Lo que la Selección Mexicana nos recordó sobre la democracia
Los países no se construyen únicamente con instituciones. También se construyen con emociones compartidas.
La afirmación puede parecer extraña en un momento en el que buena parte de la discusión pública gira alrededor de reformas constitucionales, sistemas electorales, división de poderes o calidad institucional. ¡Vaya que son temas centrales y de la mayor importancia! Pero hay otro componente del que hablamos muy poco y que tiene peso en el largo plazo: la capacidad de una sociedad para confiar, imaginar un futuro compartido y creer que el esfuerzo colectivo todavía vale la pena.
Por eso creo que lo más importante que ocurrió durante este Mundial con la Selección Mexicana no fue deportivo.
Nunca he sido particularmente futbolera. Sin embargo, terminé viviendo cada juego de la selección con una emoción que ni yo misma esperaba. Como millones de mexicanos, terminé preguntándome, partido tras partido: ¿Y si sí?
México perdió frente a Inglaterra. Perdió bien, con la frente en alto y dando una pelea cada minuto del juego. Los ingleses anotaron 3 goles frente a 2 de los mexicanos. Ese fue el marcador que cuenta para pasar a la siguiente etapa. Me parece, sin embargo, que reducir el juego al marcador final es perder de vista algo mucho más importante.
Durante semanas vimos a una Selección disciplinada, inteligente, generosa, comprometida y profundamente profesional. Un equipo que llegó hasta esta etapa sin recibir un solo gol. Un grupo de jóvenes que dejó de jugar desde el complejo y empezó a competir desde la confianza, con una mentalidad que no conocíamos y con un gran director técnico: Javier Aguirre.
Eso cambió algo en millones de mexicanas y mexicanos. Una sobrina mía lo dijo desde el corazón y sin pensarlo dos veces: “La Selección Mexicana unió lo que los políticos rompieron”.
No sé si una Selección de fut podría reparar fracturas tan profundas, pero esa frase revela algo que sí me parece de la mayor relevancia: el enorme anhelo que existe por volver a encontrarnos como sociedad.
Durante unas semanas dejamos de preguntarnos quién votó por quién, quién tenía razón o quién era el enemigo. Dejamos de mirar las diferencias para concentrarnos en un objetivo compartido. Volvimos a emocionarnos al mismo tiempo. Volvimos a celebrar al mismo tiempo. Volvimos a sufrir al mismo tiempo.
Eso también construye comunidad.
Las democracias necesitan la confianza de la ciudadanía. Cuando las y los ciudadanos son capaces de colaborar entre sí, de organizarse, de sumarse a causas comunes y de sentirse parte de un mismo proyecto, el diálogo tiene mayores posibilidades de existir y esto fortalece a la democracia. Cuando esa confianza y la posibilidad de cooperar y dialogar desaparece, la democracia se transforma en un campo de batalla permanente y se ve amenazada.
Los liderazgos autoritarios entienden perfectamente esta dimensión emocional del poder. Gobernar no consiste únicamente en aprobar leyes o controlar presupuestos. También consiste en moldear estados de ánimo colectivos. El miedo, el resentimiento, la polarización permanente y la sensación de amenaza son herramientas políticas extraordinariamente eficaces. Una ciudadanía emocionalmente agotada termina reaccionando más de lo que reflexiona y aceptando cosas que en otro contexto serían inaceptables.
Por eso me parece tan relevante lo que ocurrió durante este Mundial. Durante unas semanas cambió la conversación nacional. La narrativa dejó de ser la del fracaso inevitable. Dejamos de anticipar la derrota antes de empezar a jugar. Dejamos de repetir que “somos los mismos de siempre”. Por primera vez en mucho tiempo, millones de personas se permitieron imaginar un desenlace distinto.
Eso tiene un enorme valor político, aunque haya ocurrido en una cancha. Las sociedades también se transforman a partir de las historias que se cuentan sobre sí mismas.
Cuando una comunidad deja de creer en sus posibilidades, comienza a renunciar antes de intentarlo. En cambio, cuando recupera la confianza, aparecen la creatividad, la colaboración y la disposición a asumir riesgos.
La esperanza no es ingenuidad. Es una condición para la acción. Nadie emprende un proyecto, construye una organización, defiende una institución o lucha por la democracia si está convencida de que todo está perdido.
Por eso la esperanza también es un activo democrático. Exactamente igual que la libertad.
Hay dos cosas que ninguna circunstancia debería arrebatarnos: la libertad para pensar con autonomía y la esperanza de que el futuro puede transformarse y reconstruirse. Ambas requieren cuidado cotidiano. Ambas pueden erosionar lentamente. Ambas dependen, en buena medida, de nosotros.
Quizá por eso sigo pensando en nuestra Selección después del silbatazo final, porque me recordó que una sociedad puede volver a creer; creer que todavía somos capaces de emocionarnos por un proyecto común y que todavía podemos sentir orgullo colectivo.
Sobre todo, que el famoso “¿Y si sí?” no se refería únicamente al futbol. Hablaba de nosotros.
No dejemos esa pregunta en los estadios. Las democracias también necesitan una ciudadanía capaz de hacerse la misma pregunta todos los días.
¿Y si sí podemos reconstruir la confianza? ¿Y si sí podemos volver a encontrarnos ¿Y si sí podemos escribir una historia distinta?
Los partidos terminan. Las democracias y los países, en cambio, siguen jugándosela todos los días.
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La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.