La sucesión presidencial de 2030
Si Andrés Manuel López Obrador y Morena aman a México tanto como afirman deberían comprender una verdad elemental de toda democracia: ningún proyecto político es más importante que la nación y ningún gobernante debe aspirar a ser indispensable.
Las democracias sanas se construyen sobre la alternancia; las autocracias, sobre la permanencia.
El 2 de febrero de 1909, Francisco I. Madero dirigió una carta al entonces Presidente Porfirio Díaz para presentarle una obra que terminaría modificando el curso de la historia nacional: La sucesión presidencial de 1910. En ella formuló una pregunta que, más de un siglo después, conserva una sorprendente vigencia:
”¿Será necesario que continúe el régimen de poder absoluto con algún hombre que pueda seguir la política de Ud., o bien será más conveniente que se implante francamente el régimen democrático y tenga Ud. por sucesor a la Ley?”.
La pregunta no estaba dirigida únicamente a Díaz. En realidad, estaba dirigida a México. Madero comprendió que el problema de fondo no era una persona, sino la concentración del poder. Entendió que ninguna nación puede construir un futuro de libertades si el destino de millones depende de la voluntad de un solo hombre o de un solo grupo político.
Más de un siglo después, los ecos de aquella discusión vuelven a escucharse. México sigue siendo un país marcado por profundas desigualdades, por amplias zonas de pobreza, por la impunidad y por la fragilidad de muchas de sus instituciones. A ello se suma una realidad que Madero no conoció: la expansión territorial del crimen organizado, cuya capacidad de influencia desafía al Estado en regiones enteras del país.
En demasiados lugares, la ciudadanía vive atrapada entre la ausencia de autoridad legítima y la presencia de poderes criminales que imponen sus propias reglas. Allí donde la ley deja de gobernar la libertad también comienza a desaparecer.
La situación se vuelve aún más preocupante cuando observamos el debilitamiento progresivo de los contrapesos institucionales. La concentración del poder político, la erosión de la división de poderes, la reducción de espacios para el pluralismo y la presión constante sobre las instituciones autónomas, el debilitamiento del federalismo configuran un escenario que debería preocupar a cualquier demócrata, independientemente de su ideología.
La democracia consiste en garantizar que nadie acumule suficiente poder como para dejar de necesitar límites. Por eso la discusión sobre 2030 no debe centrarse exclusivamente en nombres, candidaturas o partidos. Debe centrarse en el tipo de país que queremos construir para las próximas generaciones.
La pregunta relevante no es quién sucederá al actual régimen. La pregunta es si México tendrá la capacidad de reconstruir una alternativa democrática basada en instituciones fuertes, pluralismo político, Estado de Derecho y participación ciudadana.
Como ocurrió a principios del Siglo 20, el desafío no será obra de una sola persona. Las transformaciones democráticas auténticas nacen de la organización ciudadana, de la construcción de acuerdos y de la capacidad de reunir a sectores distintos alrededor de un propósito común.
Madero entendió que la democracia no podía surgir del poder. Debía surgir de la ciudadanía. Quizá esa sea también la lección para nuestro tiempo.
La sucesión presidencial de 2030 no debería ser únicamente la discusión sobre quién ocupará la Presidencia de la República. Debería ser el inicio de una conversación mucho más profunda sobre cómo recuperar los equilibrios institucionales, fortalecer las libertades y reconstruir una democracia capaz de sobrevivir a quienes circunstancialmente ejercen el poder.
Porque las naciones que depositan su futuro en los hombres terminan decepcionadas. Y las que lo depositan en las instituciones tienen una oportunidad de perdurar.
Y como escribió Madero hace más de cien años, el mejor sucesor de cualquier gobernante no debería ser otro hombre. Debería ser la ley.