Mi reino por un papel de baño

Jorge Zepeda Patterson
21 marzo 2020

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@jorgezepedap
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Antes de hacerlo habría que pensarlo muy bien, como dice la canción de Pablo Milanés. El martes pasado, al día siguiente del llamado del Presidente de Francia al confinamiento de las personas y el cierre de la economía, vi a los habitantes de Arles hacer acopio de vituallas en el supermercado más grande de la ciudad. Había anticipado que la escena sería dantesca; para mi sorpresa no había más gente que cualquier domingo en un Fresko de la Comercial en México. Salvo por una excepción, y no hay manera amable de decir lo siguiente, personas de origen árabe a juzgar por el atuendo de las mujeres, surtían como si en efecto no existiera un mañana. Mientras que el cliente habitual francés cargaba suministros para dos o tres días, confiando en la promesa de su Presidente de que las tiendas de alimentos seguirían abiertas y abastecidas, los residentes de origen extranjero atiborraban sus carritos con lo necesario para los siguientes tres meses. No los juzgo, igual que nosotros proceden de sociedades en las que la credibilidad de la autoridad está podrida y poseen un sentido de supervivencia centrada en la propia tribu y las redes familiares y no en las instituciones.

¿Qué pasaría en México, si como exigen tantos, López Obrador hace lo equivalente a Macron y paraliza súbitamente a la economía? ¿Actuaríamos los mexicanos como vecinos de Arles o como sus inmigrantes árabes? La respuesta yace en algunos anaqueles vacíos de los Superamas. Los inventarios de las cadenas productivas en México son infinitamente más frágiles que los de cualquier país europeo; habría que preguntarse cómo quedarían tras los asaltos de pánico que una medida así provocaría, la escasez resultante, el mercado negro y el sufrimiento de los que menos tienen y no están dispuestos a tener todavía menos.

The Economist, el célebre semanario inglés, publicó este viernes un editorial escalofriante: “El planeta Tierra se está cerrando. En la lucha por controlar a Covid-19, un país tras otro exige a sus ciudadanos que den la espalda a la sociedad. A medida que las economías se derrumban, los gobiernos desesperados están tratando de animar a las empresas y los consumidores entregando billones de dólares en ayuda y garantías de préstamos. Nadie puede estar seguro de qué tan bien funcionarán estos rescates. Pero hay algo peor. Detener la pandemia podría requerir las duras terapias de shock cuantas veces sea necesario. Y, sin embargo, ahora también está claro que tal estrategia condenaría a la economía mundial a un daño grave, tal vez intolerable. Algunas opciones muy difíciles están por venir”.

La terrible admonición del Economist va dirigida a los países prósperos del Hemisferio Norte; me pregunto cuántos grados más de alarma habría en su texto si estuviera hablando de economías frágiles y distorsionadas como la nuestra, con gobiernos que no serán capaces de entregar los billones de dólares que se requieren insuflar para evitar que las empresas se vayan a la quiebra en caso de dictaminarse un paro en seco. Las autoridades europeas se han comprometido a sostener la mayor parte del sueldo de los trabajadores durante el confinamiento y apoyar fiscal y financieramente a las empresas para evitar su desplome ahora y después del estado de shock. Nuestras finanzas públicas no solo no tienen la fortaleza necesaria, tampoco podrían hacerlo aunque quisieran: más de la mitad de los trabajadores mexicanos laboran en el sector informal, sin prestaciones, seguridad social o respaldo de alguna especie. Es decir, viven al día. Algunos ya lo han dicho, “prefiero correr el riesgo de una gripe que quedarme sin comer durante varias semanas”. El viernes un grupo de vendedores ambulantes en Acapulco paralizó una avenida en protesta por el cierre de restaurantes en la zona porque eso representa una amenaza contra su modo de vida. Para el ciudadano europeo un confinamiento financiado por el Estado, así sea forzado, es un trueque aceptable, un incordio comprensible a cambio de mantener la salud. Para la mitad de la población mexicana, equivale a un salto al vacío, una exigencia inadmisible. No se quedarán cruzados de brazos. Un país en el que la mera incertidumbre provoca acaparamiento y compras de pánico de papel de baño hace temer por la caja de Pandora que abriría un apagón indiscriminado y un llamado al “sálvese como pueda”.

El confinamiento obligado a un precio tan alto solo tiene sentido si las autoridades están en condiciones de hacerlo cumplir. En Francia existe en la práctica un estado de sitio. Para salir a la calle, incluso para ir de compras al mini súper del barrio, todo ciudadano requiere un permiso que debe descargar por online y firmar, introducir la fecha, edad y motivo de su traslado (y solo sirve para una vez). La policía impone multas punitivas que incluso pueden llevar a la cárcel a un infractor. ¿Están las autoridades mexicanas en condiciones de ordenar a sus ciudadanos un confinamiento que serán incapaces de hacer cumplir?

Puedo entender la impaciencia de los que ven pasar los días sin que el gobierno imite las medidas tomadas en Europa. Está claro que, como dice The Economist, tendremos que elegir entre dos males (combatir la pandemia de manera radical o el riesgo de una bancarrota económica de alcances impredecibles). Pero hay un escenario aún más penoso: quedarnos a medias. Lo peor de los dos mundos sería auto inducir el coma a la actividad productiva como se ha hecho en Italia o Francia y de todos modos padecer la pandemia porque gran parte de la población siguió contaminándose.

¿Hay vías intermedias? Valdría la pena explorarlas. Alemania ha clausurado espacios públicos pero no la actividad productiva de manera indiscriminada e igual que Corea volcó su esfuerzo al sector salud. Ambos tienen las más bajas tasas de mortalidad sobre la población contaminada. Necesitamos hacer algo, pero sobre todo necesitamos hacerlo bien porque equivocarse puede resultar trágico. Podríamos perder más vidas por una mala decisión que por la pandemia misma. Lo que hagamos tendrá que ser asumido pensando en la salud, en el sentido más amplio, de todos los mexicanos. Lo único que no podemos hacer es tomar decisiones para dar gusto a los que no quieren o quieren a López Obrador.