¿Maldad?

Federico Reyes Heroles
19 noviembre 2019

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frheroles@prodigy.net.mx

 

Cómo y quién la define. ¿Definición moral o legal? Rüdiger Safranski escribió un espléndido libro al respecto. Se lo debo al querido José María, “Chema”, Pérez Gay. Hay algo muy torcido en la versión de la maldad de la 4T. Eso está llevando a México a un caos ético. ¿Pueblo bueno? En todas las naciones hay personas “buenas” y demonios disfrazados de seres humanos. Pero las definiciones morales conducen a la tiranía.

Sólo el mal -legalmente definido- merece persecución y debe ser implacable. No castigar la ilegalidad subvierte los incentivos. Decirles “malos” es perversamente pueril. ¿Quién los define? No cuadra en una democracia.

El “pueblo bueno” va a romper en el 2019 el récord de muertes dolosas. Es el mismo que está detrás de los desaparecidos, de los feminicidios, de la trata, de la violencia intrafamiliar, del “huachicol”, de la corrupción generalizada.

¿Bueno? Esa definición no funciona, menos aún ofrecer abrazos, regaños de las “mamacitas” y otras sandeces que ofenden a las víctimas. Los “malos”, que son muchos y muy activos, son delincuentes, punto. Por ello se clama por la aplicación de la ley estrangulando a la impunidad.

Pero en eso no se invierte: policías, investigadores, jueces. Mejor un tren. Habrá menor presupuesto en seguridad para las alcaldías, algo dolorosamente absurdo. El resto de los mexicanos, la gran mayoría, merece el beneficio de la duda. Pero en la versión de la 4T es al revés. Ahora ellos son los “malos”, los enemigos a vencer: conservadores, ¿?¿? neoliberales, “fifís”, sociedad civil -¿la conocen?- empresarios, la mafia, los periodistas, todos los opositores que no votaron por AMLO (60%).

La lista crece con cada inconformidad, eso los define. Sólo viéndolo al revés, los muchos malos acechan, se entiende la mecánica de gobierno: asaltar todas las instancias del estado, no importa el costo, incluido mofarse de la legalidad. El relevo en la CNDH lo confirmó. Sólo los míos son confiables. AMLO no cree en el “pueblo bueno”, por eso disimula la protección y frecuenta territorios afines. Su paradigma de maldad es perverso.

Muchos mexicanos, incluso simpatizantes suyos, están decepcionados. Muy pocos le desean el mal, son suicidas. Las sobremesas hoy pasan de la angustia a la broma, ya son divertidas, simpatizantes y opositores generan cascadas de ideas para salir del atolladero. ¿Por qué hizo esto?, hubiera y podría, se multiplican. Pero no escucha, dicen, y entonces la depresión invade. Debería asistir como fantasma, se asombraría de las buenas intenciones. Los que quieren provocar su reflexión y quizá, en un milagro, esperan una corrección. Todavía hay esperanza.

¿Será ingenuidad? ¿Por qué tergiversa lo esencial?, parece patología. El piloto que tuvo la gallardía de darle a conocer su punto de vista sobre Texcoco merecía ser escuchado. Su gremio ha dicho lo mismo. La navegación aérea es muy compleja. No merecía la dogmática respuesta “es Santa Lucía”. Santa Lucía no va a volar, dicen. No convence a los técnicos internacionales, como OACI, a los pilotos, a las líneas aéreas, a decenas de millones de viajeros y a una porción mayor de la población.

No son miembros de la maldad, al contrario, simpatías aparte, quieren sacar a AMLO del hoyo, será por interés propio, pero eso no se opone al interés común. Por más consultas falsas que se organicen, enterrar Texcoco ya es una lápida de la gestión.

La misma semana en que especialistas -¿serán malvados?- adelantan que México, de seguir por donde va, perderá el grado de inversión provocando un grave empobrecimiento de todo el País, el Presidente ostenta el dudoso tren como la llave mágica al desarrollo del sureste. Es bastante más complicado: educación, inversión en los sectores secundario y terciario, comunicaciones, gas, etc.

Algo está mal en la ecuación del mal. ¿O será al revés? Cuidado con la sentencia de Víctor Hugo: “Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien”.