México en la redefinición de la geopolítica mundial
A lo largo de muchas décadas, probablemente desde 1848 cuando nuestro País perdió la mitad de su territorio, se discutió -en realidad todavía se discute- tanto en medios políticos, empresariales, académicos, periodísticos y seguramente militares, si México tenía posibilidades de no gravitar en la órbita estadounidense o de no depender tanto del sistema de intereses que genera el poder de Estados Unidos.
Hablando estrictamente en términos económicos, aun antes de la firma del Tratado de Libre Comercio en 1992 y su entrada en vigor en 1994, ya se señalaban los crecientes vínculos entre México y Estados Unidos, frente a los cuales los sectores más nacionalistas decían con mucho énfasis que, si queríamos mantener nuestra soberanía como Nación, deberíamos buscar la diversificación de nuestros lazos económicos, especialmente con el resto de América Latina, y acercarnos más a Europa y Asia.
Cuando se iniciaron las negociaciones del TLC, en los inicios del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, algunos sectores empresariales, pero sobre todo la izquierda política y académica, argumentaban que su firma y desarrollo iba a profundizar la dependencia mexicana de la economía de Estados Unidos y que la soberanía se iba a debilitar aún más.
Después de 32 años de que se firmara el TLC, en efecto, las relaciones económicas, y no tan sólo comerciales entre México y Estados Unidos, se profundizaron a un nivel que ni los más optimistas, o pesimistas, según se quiera ver, imaginaban. Nuestro País se convirtió en el primer socio comercial de Estados Unidos en el mundo y una pieza clave en las cadenas de producción de numerosas industrias de su economía. México volcó alrededor del 80 por ciento de sus exportaciones al mercado del Tío Sam, y nuestro País recibe alrededor del 16 por ciento de lo que vende Estados Unidos al mundo. Es tal este matrimonio que Morena, la izquierda electoral mexicana en el poder, defiende a capa y espada lo que ahora se llama T-MEC, porque tanto el crecimiento económico como la estabilidad política del País dependen en gran medida de que ese tratado continúe. Sin embargo, ya no es la izquierda agrupada en Morena ni ningún otro partido mexicano quienes se oponen al T-MEC sino Trump, quien lo quiere modificar radicalmente, aunque blofea diciendo que lo quiere desaparecer, para favorecer a las industrias y comercio estadounidenses.
En el fondo de esta postura de Trump y MAGA (Make America Great Again, alianza y programa estratégico de los capitales de la más alta tecnología digital y la ultraderecha política gringa) está la pugna por redefinir en nuevo mapa geopolítico mundial, donde los tres actores principales son Estados Unidos, China y Rusia. Trump y sus ideólogos creen que Estados Unidos se puede reindustrializar a la vieja usanza, protegiendo sus industrias y mercado, y, por supuesto, cercando férreamente su área de influencia principal, América Latina y Canadá, la que considera su patio trasero, intentando bloquear a los chinos, quienes han avanzado mucho en la región, sobre todo en Sudamérica. Como parte de esa estrategia, retoman la Doctrina Monroe para el contexto actual y negocian, presionan, acosan o intervienen militarmente en todo el Continente Americano.
Con México han combinado tácticas de negociación y presión, pero cada vez suben más el tono amenazando con la incursión militar con el pretexto del combate al narcotráfico. Y, en efecto, la presencia de las organizaciones criminales del tráfico de drogas en la sociedad mexicana es tan grande que las bases sociales y electorales republicana, y también millones de mexicanos, generalmente opositores o distantes de la 4T, han aceptado gustosamente la idea de que el principal interés de Trump en México es el combate a los cárteles, cuando, en realidad, lo que está buscando es subordinar más a nuestro País en su órbita, como parte de una estrategia donde se está reconfigurando la geopolítica mundial.
Con la incursión militar en Venezuela y el secuestro de Maduro, Estados Unidos dio un paso decisivo en la pugna mundial por el poder y, de paso, demostró su enorme superioridad tecnológica, alimentada por la inteligencia artificial, sobre China y Rusia, que apoyaban en la protección del dictador venezolano pero que fue totalmente fallida.
Con este antecedente se hace más viable una incursión militar quirúrgica contra los cárteles mexicanos, mientras que la Presidenta Claudia Sheinbaum no resquebraje ostensiblemente el poder narco y las alianzas políticas que tejieron con personajes de las instituciones de Gobierno. Pero con narco o sin narco parece inevitable que Estados Unidos meta plenamente a México en su nueva estrategia geopolítica.
El martes pasado murió inesperadamente de un fulminante ataque al corazón Alonso Guerra, un joven profesor de la UAS y creativo promotor cultural mazatleco, también ex alumno mío en la misma Universidad. No está inscrito en las leyes de la naturaleza que los más jóvenes mueran antes que los viejos, y eso duele, sobre todo cuando se quería o apreciaba a esa persona, como es este caso. Y Alonso no era tan sólo talentoso y trabajador, sino también valiente. Se opuso por años a la enorme manipulación política que ha sufrido la UAS, a pesar del enorme poder que tenía enfrente.
Descansa en paz, estimado Alonso.