Mazatlán: tregua de oropel y tambora
El Carnaval es desahogo no rendición

Alejandro Sicairos
17 febrero 2026

Hay que partir de reconocer la realidad que trascendió el fin de semana hacia las audiencias nacionales e internacionales que corresponde a un Mazatlán de fiesta con su Paseo Claussen y Avenida del Mar tomadas por miles de habitantes y turistas que disfrutaron del Carnaval en paz. Lo logró la gente que desde la familia, el tour turístico o el albedrío particular decidió borrarle a la tierra de venados cualquier rasgo de barbarie y recalcarle el sonido de la tambora y la alegoría a lo pacífico plasmada en luces, oropel y comparsas catárticas.

La resistencia lúdica frente a la atrocidad empezó con el combate naval que propone la pirotecnia como derrota al plomo y la pólvora. Luego la quema del mal humor y la debida cautela de indultar a los cabecillas de las células del narco que chocan y en cambio condenar a la hoguera al inofensivo organizador de un concurso de belleza que se atrevió a insultar a nuestra beldad mexicana. Y el breve espacio cedido a la poesía por si acaso allí renace la esperanza.

Así pues, a nadie se le acuse de expiar sus penas durante la festividad de seis días pues está permitido a todos abrir pausas que fluctúan entre el abatimiento y el entusiasmo. Nada de malo tiene alternar máscaras de aflicción y diversión si al final de cuentas allí estuvieron presentes el espíritu de las víctimas y los sobrevivientes de carne y hueso, en esa extraña fusión enfriada por la brisa de las olas que igual luchan por escapar del mar y unirse a la pachanga.

Sin mayor preludio, emergió el Mazatlán que queremos, que necesitamos y que rescatamos. Sí, con todo y el verde olivo camuflado entre la multitud, el miedo a todo aquello que replique la onomatopeya de guerra, con los hijos temerosos pegados al regazo de sus madres y padres que hicieron la función de centinelas de sus críos. Con las rastreadoras marchando por sus desaparecidos, las ausencias punzando en el sentimiento social, y el asedio de la delincuencia en colonias populares, el Carnaval va.

Que vivan los reinados populares por encima de los imperios del crimen. La muchedumbre que le rinde pleitesía a las hermosas Anahí I y Mariana I y las pequeñas Eileen I y Noelia I, así como al feo Javier I, “El Chiras”, Rey de la Alegría. Las auténticas majestades de los mazatlecos cuando llega la hora de destronar la zozobra, apología y adoración asociadas a los capos y sus sicarios.

Arriba también la tambora que al conjuro de los papaquis a todos nos impone el edicto real que hace que la música de banda sea el cordón umbilical común de los sinaloenses, punto de encuentro en las buenas y en las malas. Convocatoria a que ningún pie se quede quieto cuando la tuba suena a zureo de paloma blanca que domestica tanto al cerril como al citadino y nos mimetiza en la idea de que el hecho de ir a Mazatlán logra el prodigio de que hasta el pobre se sienta millonario.

Así libra las batallas la sociedad sinaloense en sus propios contextos y términos pese a la atroz acometida del hampa que le apuesta al horror que irradia desde La Concha a El Carrizo y de la sierra a la costa. Las mismas cruzadas de esperanza y perseverancia que invariablemente han podido instalar la civilidad por más tiempo que tomen las adversidades o más tarde la luz en aparecer al final del túnel.

Pronto se conocerán las cifras de asistentes, la derrama económica aportada, y los datos de la seguridad pública lograda, pero mientras tanto el gran aforo humano y la majestuosidad de los eventos y del desfile permiten deducir el abrumador triunfo de las masas y del espectáculo, conquista con arsenales de confeti y diamantina atribuible al bando de aquellos que no la deben aunque sí la temen.

De ninguna manera, con o sin Carnaval, debe confundirse la solidaridad ciudadana para las víctimas y el luto generalizado por los inmolados y sus familias, con la actividad placentera que hoy concluye en Mazatlán. Toda tragedia trae implícito el reclamo de honrar a los caídos y de ellos tomar la fuerza para emerger desde las desgracias.

Es que habrá quienes pretendan añadirle más peso a la de por sí cargada conciencia de los pacíficos, elucubrando que el Carnaval es desmemoria cuando en realidad es sólo resiliencia.

Que disculpen sus majestades,

si en Carnaval, de parranda,

curamos al son de la banda,

nuestros miedos y ansiedades.

Los mismos modelos de promoción turística y estrategia de seguridad pública implementados para Mazatlán deben aplicarse y buscar similares buenos resultados en el Carnaval de Altata que en marzo será como botella lanzada al mar con un letrero de auxilio de parte del sector turístico de este paraíso navolatense que tiene todo el derecho a que la Secretaria de Turismo del Gobierno de Sinaloa, Mireya Osuna Sosa, le meta igual empeño y recursos públicos en la premisa de reactivar la economía regional. Mientras tanto, el Alcalde Jorge Bojórquez Berrelleza le echa ya todo los kilos para que la fiesta atraiga y esté a la altura de las expectativas de los altatenses y visitantes.