Los límites del pragmatismo

Arturo Santamaría Gómez
17 octubre 2026

López Obrador perdió, antes de ganar en 2018, las elecciones presidenciales en 2006, primero mediante un fraude, ante Felipe Calderón, y después, en un proceso nada limpio, pero finalmente con una clara desventaja, en 2012, frente a Enrique Peña Nieto. En las dos derrotas, siendo candidato del PRD se alió al PT y Convergencia Ciudadana en 2006, y en 2012 con el PT y MC. Rechazó acuerdos electorales con diferentes liderazgos políticos y sociales en ambas ocasiones que, quizá, influyeron en las dos batallas perdidas.

En 2018, el caudillo de Macuspana, ya con Morena, cambió de estrategia: se alió con todos los que buscó o se le acercaron, incluyendo a sectores y personajes antidemocráticos (como Manuel Bartlett, César Augusto López y muchos más) y organizaciones religiosas y políticas de ultraderecha, como La Luz del Mundo y el Partido de Encuentro Social (PES). Y ganó. Quizá no fueron estos nuevos aliados los que hicieron que ganara, pero contaron para ganar.

De ahí, López Obrador desprendió una tesis política: si así ganamos la Presidencia de la República, así seguiremos actuando para ganar en cada uno de los estados. Pero, ahora, lo han dicho multitud de observadores periodísticos, académicos y políticos, nacionales y extranjeros, aceptando a nuevos aliados: organizaciones criminales que influyeron con dinero y operaciones electorales, incluso con candidatos.

En Morena, concluyeron: la rectitud ideológica y política no sirve para ganar elecciones en México. Lo que importa es el programa, lo demás es secundario.

Y, en efecto, ya con Morena en Palacio Nacional, los programas sociales asistencialistas y la poderosa palabra de López Obrador en la Mañanera, estado tras estado, con la excepción de los estados cristeros como Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes y Jalisco, Coahuila el eterno priista, y el poderoso y políticamente conservador Nuevo León, fueron pasando a manos de gobernadores postulados por Morena, no importando que muchos de los elegidos hubiesen sido destacados militantes del PRI o del PAN. En ese proceso, en varias entidades se metieron los narcos. La acusación más fuerte, desde 2021, ha sido en Sinaloa.

Por supuesto que no había sido la primera vez que los capos influyeran en procesos electorales. En la elección de Quirino quisieron que ganara Cuén y operaron para que así fuera, pro no habían afinado su participación. Antes, con otros candidatos del PRI y del PAN-PRD soltaron dinero para las campañas y, como ya sucedían desde hacía décadas, después recibían protección desde el Tercer Piso. Según Francisco Labastida, que se pinta como impoluto sin que lo sea, en una entrevista con Adela Micha dijo que Quirino, ya como Gobernador, recibía dinero de los señores de la sierra.

La nueva estrategia de López Obrador demostró ser arrasadoramente eficaz, ganadora. Y no hay nada que le guste más a un político mexicano que ganar, tener poder, haiga sido como haiga sido. Y así le siguieron hasta que llegó Claudia con la enorme presión de los gringos encima. Antes de entrar a Palacio Nacional, Biden autorizó el secuestro del Mayo Zambada, después llegó Trump, y las cosas empezaron a cambiar, al menos en parte.

No hay nada que demuestre que los narcos pactaron con Claudia Sheinbaum para que llegara al poder, aunque Anabel Hernández, en su último libro dice que sí, no hay otros periodistas serios que hagan eco de sus palabras. Lo paradójico es que, en Sinaloa, Rubén Rocha, siendo acusado con fuego, por tirios y troyanos, pero sobre todo por el PRI y el PAN, de haberse beneficiado electoralmente por el Cártel de Sinaloa y de protegerlo políticamente, Melesio Cuén y el PAS, los más beneficiados en las elecciones de 2021 (una secretaría, ocho diputaciones locales y seis alcaldías, entre otros puestos), obtuvieron más poder que nunca. Morena podía haber ganado todo sin la alianza con el PAS, pero, según el Mayo Zambada, su amigo de muchos años era Cuén no Rocha Moya, y la amistad se notó. En México, y quizá más en Sinaloa, la familia y los amigos casi siempre son beneficiados por el poder, cualquiera que éste sea.

Bueno, pues ahora resulta, que el PAN y el PRI, en el proceso electoral sinaloense actual, con agua bendita acusan a Morena de haberse aliado y beneficiado del narco en 2021, pero en pro “de mirar hacia adelante” (Roxana Rubio dixit), buscan afanosamente al PAS, el partido que creó el amigo del Mayo Zambada y fue beneficiario de su respaldo.

Pragmatismo, descarado pragmatismo de los partidos políticos, señalen al que quieran. El pecador es el de enfrente no yo. Ese partido fue malo pero ahora que se venga con nosotros va a ser bueno. Todo va a ser distinto si nosotros ganamos. Los malos están en otro lado. Vamos a regresarle la paz a Sinaloa porque no habrá acuerdos con los que actúan por fuera de la ley.

Ningún partido ha eludido el cínico pragmatismo. Todo se justifica para llegar al poder. Simular y engañar son imprescindibles en algún momento de la política, escribió Maquiavelo en El Príncipe, pero hay otras circunstancias que exigen todo lo contrario. México, y Sinaloa como parte de él, necesitan como nunca, verdades, capacidad, transparencia, experiencia y mucha honestidad.

Es mucho pedir, pero es mejor soñar que seguir viviendo la pesadilla más grande la historia sinaloense.