Los padres que sí están
Cada año, cuando llega el Día del Padre, las redes sociales, los anuncios y las conversaciones públicas suelen girar alrededor de una misma idea, celebrar a quienes proveen, trabajan duro y sostienen económicamente a sus familias; es una imagen profundamente arraigada en nuestra cultura: el padre como protector, el padre como proveedor, el padre como figura de autoridad. Pero mientras observaba las felicitaciones de este año, no podía dejar de pensar que quizá estamos celebrando una versión incompleta de la paternidad.
Durante generaciones, la sociedad mexicana construyó una división bastante clara de responsabilidades, los hombres trabajaban fuera de casa y las mujeres se encargaban de la crianza; ellas conocían los horarios escolares, las amistades de los hijos, las citas médicas, los gustos alimenticios, las preocupaciones cotidianas y las pequeñas señales emocionales que anuncian cuando algo no está bien. Ellas organizaban la vida familiar.
Nos acostumbramos tanto a esa distribución que terminamos viéndola como algo “natural”. Sin embargo, en las últimas décadas, las mujeres se incorporaron masivamente al mercado laboral, cambió la economía, cambió la educación, cambiaron las expectativas profesionales, cambió prácticamente todo, todo, excepto muchas veces la distribución de las responsabilidades dentro del hogar.
Hoy existen miles de familias donde ambos padres trabajan jornadas completas, pero donde una sola persona sigue siendo responsable de coordinar la enorme maquinaria invisible que implica criar hijos.
A eso se le conoce como carga mental.
Es el trabajo que no aparece en ningún recibo de nómina ni suele reconocerse en los discursos públicos, es recordar que el uniforme debe lavarse, saber cuándo se terminan los pañales, detectar que una tarea escolar quedó pendiente, programar una consulta médica, comprar el regalo para la fiesta infantil del fin de semana, estar pendiente de que el hijo que parecía distraído en realidad está atravesando una dificultad emocional, es un trabajo silencioso y precisamente porque es silencioso, muchas veces resulta invisible. Quizá por eso una de las conversaciones más importantes de nuestra generación no debería ser cómo ayudar más en casa, sino cómo asumir más responsabilidades dentro de ella.
Porque ayudar y asumir no son lo mismo.
Ayudar implica que la responsabilidad original pertenece a alguien más y que uno interviene ocasionalmente para colaborar, asumir significa entender que esa responsabilidad también es propia. Un padre que cambia pañales, ayuda; un padre que sabe cuándo comprarlos, cuáles necesita su hijo y cuánto duran está asumiendo. Un padre que lleva a sus hijos a la escuela de vez en cuando, ayuda; un padre que conoce a los maestros, entiende los desafíos académicos y participa activamente en las decisiones educativas está asumiendo: Un padre que juega con sus hijos, ayuda; un padre que también escucha, acompaña, educa, contiene emocionalmente y participa en la construcción de hábitos está asumiendo.
La diferencia parece pequeña, pero transforma por completo la dinámica familiar y los efectos van mucho más allá de las paredes de una casa.
Diversos estudios han encontrado que los hijos que crecen con padres activamente involucrados suelen presentar mejores resultados académicos, mayores niveles de autoestima, menos conductas de riesgo y mejores habilidades para relacionarse con otras personas, pero incluso sin recurrir a estadísticas, basta observar lo que ocurre cuando un niño se siente acompañado por ambos padres.
Aprende que el cuidado es una responsabilidad compartida, aprende que la empatía no es exclusiva de las mujeres, aprende que la responsabilidad no depende del género, aprende que amar implica participar y eso termina moldeando la forma en que se relacionará con el mundo.
Las hijas desarrollan expectativas más equilibradas sobre las relaciones futuras, los hijos descubren que la masculinidad no está peleada con la sensibilidad, el cuidado o la cercanía emocional, ambos entienden que las responsabilidades colectivas pueden compartirse. Tal vez por eso esta conversación resulta mucho más profunda de lo que parece, porque en realidad no estamos hablando solamente de padres, estamos hablando de ciudadanía.
Las sociedades funcionan cuando las personas entienden que formar parte de una comunidad implica asumir responsabilidades, incluso aquellas que no resultan cómodas ni generan reconocimiento inmediato, exactamente igual que ocurre dentro de una familia.
En los últimos años hemos visto crecer una cultura donde abundan las explicaciones externas para casi todo, la culpa suele estar en los políticos, en las instituciones, en las generaciones anteriores, en la economía, en la pareja o en las circunstancias y aunque muchas veces esas críticas son legítimas, también existe un riesgo, acostumbrarnos a pensar que los problemas siempre pertenecen a alguien más.
La construcción de una mejor sociedad exige algo distinto, exige participación, exige involucramiento, exige personas dispuestas a hacerse cargo de aquello que está dentro de su esfera de influencia y pocas experiencias enseñan eso con tanta claridad como la paternidad. Criar a un hijo obliga a abandonar la comodidad del individualismo, obliga a pensar en el largo plazo, obliga a entender que muchas de las acciones más importantes rara vez producen recompensas inmediatas, obliga a poner las necesidades de otros al mismo nivel que las propias.
En una época donde todo parece empujarnos hacia la satisfacción instantánea, la crianza nos recuerda el valor de la responsabilidad sostenida.
Por eso creo que el verdadero reto de nuestra generación no es únicamente que existan más padres presentes, es que existan más padres comprometidos. Más hombres capaces de entender que proveer sigue siendo importante, pero que ya no es suficiente, más hombres que comprendan que la presencia no se mide únicamente en fotografías familiares o en horas compartidas durante el fin de semana, más hombres que asuman que amar también significa organizar, planear, escuchar, acompañar y sostener.
Porque los hijos observan mucho más de lo que escuchan y eventualmente reproducen aquello que vieron.
Si queremos comunidades más justas, más colaborativas y más responsables, probablemente la transformación no comenzará en los congresos, ni en los gobiernos, ni en los grandes discursos públicos, comenzará en algo mucho más sencillo, en un padre que deja de preguntarse cómo puede ayudar y empieza a preguntarse de qué manera puede hacerse cargo, porque es ahí, en ese pequeño cambio de mentalidad, donde empieza la construcción de una sociedad distinta, una sociedad donde cuidar no es una tarea asignada, sino una responsabilidad compartida y donde ser padre deja de ser un título para convertirse, verdaderamente, en una forma de participar en el mundo.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.