Los Baldenegro y sus luchas rarámaris. Un grito de auxilio para Rubén Rocha

Alejandro Sicairos
14 marzo 2022

Ocurrido el 7 de marzo en la comunidad Coloradas de la Virgen, municipio de Guadalupe y Calvo, Chihuahua, el asesinato de José Trinidad Baldenegro, miembro de la familia que con su vida defiende el territorio indígena rarámari de amenazas de todo tipo, remarca el abandono político, económico y social en que se encuentran los pueblos originales de la Sierra Tarahumara frente al acecho y las armas de quienes no ven allí seres humanos sino riquezas para saquear.

Como si involucionáramos cinco siglos, la crónica policiaca no es distinta a la de las hordas cruentas que, capitaneadas por el Reino de Castilla y con la ayuda de tribus bárbaras, sometieron a las etnias más débiles. A José Trinidad lo mataron, obligaron a toda su familia a abandonar la comunidad y enseguida incendiaron la casa, remarcando el rastro que viene desde hace décadas y que anticipa la continuidad por muchos de los años próximos.

Los rarámaris y tarámaris resisten en pelear por el derecho de permanecer en sus tierras tradicionales, pero esa garantía constitucional se convierte en letra muerta porque la ausencia de gobierno opera a favor de las ambiciones que llegan a la cordillera dispuestas a apoderarse de todo lo que tenga valor material, así sea necesario llevarse de por medio la vida humana. Se trata de una historia vieja, prolongación de la conquista violenta fraguada aquí mismo, todos los días, cerca de nosotros, sin que alguien frene la atrocidad.

La muerte de José Trinidad Baldenegro constituye otro crespón de luto en la secuencia bárbara contra las etnias tarahumaras. El hermano de él, Isidro, reconocido internacionalmente por liderar el movimiento que preserva el derecho nativo, fue asesinado en 2017, pero antes, en los ochentas, el padre de esos dos guerreros, Julio, cayó como víctima del exterminio incesante de la raza rarámari. Más recientemente, Román Rubio López, activista protector de los tarámaris asentados en los límites entre Sinaloa y Chihuahua, resultó asesinado el 21 de julio luego de llevar apoyos a su gente.

En todos los casos la justicia no ha realizado la labor de contener la agresión a los rarámaris y tarámaris, que será posible únicamente a través de que los atacantes sean castigados conforme la ley, y la impunidad deje de ser el amparo de los criminales. Cada integrante de estos pueblos privado de la vida por la actual reconquista, sometimiento ampliado inclusive más allá de la imaginación de cualquier sociedad que se ufane de civilizada, lleva intrínseco el reclamo a autoridades que por omisivas son cómplices de los aniquiladores.

Esto da pie a que el Gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, escuche el llamado de los pueblos originarios que se aferran a duras penas de las montañas en la Sierra Madre Occidental, en este triángulo que dejó de ser dorado para tornarse sangriento. Aquellas comunidades alejadas de las preocupaciones y acciones oficiales a las que otra de sus defensoras, Hortensia López Gaxiola, galardonada el 14 de febrero con la medalla Agustina Ramírez, se refiere como “niños, adultos y ancianos que esperan un mejor mañana”.

Aunque la muerte de José Trinidad Baldenegro no ocurrió en territorio de los estados que integran la Alianza del Pacífico en Seguridad Pública (Sinaloa, Sonora y Baja California), firmada el 12 de marzo en Mexicali, el Gobernador Rubén Rocha Moya, puede llevar a esa mesa de coordinación, en este caso incluyendo a Chihuahua, el tema de los indígenas rarámaris y tarámaris que padecen la discriminación en todos los sentidos, al ras de la esclavitud.

Establecidos en zonas escarpadas de los municipios de Sinaloa y Choix, hacia donde extiende sus raíces la dignidad histórica de los tarahumaras, también se necesita de la actuación interestatal para la intervención policiaca, militar y humanitaria que restablezca las condiciones primero de oportunidad a la vida y, en consecuencia, de coexistencia digna y entre iguales. Entre los dos silencios, el de la ciudadanía y el de las autoridades, debiera ser más audible el grito de dolor de los pueblos originarios.

Ya no se trata de una relatoría grotesca donde unos conquistan a otros sino de la emergencia humanitaria que deriva de células criminales que asientan en los territorios indígenas la fuerza brutal de los arsenales, terror y licencia para llevar los abusos al límite. Los “chabochis” llevan a términos insospechados la estrategia de quitarles hasta el más tenue destello de esperanza para imponer el doloroso centelleo del desplazamiento forzado, vivos o muertos.

Tampoco se trata del pedido de ayuda para determinado gobierno o segmento social. La solicitud de auxilio puede ser para Rubén Rocha o cualquier autoridad y ciudadanos, del nivel o capacidad solidaria que sean. Los sacrificios de los Baldenegro en los rarámaris y de Román Rubio en los tarámaris representan el llamado a dejarnos de ver unos a otros y volver la mirada y la voluntad completas hacia los tarahumaras que desde las montañas de Sinaloa y de Chihuahua nos envían la desesperada gestión del socorro.

Aquí siguen los Baldenegro,

Pues aún caídos son guerreros,

De cuya sangre los veneros,

Siempre ofrecen al reintegro.

No sólo con la excomunión que se decidió aprisa contra los diputados del Congreso que aprobaron la despenalización de la interrupción del embarazo en Sinaloa, sino también por la campaña de odio que la comunidad católica activó contra los legisladores en las redes sociales, la Diócesis de Culiacán se excedió al no ofrecer, primero, la posibilidad del perdón que la palabra cristiana antepone al rencor. Tampoco es cosa de la justicia divina acusar a los parlamentarios pro aborto de desprenderse de la prédica bíblica, mientras los imputadores desconocen la parábola evangélica de la otra mejilla.