La responsabilidad social de los influencers en la era digital

Omar Lizárraga Morales
17 enero 2021

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omar_lizarraga@uas.edu.mx
Un “influencer” se puede definir como alguien que tiene cierto grado de influencia sobre un grupo de personas; es decir en términos sociológicos, alguien que tiene un alto Capital Social. En la era digital, la influencia de un individuo puede medirse con el número de seguidores que tiene en sus redes sociales, o por el número de likes que generan sus contenidos. A este capital, el sociólogo Javier Callejo lo llama Capital Influencia. Este tipo de capital puede ser intercambiado por otros capitales como económico o político. En cuanto al primero, los influencers venden su imagen a marcas, a las que cobran por su comercialización. En cuanto al segundo, lo convierten en seguidores que se convierten en simpatizantes ideológicos y potenciales votantes.
Al ser personas con un alto capital de influencia, existe una responsabilidad social, precisamente por el número de personas a las que llegan sus contenidos. Aunque sigue siendo lamentable, no es lo mismo que un ciudadano común sin influencia haga comentarios homofóbicos, xenófobos o misóginos; a que lo haga un político, por ejemplo. Los influencers tienen una mayor responsabilidad social.
En el ciberespacio controlar el contenido se vuelve una tarea complicada por las lagunas legales, y por el debate sobre la delgada línea que divide a la libertad de expresión y el discurso de odio. En Alemania, tras la denominada crisis de los refugiados y la xenofobia que ésta originó, el gobierno decidió tomar cartas en el asunto mediante la NetzDG, como se conoce a la legislación en aquel país. Esta se aplica a plataformas como Facebook y Twitter cuando no retiran mensajes que promuevan el odio.
El discurso de odio consiste en cualquier forma de expresión cuya finalidad consiste en propagar, incitar, promover o justificar el odio hacia determinados grupos sociales, desde una posición de intolerancia. El discurso lleva a la violencia, porque con este tipo de mensajes se pretende estigmatizarlos y abrir veda para que puedan ser tratados con hostilidad.
En Estados Unidos no ha sido tipificado como delito, y un influencer que cotidianamente ha compartido este tipo de mensajes ha sido el presidente Trump. Lo peligroso de esto, es que su discurso ha despertado los odios de grupos de ultraderecha que permanecían en la oscuridad. No es casual que los grupos de odio en aquel país hayan crecido exponencialmente durante su administración (22% en el primer año).
Y Trump sabe jugar entre esa delgada línea en su retórica. Hay un término que se conoce en Estados Unidos como “Dog Whistle” (silbato para perros), éste se refiere al lenguaje codificado que parece significar una cosa para la población del público en general y al mismo tiempo tiene una resonancia adicional, diferente o más específica para un subgrupo específico. La analogía es con un silbato de perro, cuyo tono ultrasónico es escuchado por los perros, pero inaudible para los humanos.
Muchos estadounidenses no se percataron, pero Donald Trump, desde antes de su campaña presidencial mediante la ironía, la sátira, el desprecio, lo que hacía era promover polarización y tensión racial en Estados Unidos mediante su discurso y mensajes en Twitter. El mensaje era que su gobierno privilegiaría al americano blanco, anglosajón, protestante por encima de las minorías étnicas y culturales.
Lo ocurrido en días recientes en el capitolio, fue debido a la falta de responsabilidad; por compartir mentiras y promover la violencia. Creo que la mayoría ve positivamente la censura de sus cuentas en las redes sociales. En México se debe caminar en ese sentido, en controlar el contenido de odio que se puede compartir en el ciberespacio, sobre todo por parte de los llamados influencers.
Es cuanto….