Liberar el potencial
Si algo han dejado claro los dos textos previos de esta serie es que México no fracasa por ignorancia, ni por falta de esfuerzo individual, ni siquiera por ausencia de talento. Fracasa porque sus instituciones no están diseñadas para detectar, proteger y escalar el talento, sino para administrarlo cuando conviene y excluirlo cuando estorba.
El “Currículo Invisible” explica por qué la educación no corrige el origen social. La “Riqueza Silenciosa” explica por qué sí hay dinero, pero no desarrollo. Falta ahora responder la pregunta decisiva: ¿qué tendría que cambiar para que el talento sea, efectivamente, la palanca del desarrollo mexicano?
La respuesta no está en discursos motivacionales ni en nuevas reformas cosméticas. Está en decisiones institucionales concretas.
Blindar la educación como derecho de movilidad, no como ritual de certificación. México trata la educación como un trámite: se cursa, se acredita, se archiva. Debe tratarla como lo que es: el principal activo estratégico del país.
Siguiendo la lógica de Amartya Sen, la educación sólo genera libertad real si se conecta con oportunidades efectivas. Por ello, debe considerarse la vinculación obligatoria entre universidades públicas y privadas con ecosistemas productivos reales, no simulados; el seguimiento longitudinal de egresados, no para estadísticas, sino para detectar bloqueos estructurales y programas de mentoría institucional cruzada, donde estudiantes sin capital social accedan a redes que hoy están cerradas por origen.
La educación no debe sólo enseñar; debe abrir puertas que hoy están cerradas por diseño.
Democratizar el acceso al capital productivo. En México, el talento fracasa no por falta de ideas, sino por falta de capital inicial y de protección institucional. Si el financiamiento toma en consideración las relaciones personales o favores políticos, la innovación será marginal.
Algunas ideas concretas son la creación de fondos públicos de coinversión basados en méritos verificables, no en padrinazgos; el otorgamiento de crédito productivo con evaluación técnica independiente, separado del poder político local; y la protección jurídica reforzada para emprendedores sin redes, especialmente en etapas tempranas. Eliminar la corrupción para permitir que las pequeñas y medianas empresas puedan ser exitosas, se antoja como un requisito imprescindible del sistema.
Un país que niega capital al talento termina financiando sólo la continuidad del privilegio.
Abrir el Estado a la competencia meritocrática real. El Estado mexicano es uno de los principales bloqueadores del talento, no sólo por corrupción, sino por captura institucional. Aquí es inevitable recordar a Daron Acemoglu y James Robinson: las instituciones extractivas bloquean el ascenso de nuevos actores para proteger a los ya instalados.
Para combatir esos vicios debe haber concursos públicos verdaderamente abiertos, con evaluación externa y trazabilidad, rotación obligatoria en posiciones estratégicas, para evitar feudos técnicos y el cierre real de la puerta giratoria informal, donde las redes sustituyen a la competencia.
El talento no puede florecer donde el Estado funciona como club privado.
Transformar la empresa mexicana: del apellido al desempeño. Mientras la empresa mexicana siga siendo mayoritariamente hereditaria y cerrada, el talento externo será siempre accesorio. No se trata de castigar la empresa familiar, sino de romper su autosuficiencia endogámica.
Como advertía John Rawls, las desigualdades sólo se justifican si mejoran la situación de los menos aventajados. En México, muchas empresas hacen exactamente lo contrario.
Construir una cultura institucional que no tema al talento. Este es el punto más difícil, porque no es técnico, sino cultural. México desconfía del talento, porque el talento cuestiona jerarquías construidas sin mérito. Por eso se le neutraliza, se le aísla o se le expulsa. Aquí coincide la advertencia de Martha Nussbaum: una sociedad que impide el florecimiento de sus mejores elementos se vuelve injusta y estéril.
México necesita instituciones que dejen de temer al talento. Mientras el éxito dependa más de a quién se conoce que de lo que se sabe, seguiremos produciendo riqueza silenciosa, élites cerradas y un país que avanza menos de lo que podría. El día que el talento deje de ser una amenaza para las instituciones y se convierta en su principal activo, México dejará de ser un proyecto inconcluso. Ese día, por fin, la educación dejará de ser un ritual vacío y se convertirá en la verdadera palanca del desarrollo.
Ante Notario