Marcha del Culiacán herido
Todos somos supervivientes

Alejandro Sicairos
23 febrero 2026

Había recibido cuatro días antes el Gobernador Rubén Rocha Moya a los padres de Ricardo Mizael, el joven asesinado el 11 de febrero mientras buscaba cómo alimentar los gatitos rescatados del abandono, pero ayer los habitantes pacíficos de una ciudad herida salieron a fortalecer el sentido de sobrevivencia con poca confianza en que el cese de la violencia de casi año y medio permita la recuperación de paz. Y rondó por el corazón de Culiacán, desde La Lomita a Catedral, la única certidumbre de que sólo abrazados unos con otros será más fácil sobrellevar los golpes que el crimen nos asesta a todos.

También la Fiscal Claudia Zulema Sánchez Kondo informó en la víspera de avances en las investigaciones en el caso que fue el resorte de la marcha, sin embargo, las familias víctimas directas o colaterales de homicidios, privaciones ilegales de la libertad y afectaciones al patrimonio económico recorrieron palmo a palmo el pavimento esta vez junto a la sociedad solidaria, de igual manera que a diario transitan en la eterna peregrinación por reivindicar la memoria de los suyos y defender las garantías constitucionales.

Este 22 de febrero presenciamos en Culiacán cómo la expectativa de seguridad y civilidad dejó de ser en Sinaloa un diálogo aislado en los hogares alcanzados por la barbarie o monólogo sin sentido del Gobierno incapaz de resolver la narcoguerra. La movilización pacífica con sus proclamas y silencios incluye por parejo al conjunto humano, sin distingos, que se percibe en iguales condiciones de peligro que los ya inmolados por las armas de los sicarios del narco.

Todos estuvimos durante unas horas en el lugar y en el duelo derivado de la inmolación de Ricardo Mizael, aunque enseguida nos aglutinamos en el miedo de ser los siguientes sacrificados. Todos los que en el contingente lograron que el choque del baloncesto con el asfalto estructura el grito de auxilio; los compañeros de preparatoria que reciben asignaturas enlutadas; los padres de familia que salieron a pedir por la vida de los hijos a salvo en el hogar; las madres de los desaparecidos y la interrogante ¿dónde están? tatuada a la manifestación.

Todos, inclusive las dos bandas que esparcieron sus notas musicales a los cuatro vientos requiriéndonos voluntad para resistir; los bebés en brazos o en carriolas cuya presencia clama por un mejor futuro; los que llevaron a sus gatos para homenajear a quien ya no podrá sacarlos del abandono, y hasta los líderes de opinión que con respeto acompañaron el contingente de los sin esperanza. Drones levantando testimonios y avioneta lanzando pétalos, que desde la altura atestiguaron el irreductible denuedo popular por escapar del abismo donde la narcoguerra nos asume como rehenes inmovilizados.

Y sí. Presentes o ausentes en la marcha, los culiacanenses comparten el instinto homogéneo de los supervivientes. El olfato común que desde las tragedias ya consumadas otea la proximidad de la desventura propia y acude al último reducto de la persistencia, que es el hecho de ir juntos a ofrecernos ánimos intercambiados en situación de equitativa vulnerabilidad. Nunca más el soliloquio de los abatidos si este domingo pudimos ir codo a codo en la cadena por la entereza consensuada, cuando las autoridades niegan las paces fincadas en la Ley.

“¡Queremos paz!”, “¡Con los niños no se metan!”, “¡Que nos vean cumpliendo sueños, no en la nota roja!”, “Mizael, escucha, tu madre está en la lucha!”, Temo que la inocencia de mi familia sea lastimada” y por allá inducido por grupos que los partidos políticos incrustaron en un ejercicio mayoritariamente ciudadanizado, los que plantean el “¡Fuera Rocha!” al considerar priistas y panistas que de llegar ellos al Gobierno sí tienen la solución contra el salvajismo que postula el Cártel de Sinaloa.

Así fue este otro desahogo cívico que le dio forma al nuevo quejido unánime, a veces sollozo por las vidas perdidas y otras rugido de un pueblo persistente en la no rendición. La turbulenta autenticidad de gente anteponiendo aquí la fe en el poder de las masas, al mismo tiempo que Jalisco vivía su particular infierno extendido a otros estados porque la gran delincuencia se vio mermada con la pérdida de su principal líder criminal.

Como si Ricardo Mizael nos estuviera unificando en torno a la premisa donde la esperanza sea lo último que muera en Sinaloa.

Logró de nuevo la sociedad,

Cual vuelo de palomas blancas,

Volverse a brincar las trancas,

Del cerco de la atrocidad.

Ya conocemos los sinaloenses a través de los Culiacanazos I y II lo bestiales que resultan los coletazos del crimen organizado cuando las instituciones militares, de seguridad pública y ministeriales logran golpear en la cúspide de organizaciones delictivas que durante décadas de impunidad se establecieron como Gobierno de facto sometiéndolo todo mediante el terror y el exterminio. Y porque nosotros lo hemos vivido en carne propia unámonos a los jaliscienses pacíficos mientras transitan por esta jornada infernal y les reponen la indispensable paz y Estado de derecho. De igual manera roguemos para que no nos alcancen las convulsiones irascibles de aquel Cártel.