Misma tormenta, diferente barco
Durante los últimos casi dos años, en Sinaloa hemos aprendido a vivir con algo que antes parecía temporal: la incertidumbre. Se ha vuelto parte de las conversaciones familiares, de las preocupaciones de quienes tienen un negocio, de quienes buscan empleo y de quienes cada día hacen cuentas para que el dinero alcance un poco más.
La hemos visto en comercios que bajaron sus cortinas antes de tiempo, en restaurantes con menos clientes, en agricultores que enfrentan un panorama incierto y en familias que han tenido que modificar sus hábitos para adaptarse a una realidad que nadie imaginó tan prolongada. La preocupación está presente en prácticamente todos los sectores de la sociedad.
Nadie puede afirmar que esta situación no le ha afectado. Empresarios, trabajadores, profesionistas, comerciantes y emprendedores han sentido de una u otra manera las consecuencias de la crisis que atraviesa nuestro estado. Sin embargo, hay una reflexión que vale la pena hacer. Estamos viviendo la misma tormenta, pero no todos estamos en el mismo barco.
La tormenta es la misma para todos. La siente el empresario que batalla para mantener abierta su empresa, el comerciante que vende menos que antes, el profesionista cuyos ingresos han disminuido y el trabajador que teme perder su empleo. Todos enfrentan dificultades legítimas y todos tienen motivos para preocuparse.Pero las consecuencias no son iguales para todos.
Hay quienes atraviesan esta tormenta en un yate. Las olas los golpean, les generan incertidumbre y los obligan a ajustar el rumbo, pero cuentan con reservas, herramientas y margen para resistir mientras el clima mejora.
Otros navegan en una lancha. Cada ola se siente más fuerte. Cada gasto inesperado obliga a replantear planes. Cada decisión financiera requiere más cuidado porque el margen de error es mucho menor.Y también están quienes ni siquiera tienen una embarcación.
Son miles de personas que prácticamente están nadando. La madre de familia que no sabe si el dinero alcanzará para completar la despensa de la semana. El adulto mayor cuya pensión apenas cubre sus necesidades básicas. El trabajador eventual que depende de encontrar ingresos cada día. La familia que ha tenido que reducir la calidad o la cantidad de los alimentos que lleva a su mesa porque simplemente ya no puede costearlos.
En el Banco de Alimentos lo observamos con frecuencia. Mientras algunos se preocupan por una disminución en sus ventas, otros se preocupan porque el refrigerador está vacío. Mientras unos posponen inversiones o proyectos, otros posponen comidas. Y ambas preocupaciones son reales.
No se trata de señalar culpables ni de enfrentar a unos contra otros. Tampoco se trata de descalificar a quienes han logrado construir patrimonio o estabilidad económica. Ellos también enfrentan riesgos, incertidumbre y responsabilidades. Muchos están haciendo esfuerzos importantes para conservar empleos, sostener negocios y seguir generando oportunidades para otras familias.
La diferencia es que no todos cuentan con las mismas herramientas para enfrentar una crisis prolongada. Una misma tormenta puede representar cosas completamente distintas dependiendo de dónde se encuentre cada persona. Para algunos significa ganar menos. Para otros significa no saber qué van a comer mañana.
Por eso la empatía es tan importante en momentos como este. Empatía para entender que nuestra realidad no es la realidad de todos. Empatía para reconocer que existen familias librando batallas que muchas veces pasan desapercibidas. Empatía para tender la mano cuando tenemos la posibilidad de hacerlo.
Sinaloa siempre ha sido una tierra solidaria. Lo hemos demostrado en huracanes, inundaciones, crisis económicas, pandemias y momentos difíciles de toda índole. Cuando las circunstancias se complican, suele aparecer lo mejor de nuestra gente.
Hoy la tormenta continúa. No sabemos cuándo terminará ni qué tan fuertes serán las próximas olas. Pero sí sabemos algo: una sociedad se vuelve más fuerte cuando quienes navegan en embarcaciones más estables no olvidan mirar hacia quienes siguen luchando por mantenerse a flote.
Porque al final, la grandeza de una comunidad no se mide por el tamaño de sus barcos más grandes, sino por su capacidad para evitar que quienes están nadando se hundan.