México: fábrica sin laboratorio

Gustavo de Hoyos Walther
09 octubre 2026

El 29 de septiembre, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) presentó en Ginebra el Índice Mundial de Innovación 2026. Para México la noticia es mala y, peor aún, previsible: el País cayó al lugar 65 entre 139 economías, con 30.6 puntos, desde el 58 del año pasado y el 56 de 2024. Siete escalones en un año no son un tropiezo estadístico. Son una tendencia.

El consuelo oficial será regional: seguimos terceros en América Latina. Es un consuelo magro. Chile (51) y Brasil (53) nos aventajan por más de 10 lugares, y Uruguay (66) ya nos pisa los talones. Más elocuente es la comparación con Marruecos, que subió al puesto 54, su mejor posición histórica, con la misma receta que México dice tener: manufactura, cercanía a un gran mercado y plataformas de exportación. La diferencia es que Rabat convirtió esa receta en política de Estado.

El dato más revelador está en la anatomía del índice. México ocupa el lugar 81 en insumos de innovación y el 53 en resultados. Es decir, obtenemos más de lo que invertimos. Suena a virtud, pero es un espejismo: la propia OMPI explica que México se beneficia de sus capacidades manufactureras y exportadoras. Nuestras exportaciones de alta tecnología cuentan como resultado, aunque el diseño, las patentes y las regalías se queden en otra parte. Ensamblamos innovación ajena. Por eso el País no figura entre las 21 economías que el organismo reconoce como de desempeño superior al esperado.

El momento agrava la caída. El informe documenta que la inteligencia artificial impulsa un repunte del capital de riesgo y de la inversión en investigación y desarrollo, y estima que el gasto mundial en I+D alcanzará 3.4 billones de dólares en 2026. Suiza, Suecia, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur encabezan la tabla. El lema de esta edición, impulsar a los emprendedores en la frontera de la ciencia, describe con precisión lo que México no hace. Mientras el mundo acelera, nosotros debilitamos fideicomisos científicos, centralizamos la política de ciencia y dejamos el gasto en investigación en una fracción de punto del PIB.

Hay aquí una lección de economía política. El nearshoring fue presentado como destino; es apenas una oportunidad. Atraer plantas no equivale a generar conocimiento, y el T-MEC, hoy bajo revisión, premia cada vez más el contenido regional de alto valor: semiconductores, software, baterías, centros de datos. Un país que sólo ofrece mano de obra y geografía negocia desde la debilidad. Uno que ofrece ingenieros, patentes y laboratorios negocia como socio.

¿Qué hacer? Tres cosas, ninguna novedosa y todas postergadas. Primero, estímulos fiscales serios a la I+D privada, que es donde México tiene su mayor rezago. Segundo, universidades y centros públicos vinculados a los clústeres industriales de Puebla, el Bajío y la frontera norte, con metas de transferencia tecnológica y no sólo de matrícula. Tercero, certeza jurídica: nadie arriesga capital de largo plazo donde las reglas cambian con el humor del poder.

El índice no mide el talento de los mexicanos, que sobra. Mide la calidad de las instituciones que deberían convertir ese talento en riqueza. Ahí está el lugar 81. Y ahí está, también, la agenda que el país sigue sin querer leer.

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El autor es abogado y Diputado federal.