La trampa fiscal que nadie debate

Daniel Elizondo de la Torre
23 julio 2026

Imagina que vendes algo hoy, emites tu factura, y el cliente te dice que te pagará en 90 días. Hasta ahí, nada inusual: así funciona buena parte del comercio entre empresas en México. El problema viene después, cuando el Gobierno te cobra el Impuesto sobre la Renta por esa venta, aunque el dinero todavía no haya llegado a tu cuenta. No dentro de 90 días. Ahora. ¿Es justo pagar impuestos sobre dinero que todavía no tienes?

Esa pregunta, que parece sencilla, está en el centro de una propuesta que Romeo Pastrana Rodríguez, presidente de la Comisión Fiscal de Coparmex nacional, ha impulsado con una lógica que vale la pena entender: migrar el ISR de las personas morales del régimen general hacia un esquema de flujo de efectivo, es decir, que el impuesto se pague cuando el ingreso realmente se cobra, no cuando se factura.

El sistema actual tiene décadas funcionando bajo la misma lógica. Una empresa emite una factura, y aunque su cliente tarde meses en pagarla, el Fisco ya contabiliza ese ingreso. La consecuencia práctica es que muchas organizaciones deben recurrir a créditos bancarios o a recursos destinados a su operación únicamente para cubrir el pago de impuestos sobre ventas que aún no se han cobrado. Están financiando al Fisco con dinero prestado. Y mientras tanto, del otro lado del mostrador, el cliente que no ha pagado esa factura sí puede deducirla de inmediato. Un sistema que favorece a quien debe sobre quien espera cobrar no es sólo inconveniente: es profundamente inequitativo.

Lo que hace particularmente sólida esta propuesta es que México ya recorrió este camino antes, y le fue bien. Hasta el año 2002, el IVA funcionaba exactamente igual que el ISR hoy: se pagaba desde que se emitía la factura, aunque el cliente no hubiera desembolsado un centavo. A partir de 2003 eso cambió, y el IVA comenzó a pagarse cuando el dinero realmente se cobra. Los resultados fueron positivos: el sistema se volvió más justo, mejoró la recaudación y facilitó el cumplimiento de las obligaciones fiscales. Si ese modelo funcionó para el IVA, la pregunta obligada es: ¿por qué no aplicarlo también al ISR de las personas morales?

El corazón del argumento es el flujo de efectivo. Toda empresa, grande o pequeña, necesita liquidez para operar. Con ese dinero paga sueldos, proveedores, renta, impuestos e invierte en seguir creciendo. Cuando se obliga a pagar ISR sobre ingresos no cobrados, esa liquidez se comprime artificialmente. La empresa no tiene menos ventas, tiene menos caja. Y una empresa sin caja no invierte, no contrata, no crece. En cambio, si el impuesto se paga cuando el dinero realmente entra, la empresa puede planear con certeza, operar sin sobresaltos y destinar sus recursos a lo que genuinamente genera valor: producir, emplear, expandirse.

Hay un beneficio adicional que pocas veces se menciona en este debate, pero que Pastrana Rodríguez identifica con claridad: si las deducciones dependieran del pago efectivo de las facturas, las grandes empresas tendrían un incentivo directo para pagar más rápido a sus proveedores. Hoy, una empresa grande puede recibir un bien o servicio, deducirlo fiscalmente y pagar al proveedor 90 o 120 días después. Con un esquema de flujo de efectivo, esa deducción sólo procedería una vez realizado el pago. El efecto en cascada sería notable, especialmente para las pequeñas y medianas empresas, que son las que más resienten los largos plazos de cobranza y las que con mayor frecuencia enfrentan crisis de liquidez no por falta de ventas, sino por falta de cobros.

¿Y el Fisco pierde? La respuesta es no, y aquí está uno de los argumentos más interesantes de esta propuesta. México cuenta hoy con un sistema de fiscalización que hace una década era impensable. Los Comprobantes Fiscales Digitales por Internet y sus complementos de pago permiten al SAT conocer con precisión cuándo una operación fue efectivamente cobrada. La tecnología que ya existe hace viable este cambio con un nivel de trazabilidad y control que el fisco nunca había tenido. Lejos de perder recaudación, un sistema que reduce la evasión, fortalece la liquidez empresarial y estimula la inversión puede generar mayor actividad económica y, por ende, mayor base gravable.

Tributar con base en flujo de efectivo no significa pagar menos impuestos. Significa pagarlos cuando realmente existe la capacidad económica para hacerlo. Esa distinción es fundamental. Un contribuyente que paga cuando puede pagar tiene menos razones para evadir y más capacidad para cumplir. La certeza que esto generaría para los inversionistas tampoco es menor: saber que el impuesto llegará cuando el ingreso llegue elimina una fuente de incertidumbre que hoy inhibe decisiones de inversión, expansión y contratación.

En un momento en que México busca consolidarse como destino atractivo para la inversión, particularmente frente a las oportunidades que abre el nearshoring, un sistema fiscal más justo, más predecible y más alineado con la realidad de las empresas puede ser una ventaja competitiva real. La reforma no requiere inventar nada nuevo. El modelo ya existe, ya funciona en el propio sistema fiscal mexicano y ya demostró sus beneficios.

Sólo falta la voluntad de extenderlo donde más se necesita.