Los fantasmas que nos gobiernan
Hay fantasmas que no se aparecen de noche, no arrastran cadenas, no mueven puertas, no habitan casas abandonadas, algunos viven en frases, otros en recuerdos, otros más en imágenes que regresan sin pedir permiso.
Yo últimamente he pensado mucho en los fantasmas, quizá porque he descubierto que el pasado tiene formas extrañas de perseguirnos, uno cree que ha avanzado, que ha entendido, que ha puesto ciertas cosas en su lugar y, de pronto, basta una palabra, una imagen, una coincidencia, para volver a estar ahí.
No físicamente, pero sí de alguna manera.
Hay momentos del pasado que no permanecen detrás de nosotros, caminan a nuestro lado, a veces, incluso, se adelantan, llegan primero a lugares que todavía no hemos habitado y modifican nuestra manera de entrar en ellos.
Yo conozco esa sensación.
La de descubrir que algo que ya ocurrió todavía puede cambiarte el día, la de sentir cómo una memoria altera tu manera de mirar el presente, la de saber racionalmente que estás aquí, que el tiempo ha pasado, que las circunstancias son otras, pero sentir por un instante que una parte de ti sigue allá y quizá por eso, mientras veía a la Selección Mexicana perder contra Inglaterra, pensé inevitablemente en uno de nuestros fantasmas favoritos, “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, la frase apareció casi sola, está tan instalada en nosotros que parece esperar pacientemente cada derrota, no importa demasiado cómo se haya jugado, quiénes estén en la cancha o qué posibilidades tenga una generación, el fantasma conoce perfectamente el momento en que debe aparecer.
Basta un resultado adverso para que salga de su escondite y nos recuerde quiénes, supuestamente, somos y pensé que quizá hacemos lo mismo con nosotros.
Yo lo hago.
A veces permito que mis derrotas anteriores interpreten demasiado rápido lo que me está ocurriendo, a veces un miedo viejo se disfraza de intuición, una herida se presenta como prudencia, un recuerdo pretende convertirse en advertencia y uno le cree, porque los fantasmas conocen nuestra voz, no hablan como extraños, hablan como nosotros, utilizan nuestras palabras, nuestros argumentos, nuestra memoria. Saben exactamente qué decir para parecernos razonables, por eso es tan difícil distinguir cuándo estamos observando el presente y cuándo simplemente estamos proyectando sobre él algo que todavía no hemos logrado dejar atrás, he pensado mucho en eso, en las cosas que me persiguen, en las decisiones que habría querido tomar distinto, en los momentos que quisiera volver a mirar con los ojos que tengo ahora, en las palabras que quizá debí decir y en las que habría sido mejor callar, en las versiones de mí mismo que todavía aparecen de vez en cuando para preguntarme si realmente he cambiado.
También hay imágenes, imágenes que vuelven.
Algunas llegan porque algo las detona, otras simplemente aparecen y aunque uno quisiera expulsarlas, descubre que la memoria no siempre obedece, hay recuerdos que no necesitan invitación, durante mucho tiempo pensé que avanzar significaba dejar atrás, hoy ya no estoy tan seguro.
Quizá avanzar significa aprender a caminar sabiendo que algunas cosas vienen con nosotros.
Porque el problema no es tener pasado, todos lo tenemos, el problema comienza cuando convertimos un acontecimiento en una ley, perdí, entonces siempre perderé, me traicionaron, entonces nadie es confiable, fracasé, entonces no soy capaz, me abandonaron, entonces no soy suficiente, me equivoqué, entonces siempre seré aquella persona que se equivocó.
México no pudo, entonces México nunca puede, así nacen los fantasmas.
No necesariamente de la mentira, sino de una verdad que extendemos demasiado, algo ocurrió, fue real, dolió, nos cambió, pero después tomamos ese momento y lo proyectamos sobre todo el futuro y entonces dejamos de vivir frente a la realidad y comenzamos a vivir frente a su recuerdo.
Los paradigmas funcionan de manera parecida, son fantasmas heredados.
Ideas que alguien instaló antes de que nosotros llegáramos y que seguimos obedeciendo sin preguntar demasiado, que un hombre no llora, que una mujer debe cargar naturalmente con el cuidado de todos, que para triunfar hay que irse, que el arte no sirve, que la política es asunto de otros, que nuestra ciudad nunca cambiará, que los jóvenes ya no quieren nada, que las cosas siempre han sido así.
“Siempre ha sido así” debe ser una de las casas embrujadas más grandes de la humanidad. Ahí viven generaciones enteras, pero hay algo todavía más difícil que cuestionar los fantasmas colectivos, mirar los propios.
Porque es sencillo identificar las creencias absurdas de una sociedad, mucho más difícil es reconocer las ideas que uno mismo ha construido para sobrevivir.
Yo sé que algunas de las cosas que me persiguen nacieron de momentos reales, no son inventadas, no son exageraciones literarias, existen, algunas todavía duelen, algunas todavía aparecen cuando menos las espero, pero también comienzo a preguntarme cuánto poder quiero seguir concediéndoles, cuántas decisiones presentes voy a permitir que sean tomadas por acontecimientos pasados, cuántas veces más voy a entrar a una habitación nueva acompañado por personas que ya no están ahí, cuántas oportunidades voy a mirar con los ojos de quien alguna vez tuvo miedo, cuánto tiempo puede seguir gobernándonos algo que ya terminó.
Volví entonces al partido.
Pensé en esa generación de jugadores y en lo injusto que sería obligarlos a cargar todas las derrotas anteriores, no me cabe duda de que hay talento, hay jugadores, hay una generación capaz de sostener un proceso serio, hay razones para sentir orgullo y también para exigir continuidad y pensé en lo fácil que es condenar lo nuevo con la memoria de lo viejo.
Hacemos eso con los equipos, con los países, con nuestras ciudades, con las personas que amamos y también con nosotros mismos.
Pensé en lo injusto que puede ser obligar a la persona que soy hoy a responder eternamente por todo lo que vivió la persona que fui, no quiero olvidar, tampoco quiero fingir que ciertas cosas no ocurrieron, no creo en esa versión ingenua de la vida donde basta “soltar”, “cerrar ciclos” o pensar positivo para que desaparezca aquello que nos marcó, hay cosas que permanecen, pero empiezo a sospechar que crecer, o sanar, o madurar, o como queramos llamarlo, quizá tenga menos que ver con borrar el pasado y más con quitarle el derecho de decidir el futuro.
Quizá de eso se trata, de aprender a distinguir entre memoria y destino, recordar de dónde venimos sin asumir que estamos condenados a regresar, aceptar nuestras derrotas sin convertirlas en identidad, reconocer nuestras heridas sin construir una casa dentro de ellas, porque los fantasmas existen, yo lo sé, nos atemorizan, nos acechan, aparecen cuando menos los esperamos, cambian nuestra forma de amar, de confiar, de trabajar, de criar, de emprender, de soñar, a veces incluso nos convencen de que están protegiéndonos, pero quizá su mayor poder no está en aparecer, está en que les creamos, en aceptar que porque algo ocurrió, volverá a ocurrir, que porque una vez no pudimos, nunca podremos, que porque antes perdimos, estamos destinados a perder.
“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, dice el fantasma.
Y esta vez, mientras lo escuchaba, pensé en la Selección, pero también pensé en mí, en todo aquello que todavía me persigue y sentí ganas de responderle, que sí, perdimos, me equivoqué, me dolió, hay cosas que todavía me acompañan, pero no soy el mismo.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.