas son mucho más que una discusión jurídica sobre fechas y reglamentos. Son el síntoma de un problema más profundo, la creciente incapacidad de nuestro sistema político y de nosotros como ciudadanos para hacer que las reglas realmente importen.
Todos sabemos distinguir cuándo un funcionario está gobernando y cuándo está haciendo campaña, lo saben los ciudadanos, lo saben los medios de comunicación, lo saben los partidos y, por supuesto, también lo saben las autoridades electorales, sin embargo, la mayoría de las veces ocurre lo mismo, se presentan denuncias, aparecen algunos titulares, se intercambian acusaciones y, al final, prácticamente nada cambia. La consecuencia más grave no es la infracción en sí misma, la consecuencia es el mensaje, porque cuando una regla puede violarse sin consecuencias reales, deja de ser una regla y se convierte simplemente en una recomendación, poco a poco aprendemos que cumplir la ley es opcional siempre que el costo de incumplirla sea suficientemente bajo y esa lógica termina contaminando mucho más que las elecciones; termina erosionando la confianza en las instituciones y en la propia democracia.
Pero sería demasiado cómodo pensar que el problema pertenece exclusivamente a los políticos, también es nuestro, nos hemos acostumbrado a indignarnos durante unos días y después continuar con nuestra rutina, compartimos una publicación, hacemos un comentario, quizá escribimos un mensaje de molestia y luego dejamos que la siguiente polémica ocupe el espacio de la anterior, la indignación se volvió fugaz y la exigencia permanente desapareció.
Mientras tanto, la política sigue avanzando, lo preocupante es que, mientras los aspirantes invierten enormes recursos en posicionar su imagen, cada vez resulta más difícil encontrar proyectos sólidos detrás de esas aspiraciones.
Hace tiempo que dejamos de preguntar lo verdaderamente importante: ¿dónde están los diagnósticos serios sobre los problemas que enfrentan nuestras ciudades? ¿Dónde están las propuestas acompañadas por estudios financieros que expliquen cómo van a pagarse? ¿Dónde están los análisis jurídicos que permitan saber si son viables? ¿Dónde están las evaluaciones técnicas, sociales o ambientales que demuestren que una promesa puede convertirse en una política pública?
Gobernar nunca debió convertirse en un concurso de popularidad, gobernar consiste en resolver problemas complejos y los problemas complejos no se resuelven con frases ingeniosas, videos bien producidos o publicaciones cuidadosamente diseñadas para obtener miles de reacciones en redes sociales.
Se resuelven con trabajo, con equipos técnicos, con evidencia, con planeación, con prioridades y, sobre todo, con proyectos.
Resulta paradójico que vivamos en una época con más información disponible que nunca y, al mismo tiempo, con menos discusión pública sobre las ideas que realmente podrían transformar nuestras comunidades, hoy conocemos mejor el tono de voz de un aspirante que su visión sobre la movilidad de una ciudad, sabemos qué respondió en la última confrontación política, pero desconocemos cuál es su propuesta para enfrentar la escasez de agua, fortalecer la educación pública o impulsar el desarrollo económico de largo plazo, la conversación pública ha cambiado de contenido.
La política dejó de competir por ofrecer mejores soluciones y comenzó a competir por captar más atención, el algoritmo terminó dictando las reglas del debate democrático y el algoritmo premia el conflicto, premia la confrontación, premia la frase más agresiva, premia la ocurrencia, nunca premiará un estudio técnico de doscientas páginas, nunca premiará un modelo financiero responsable, nunca premiará una política pública bien diseñada, pero una democracia no puede construirse únicamente sobre aquello que obtiene más clics.
Necesita ciudadanos capaces de detenerse unos minutos para preguntar algo tan simple como incómodo, ¿cómo piensa hacerlo?
Porque cualquier persona puede prometer construir hospitales, mejorar la seguridad o generar empleos, lo verdaderamente difícil es demostrar que sabe cómo hacerlo, cuánto costará, de dónde saldrán los recursos, qué riesgos existen y cómo medirá los resultados, eso es un proyecto y hace mucho que dejamos de exigirlos.
Tal vez hemos confundido comunicación con capacidad, presencia con liderazgo y popularidad con competencia, pero son cosas distintas, un buen candidato no debería ser quien más aparece, sino quien mejor comprende los problemas que pretende resolver y una buena ciudadanía no debería conformarse con elegir entre rostros conocidos, sino exigir ideas capaces de soportar preguntas difíciles. Quizá por eso la discusión sobre las campañas anticipadas resulta insuficiente, no basta con pedir que respeten los tiempos electorales si seguimos premiando el espectáculo por encima del contenido, no basta con indignarnos por un espectacular si nunca preguntamos qué proyecto representa esa fotografía.
La democracia no mejora únicamente cuando cambian los gobernantes, mejora cuando cambian las exigencias de quienes los eligen. Los políticos, al final, responden a los incentivos que encuentran, si el ruido genera votos, producirán más ruido, si la confrontación les da resultados, confrontarán todavía más pero si los ciudadanos comenzamos a exigir diagnósticos, evidencia, viabilidad, rendición de cuentas y proyectos serios, tarde o temprano la política tendrá que adaptarse a esa nueva realidad.
Quizá la verdadera campaña que hace falta no sea la de los partidos, quizá sea la campaña de una ciudadanía que recupere el hábito de pensar críticamente, de preguntar antes de creer, de exigir antes de aplaudir y de participar mucho más allá del día de la elección, porque las democracias no se deterioran únicamente cuando los políticos olvidan sus responsabilidades, también cuando los ciudadanos olvidamos las nuestras.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.