Más allá de la percepción

Isaac Aranguré
12 mayo 2026

Ahora que en estas últimas semanas estuve recorriendo nuevamente el estado por distintas razones, a la par que siguen lloviendo noticias de todo lo que ocurre alrededor del contexto político y social, venían a mí preguntas sobre la percepción y la realidad de este estado, ¿qué tanto es lo que pasa? y ¿qué tanto es eso que creemos que pasa? Y pensaba en la oportunidad que esta crisis como otras que hemos tenido representa, sobre el estado, sobre nuestra ciudad.

Y es que hay momentos en los que una ciudad cambia antes de cambiar realmente.

No cambia primero en sus calles, sino en la conversación, en el tono de voz, en la hora a la que alguien decide regresar a casa, en los lugares que dejamos de visitar, en la manera en que una madre pregunta si ya llegaste, en el silencio incómodo que aparece cuando alguien menciona el futuro, porque las sociedades no sólo viven de realidades objetivas; viven también de percepciones compartidas y cuando una percepción colectiva se instala el tiempo suficiente, termina convirtiéndose en una realidad operativa.

Peter Berger y Thomas Luckmann explicaban que gran parte de lo que entendemos como “realidad” es, en realidad, una construcción social sostenida por hábitos, conversaciones, símbolos y acuerdos colectivos. No significa que los hechos no existan, significa que nuestra interpretación compartida de esos hechos termina moldeando comportamiento, instituciones y destino.

Eso es exactamente lo que ocurre hoy con la percepción de seguridad y de Estado de derecho en Sinaloa.

Porque el Estado de derecho no vive únicamente en las leyes escritas o en los discursos institucionales, vive también en algo mucho más frágil, la sensación colectiva de que existe orden, consecuencias y certidumbre, cuando esa sensación comienza a erosionarse, el impacto rebasa lo policiaco y se vuelve cultural, económico y emocional.

La gente deja de salir, los inversionistas dudan, los negocios cierran más temprano, las familias modifican rutinas, los jóvenes empiezan a imaginar su futuro en otra parte y poco a poco, aquello que comenzó como percepción empieza a producir efectos materiales.

Las redes sociales han acelerado brutalmente este fenómeno, hoy no sólo vivimos los acontecimientos, los consumimos de manera permanente, fragmentada y emocionalmente amplificada, la repetición constante de imágenes, rumores, opiniones y narrativas genera una especie de realidad expandida donde la sensación de vulnerabilidad puede multiplicarse mucho más rápido que los propios hechos. Incluso existe algo que algunos investigadores llaman “la ilusión de mayoría”, la capacidad de ciertos fenómenos visibles dentro de las redes para parecer mucho más extendidos o dominantes de lo que realmente son, simplemente por la estructura de difusión social y digital.

Pero sería irresponsable reducir todo únicamente a percepción. Hay hechos reales que lastiman profundamente la confianza pública, hay eventos que fracturan la narrativa de estabilidad, hay señales que generan incertidumbre legítima y justamente por eso el problema debe entenderse en toda su dimensión, no sólo como una crisis de seguridad, sino como una crisis de sentido colectivo.

Porque las ciudades, las sociedades, funcionan sobre algo invisible, la confianza.

Confianza en salir, confianza en invertir, confianza en convivir, confianza en que existe un mañana imaginable y cuando esa confianza comienza a debilitarse, lo que se pone en riesgo no es solamente la seguridad inmediata, sino la posibilidad misma de construir futuro. Sin embargo, las coyunturas críticas también tienen algo valioso, obligan a las sociedades a verse al espejo.

Tal vez el gran error de muchas regiones es creer que la estabilidad económica por sí sola basta para construir cohesión social, pero las ciudades no se sostienen únicamente con crecimiento inmobiliario, turismo o consumo, también necesitan tejido social, espacios públicos vivos, cultura, identidad, comunidad y conversaciones capaces de producir pertenencia.

Durante muchos años, en distintas partes del mundo, se dejó que el desarrollo urbano avanzara más rápido que el desarrollo social y cuando llegan las crisis, aparece una pregunta incómoda, ¿qué tan sólida era realmente la estructura cultural que sostenía todo eso?

Sinaloa enfrenta hoy una oportunidad dolorosa pero histórica, la oportunidad de preguntarse qué tipo de sociedad quiere ser, no solamente desde el Gobierno, también desde lo privado y lo social. Porque resulta demasiado cómodo pensar que el futuro del estado depende exclusivamente de las autoridades, la realidad es que las sociedades también se construyen desde aquello que financian, celebran, consumen y toleran cotidianamente.

Se construyen desde las conversaciones familiares, desde los espacios culturales, desde la educación, desde los empresarios que deciden apostar por comunidad y no sólo por rentabilidad inmediata, desde los ciudadanos que participan en lugar de únicamente observar, desde los medios que entienden la diferencia entre informar y alimentar el caos emocional permanente.

Tal vez una de las discusiones más importantes para Sinaloa no sea solamente cómo recuperar percepción de seguridad, sino cómo reconstruir sentido colectivo. Porque mejorar percepción sin transformar fondo sería apenas maquillaje narrativo y toda narrativa artificial termina colapsando frente a la realidad.

La verdadera tarea es mucho más profunda, aprovechar esta fractura para replantearnos el rumbo de nuestras ciudades, nuestros incentivos y nuestra cultura pública.

Preguntarnos qué estamos construyendo, qué estamos normalizando y qué tipo de identidad queremos heredar.

Porque las ciudades terminan pareciéndose a aquello que deciden repetir todos los días y quizá el mayor peligro no sea únicamente la violencia, quizá el mayor peligro sea acostumbrarnos tanto a ella que deje de parecernos incompatible con quienes decimos querer ser.

Ahí es donde una sociedad empieza realmente a perderse, pero también ahí, justamente ahí, es donde puede comenzar a reconstruirse.

Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

Es cuánto.