Marchar en Culiacán, último ruego
Que alguien se apiade de nosotros
Dos años de narcoguerra nos han despojado de mucho a los sinaloenses, menos de la voz para exigir justicia, la esperanza como estandarte de lucha y la resistencia evidenciada ayer por la sociedad que nunca se rinde frente al flagelo de la violencia que esgrime las armas, inclusive con superioridad numérica y táctica mayor a la capacidad y voluntad que ofrecen los operativos militares y policiales para proteger a los pacíficos. Y sí, el Culiacán de pie recorrió el corazón de la capital del estado haciéndolo palpitar aún en situación de agonía.
Los sentimientos encontrados, y hasta el pregón escurridizo de “¡Fuera Morena!”, o el micrófono negado a una madre que busca a su hijo y recibe la torpe justificación de parte del dueño del pódium, de “su dolor es de todos”, bosquejan las junglas en que nos hemos perdido. Salir codo a codo a reclamar paz no mimetiza los sufrimientos ni elimina las escalas del daño con características propias en cada caso. Tampoco el hecho de apropiarse de la convocatoria y la respuesta a ésta dan para embozar apetencias políticas que dificultan la búsqueda de rutas de emergencia.
Pero sí pudieron los gritos al ritmo de los pasos que fustigaron el pavimento desde La Lomita a Catedral narrar con enorme detalle el sufrimiento de una sociedad que saca fuerzas desde el desaliento y la desesperación para emitir el gemido por los miles de muertos, desaparecidos o desplazados debido a la confrontación entre facciones del narcotráfico que en sus ajustes de cuentas no distinguen entre delincuencia y gente de bien.
El pausado caminar de auténticos ciudadanos sobre el suelo ensangrentado relató el tiempo en que el crimen guardó sus códigos de piedad concedida a niños, mujeres, adultos mayores y sinaloenses que no la deben ni la temen, transmutando a la atrocidad de las balas apuntando a la sien de todos y agregándole a la tierra de los once ríos el afluente de sangre y lágrimas. El cobro de facturas capaz de extenderse con la barbarie muchos más días y crueldad de lo que un pueblo puede soportar.
Fue la mañana de un domingo que mostró a los miles de familiares de las víctimas de homicidios, privaciones de la libertad, desterrados de sus hogares, patrimonios familiares perdidos y espacios públicos arrebatados, quedándose en sus casas presas del miedo a perder la vida en los intentos por defender sus derechos y libertades. No los hagamos culpables porque desconfían de liderazgos e intenciones pues el lamento de los marchistas fue el esfuerzo cívico sobrehumano que hizo eco también en los ausentes.
¿Qué tanta sociedad se necesita para activar al Estado mexicano en la garantía de seguridad pública, pero no la del discurso sino la que sea tangible y perceptible? No bastará, sin duda, la procesión de blanco que abrió con una misa y cerró con la prolongación de la idea de que vivir tranquilos en Sinaloa es más obra providencial que ofrecimiento que podamos esperar del Gobierno. Que no basta con despertar para que termine la pesadilla sinaloense; falta por hacer mucho más que marchar si queremos rescatarnos a nosotros mismos.
“El camino para la paz es la reconciliación”, “Sinaloa exige verdad, justicia y paz”, “Sinaloa ponte de pie”, “Culiacán ¿por qué caminamos? ¡por la paz!”, “juventudes valientes, juventudes conscientes”, “Gobierno que no soluciona los problemas es parte de ellos”, fueron algunas de las consignas a manera de plegarias a toda voz para que alguien, quien sea, se apiade de nosotros. Náufragos en el desgobierno, lanzamos bengalas pidiendo auxilio sin importar ya quién acuda a salvarnos.
Antes de que iniciara la narcoguerra ya teníamos la única certidumbre de que estábamos huérfanos de instituciones y gobernantes para cuando las células del narcotráfico en eterna beligerancia decidieran qué hacer con los pacíficos. Los mandamases priistas y panistas copularon cínicamente durante décadas con el crimen y hoy nos inquieta que el presente régimen reedite tal apareamiento con las mismas organizaciones de la alta delincuencia.
Siempre los vimos, eternamente lo supimos. Por eso retomar la calle para protestar podría ser el último reducto de un Sinaloa que finge no saber cómo llegamos hasta aquí, pero de igual manera ignora cuántas pérdidas faltan por agregar, cuál tiempo resta en el reloj de la incivilidad y cuántas marcha habrá que realizar, antes de que retornemos a treguas, paces y confabulaciones que nos regresen al salvajismo tolerable, al terror normalizado. Eso es lo que volvimos a preguntarle al asfalto.
Ahora rezo al pavimento,
Al cual mi caminar se aferra,
Para rogar que la narcoguerra,
Cese ya el exterminio cruento.
Los rostros de los niños que la brutalidad nos ha arrebatado, el luto y sufrimiento de las familias desde cuyo desconsuelo adquieren fuerza para salir a exigir que a otros hogares no los alcance tal fatalidad, reflejó a través de la marcha “Sinaloa de pie” la derrota de los operativos federales, estatales y municipales que ofrecen proteger la vida de estos seres que al truncárseles su inocencia y derecho a la existencia en paz denuncian la incapacidad del Estado en cuanto a proteger la integridad de los mexicanos. Los pequeños víctima de las balas sí convocan a alzarnos como sociedad que debe salvar por lo menos a la infancia que es nuestra razón de ser, nuestro empeño de sacarlos felices así sea en medio del fuego cruzado entre criminales.