Los nuevos comediantes
18 febrero 2018
""
Siempre he pensado que la calidad de un producto o servicio no tiene una relación directa con su costo. Si bien los ejemplos abundan, quisiera traer a cuento el de un restaurant bar que conocimos ayer movidos por su estrategia publicitaria: disfrutar de un “show completo”.
Queriendo y no, presenciamos todo el programa, conscientes de que al otro día pagaríamos cara la hazaña de haber intentado verle la cara lavada a la madrugada.
Como siempre me sucede en estos casos, conciliar el sueño me cuesta tanto como dejar la cama. Intentando ser persona, me sacudí las sábanas y encaré la primera pregunta del día: “¿Cómo te la pasaste?”. De mi respuesta dependía la fortuna o desventura del resto del día. Hilvanando lo mejor que pude una respuesta sintética a todo lo visto y vivido durante esas cuatro horas, respondí que de la comida no había queja, que los dos reguetoneros que salpicaron de baba los micrófonos me tomaron por sorpresa y ya forman parte de mi lista de olvidos, que el grupo ochentero estuvo bastante bien y que los comediantes me hicieron sentir una cruda moral que tardaré en superar. Me explico.
De entre los muchos déficits que tenemos en nuestro país, el de la comedia inteligente es muy claro. Haga memoria y verá que no me equivoco. Los “influencers” de moda oscilan entre lo patético y lo burdo. Van dos casos.
Después de haber agotado el papel de la “Galatzia”, la diosa del planeta scrotox (un personaje que encarna una mujer hosca de pelo rosa, lentes, barba y bigote), Cid Vela ha creado al “Ezequiel”, un narcotraficante enamoradizo que representa al prototipo de los cantantes del movimiento alterado. Imposible negar que Vela realiza una crítica social a través de sus personajes, pero tampoco se puede negar que éstos perderían su “gracia” si dejaran de echar mano de un lenguaje vulgar y de las alusiones al sexo explícito.
Otro “influencer” que tiene más de cinco millones de suscriptores en sus cinco canales de Youtube, es Alex Montiel, mejor conocido como el “Escorpión dorado”, personaje que representa a un luchador decadente que ridiculiza y bulea a quien se le ponga enfrente. El nivel de vulgaridad del Escorpión es tanto, que quien ve por primera vez sus videos corre el riesgo de sufrir un colapso auditivo o un desprendimiento de retina. Con todo, sus seguidores van en aumento.
En televisión las cosas no pintan mejor. La barra de comedia de Televisa es patética como la mayoría de los personajes que aparecen en las series “Vecinos”, “40 y 20”, “Mita y mita”, “Renta congelada” y “Nosotros los guapos”. Si los “influencers” se valen de la grosería explícita para provocar la risa, los de Televisa se valen de la ñoñería absurda, la superficialidad y la mofa para divertir a sus telespectadores. Haga la prueba intentando seguir el humor de las “aventuras” vividas por “Albertano” y “Vítor” de “Nosotros los guapos”, y verá que es poco lo que le digo.
Sin llegar a ser la caricatura que representan estos dos personajes, los comediantes que conocimos anoche en el restaurant bar, más o menos se valen de las mismas estrategias para entretener a los comensales: el descrédito y mofa hacia los indígenas, las mujeres, los homosexuales, los “pobres de barrio”, las empleadas domésticas, los ancianos, los usuarios del transporte público y cualquier persona que sufra una discapacidad mental o física.
Los supuestos chistes se limitan a dramatizar el listado de miserias evidentes que rodean la vida de las personas que son el objeto de la burla. No hay un esfuerzo por ir más allá de la descripción histriónica. El humor se reduce a una grosera imitación de las desgracias que saltan a la vista. Brilla por su ausencia el ingenio para hacer una sátira o crítica ácida de nuestra condición humana sin recurrir al escarnio discriminatorio. El “chiste” surge al amparo de la mofa hacia las personas marginales, vulnerables.
Y en esto no hay nada nuevo bajo el sol. Desde que tengo uso de razón, el humor mexicano se vale de la burla que duele, del chiste que descalifica, que degrada, desmoraliza, humilla y sobaja. Sin embargo, siempre había un contrapeso de humor inteligente para aquellos que no encontraban ninguna gracia en la “comedia” discriminatoria.
Salvo honrosas excepciones como Héctor Suárez, Víctor Trujillo, Ausencio Cruz y Andrés Bustamante, el humor en México está atravesando por una sequía de inteligencia creativa, fenómeno que se refleja en otros ámbitos, particularmente, el político.
Piense en las campañas políticas y verá que no hay mucha distancia entre los contendientes y los comediantes a los que he venido haciendo referencia.
López Obrador escupe los descalificativos a la misma velocidad que lo hace la mamba negra de Namibia. Y en el tema de descalificar a sus detractores Ricardo Anaya no puede envidiarle nada a “ya saben quien” porque es tan o más viperino que él. De Meade no puedo decir mucho por lo desdibujado de sus mensajes, aunque de momento pareciera que quiere desmarcarse de los otros dos manteniendo una cierta mesura. El “Bronco”, a diferencia de Meade, siempre “trae el tiro arriba”, ya que dispara con mucha facilidad improperios que suplen la falta de un lenguaje más amplio (no por nada se autodenomina “Bronco”).
Y es quizá este último hecho, el de utilizar la descalificación burda como estrategia argumentativa, uno de los que más me desaniman para ver de principio a fin los tres debates que el INE tiene previsto organizar de cara a las próximas elecciones presidenciales.
Por el perfil de los candidatos, es altamente probable que atestigüemos un espectáculo en el que la falta de propuestas empujará a los debatientes a subir su “rating” usando estrategias muy similares a las que emplea cualquier comediante de bar.
Y así como no pierdo la esperanza de que algún día la comedia en México vuelva a retomar el tono y agudeza de ataño, no pierdo la esperanza de algún día atestiguar un debate presidencial de altura, ya que en estas elecciones dicha ilusión ya la di por perdida.
@pabloayalae