La seducción del pesimismo
El pesimismo tiene algo profundamente seductor.
Suena inteligente, prudente, realista.
Anunciar el desastre casi nunca tiene costo reputacional porque si no ocurre, siempre puede decirse que sólo se retrasó y entonces, como buen adivino, el pesimista rara vez queda en ridículo; el mundo siempre le concede el beneficio de la duda.
El optimismo, en cambio, incomoda porque parece ingenuo, o infantil y a veces hasta irresponsable y quien apuesta por un futuro mejor se expone, si falla, queda marcado como alguien que no entendió la realidad, que fue incapaz de admitirla.
Morgan Housel habla de esto en Psicología del dinero, las historias pesimistas no se vuelven populares porque sean más precisas, sino porque son más fáciles de creer, se ajustan mejor a nuestras emociones, a nuestra experiencia inmediata, a nuestra memoria del dolor porque el miedo es intuitivo; el progreso sostenido, no y para explicarlo mejor, Japón es quizá el mejor ejemplo de esta paradoja. Después de la Segunda Guerra Mundial, Japón no estaba simplemente en crisis, estaba derrotado, humillado, hambriento, su infraestructura industrial había sido devastada, su tejido social roto, su identidad colectiva en entredicho y en 1943, el propio Gobierno había creado cuerpos juveniles obligatorios y racionado la alimentación hasta niveles que hoy resultarían inhumanos, todo indicaba que el país estaba condenado a décadas, si no generaciones, de pobreza y dependencia.
Y, sin embargo, nadie escribió lo que realmente iba a pasar, no porque fuera falso sino porque habría sido inverosímil.
Decir, en 1945, que Japón duplicaría su esperanza de vida, que su economía crecería hasta superar con creces su nivel previo a la guerra, que mantendría durante más de 40 años un desempleo que rara vez superaría el 6 por ciento, que se convertiría en líder mundial en innovación electrónica y sistemas de gestión empresarial, o que sería tan próspero como para adquirir algunos de los bienes inmuebles más valiosos de Estados Unidos... habría sonado a delirio.
El autor de semejante texto no habría sido considerado visionario, sino irresponsable, y como dice Housel, probablemente le habrían recomendado acudir al médico.
Sin embargo, todo ocurrió.
Aquí está el punto central, la historia no falló por falta de advertencias pesimistas, falló, si es que falló, por nuestra incapacidad para imaginar el poder del progreso lento, acumulativo y silencioso, no porque el futuro fuera impredecible, sino porque era psicológicamente inconcebible.
Las tragedias tienen narrativa, el progreso, no.
Un terremoto, una guerra, una crisis financiera caben en un titular, la mejora gradual de la nutrición, la educación, la salud pública, la productividad y las instituciones no, el crecimiento compuesto no se siente; sólo se nota cuando miramos hacia atrás. Por eso nadie escribió ese artículo optimista sobre Japón, no porque fuera incorrecto, sino porque no habría capturado la atención de nadie.
El pesimismo, en cambio, siempre captura atención.
Tiene drama, tiene urgencia, tiene épica.
Además, el pesimismo ofrece una recompensa moral, quien anticipa el desastre se siente preparado, incluso superior, se vuelve una forma sutil de control en un mundo incierto y si todo va a salir mal, al menos yo lo vi venir.
El problema aparece cuando el pesimismo deja de ser una herramienta analítica y se convierte en identidad, cuando enamorarnos del colapso nos hace confundir lo probable con lo imaginable, cuando asumimos que, porque algo no puede concebirse con claridad, entonces no puede suceder y hoy vemos este mismo fenómeno repetirse una y otra vez, porque cada generación está convencida de que vive el punto más frágil de la historia, que cada ciclo económico parece definitivo, que cada crisis es presentada como terminal y, por supuesto, algunas lo son. Negar los riesgos sería tan ingenuo como negar la gravedad del mundo.
Pero hay una diferencia enorme entre reconocer el riesgo y romantizar el colapso.
El pesimismo extremo se disfraza de lucidez, pero muchas veces es sólo una proyección de nuestras ansiedades, nos hace subestimar la capacidad de adaptación humana, la fuerza de las instituciones cuando se reforman, y el impacto acumulado de decisiones pequeñas pero consistentes. Japón no se reconstruyó porque alguien tuviera un optimismo ingenuo, se reconstruyó porque, aun sin poder imaginar el resultado final, se invirtió en el largo plazo: en educación, en industria, en organización, en disciplina colectiva, porque el futuro no necesitó ser creíble para ser posible.
Tal vez esa sea la lección más incómoda de todas.
No que debamos ser optimistas por principio, sino que deberíamos desconfiar de la facilidad con la que nos seduce el pesimismo, porque cuando el colapso se vuelve la historia favorita, dejamos de ver oportunidades, dejamos de invertir con paciencia, dejamos de construir algo que no sea reacción.
El pesimismo parece inteligente pero el progreso, casi siempre, ocurre sin pedir permiso a nuestra imaginación y la historia, cuando se escribe en retrospectiva, rara vez le concede la razón a quienes estaban demasiado seguros de que todo iba a salir mal.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.