Más y más adversarios

María Amparo Casar
08 febrero 2023

amparocasar@gmail.com

Después de su derrota en las elecciones presidenciales de 2006 López Obrador se radicalizó. No aceptó su derrota y utilizó todas las herramientas a su alcance para pelear. Desde la impugnación de los resultados y la descalificación del árbitro electoral pasando por la toma de Paseo de la Reforma hasta declararse Presidente legítimo con todo y un Gabinete. No le funcionó la estrategia. Llegaron las elecciones presidenciales de 2012 y el PRI de Peña Nieto le volvió a ganar la Presidencia con un margen de más de 6 puntos porcentuales.

Pareció entender la lección. Siguió recorriendo el País con un discurso menos radical y recogiendo cuantos desafectos fueron creando los partidos -en particular el PRI- sin importar si éstos habían formado parte los gobiernos neoliberales, esos que defendían los privilegios empresariales, sindicales o de cualquier otra naturaleza. Para muestra dos botoncitos: Manuel Bartlett y Napoleón Gómez Urrutia.

Un discurso eficaz -desmilitarización, combate a la corrupción y menor desigualdad- fueron sus banderas. Su indiscutible triunfo tuvo que ver con eso y con los altos niveles de corrupción de los gobiernos anteriores y el también indiscutible fracaso de las políticas contra la inseguridad, la pobreza y la desigualdad de los gobiernos anteriores. Gracias al hartazgo y decepción de los votantes de todos los sectores sociales se alzó con el triunfo en 2018.

Uno hubiese pensado que dados los factores de su victoria y su efectiva estrategia para ir recogiendo votos seguiría por la misma vía.

No fue el caso y muy pronto en el sexenio regresó a su vieja estrategia de un discurso polarizador con el agravante de que desde que asumió la presidencia y controló el Congreso tuvo a la mano todo el aparato del Estado en sus manos.

Lo que ha hecho durante su mandato es opuesto a lo que predicó durante su campaña. Lejos de mejorar los indicadores de inseguridad, pobreza, desigualdad, corrupción e impunidad, éstos siguen igual o incluso han retrocedido. Un absoluto fracaso.

Pero quizá lo peor y lo menos comprensible es que con el aparato de estado bajo su control absoluto, con su mayoría legislativa disciplinada, con el presupuesto a su entera disposición y con su gran popularidad, en lugar de recoger apoyos ahora recoge adversarios: estudiantes, científicos, mundo cultural, mujeres, médicos, víctimas, iglesias, colegios de profesionistas, intelectuales y clases medias.

El último adversario político -así se refirió a él- que ha querido concebir, aunque después haya querido corregir, es ni más ni menos que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a quien llamó conservador y simulador directamente e, indirectamente, de estar con la oligarquía en lugar de con el pueblo: “Cada día que pasa hay más definiciones, y es muchísimo mejor saber quiénes son realmente los adversarios que enfrentar a simuladores”.

Claudia Sheinbaum, su corcholata mayor, apoyó sin recato a su jefe. “Hay momentos de definición política y en esa definición uno decide dónde quiere estar, y, con todo respeto al ingeniero [Cárdenas], él toma una decisión de dónde quiere estar. Nosotros también tenemos una definición muy clara, y además no es menor que la gran mayoría del pueblo de México esté con el proyecto que encabeza el Presidente”.

Los morenistas, encabezados por el propio Presidente, debieran revisar su diagnóstico y su estrategia. Hoy por hoy no está claro que la mayoría del pueblo -todos somos pueblo- esté con el proyecto que encabeza el Presidente. Sus políticas son rechazadas por la mayoría y si bien su popularidad es alta, ésta no se traduce necesariamente en votos. Si sigue recogiendo adversarios y persistiendo en la polarización, igual y su proyecto es rechazado en las urnas en el 2024.

Algo debieran aprenderle al ingeniero Cárdenas en su trayectoria política siempre institucional, propositiva y conciliadora pero siempre firme y sin ceder un ápice en su postura en favor de la democracia y sus instituciones.

Estoy tentada a pensar que en su trayectoria a la Presidencia, López Obrador se comportó como la fábula de las falsas apariencias: “Si como lobo no puedo agarrar ni una sola presa, entonces cambiaré mi apariencia y con el engaño podré comer”. Y eso fue lo que hizo el lobo para obtener su comida. Se metió en una piel de oveja despistando totalmente al pastor. Pero solemos olvidar que la fábula no terminó del todo bien. “Al atardecer, para su sorpresa, el lobo disfrazado de oveja fue llevado junto a las demás ovejas a un encierro. En la noche, buscando el pastor su provisión de carne para el día siguiente, tomó al lobo creyendo que era un cordero y lo sacrificó al instante.”

Queda más de año y medio para el día de la elección y bien podría el Presidente aprender de la moraleja de la fábula: según hagamos el engaño, así recibiremos el daño.