Multilateralismo a la carta, la nueva estrategia de Estados Unidos

Claudia Calvin
14 enero 2026

La decisión del gobierno de Donald Trump del 7 de enero de 2026 de retirar a Estados Unidos de 66 entidades internacionales entre organismos, fondos, oficinas, comisiones, foros y plataformas de cooperación fue presentada como un ajuste administrativo y una corrección de prioridades nacionales. Sin embargo, leída con atención, esta salida no representa un abandono total del sistema internacional ni un repliegue aislacionista clásico. Se trata de algo más específico y políticamente más significativo: una retirada funcional del multilateralismo normativo.

La selección no es aleatoria. Al agrupar estas entidades por áreas temáticas, emerge una lógica política consistente. Estados Unidos no se está retirando del poder global ni de las instituciones donde ese poder se ejerce de forma directa. Permanece en el núcleo duro del sistema internacional: conserva su asiento como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, mantiene el derecho de veto, sigue siendo un actor central de la arquitectura financiera internacional y preserva sus alianzas militares estratégicas. De lo que se retira es de otra cosa: de los espacios donde se producen normas, estándares, conocimiento independiente y mecanismos de rendición de cuentas en áreas clave de la gobernanza global.

Esta distinción es fundamental para entender el momento actual del orden internacional.

Empecemos por definir “qué significa salir” y de qué no se está saliendo. El memorándum firmado por Trump ordena el retiro de Estados Unidos de 66 instituciones, entre ellas entidades del sistema de Naciones Unidas y foros multilaterales intergubernamentales. Los cinco órganos principales establecidos por la Carta de la ONU -Asamblea General, Consejo de Seguridad, Consejo Económico y Social (ECOSOC), Corte Internacional de Justicia y Secretaría- siguen existiendo formalmente con Estados Unidos como Estado miembro.

La retirada se concentra de manera muy clara en uno de esos cinco pilares: el Consejo Económico y Social (ECOSOC) y el amplio ecosistema de organismos, comisiones, fondos y programas que dependen de él. ECOSOC es el eje encargado de coordinar el trabajo económico, social y ambiental del sistema ONU. Bajo su paraguas operan las comisiones económicas regionales, como la CEPAL para América Latina, y numerosas agencias dedicadas a desarrollo, población, género, comercio, ciencia y medio ambiente. Salir de ECOSOC no equivale a salir de la ONU, pero sí implica debilitar uno de los ejes que producen diagnósticos, normas y políticas públicas globales. En términos prácticos, “salir” de estos organismos implica tres cosas:

1. Cese de financiamiento. Estados Unidos deja de aportar cuotas y sobre todo, suspende contribuciones voluntarias que en muchos casos constituían una parte sustantiva de los presupuestos operativos.

2. Retiro de participación institucional. Deja de enviar representantes, no ocupa asientos en órganos de decisión y no participa en procesos de consenso.

3. Deslegitimación política. Al retirarse, envía el mensaje de que no reconoce la autoridad normativa o técnica de esos espacios. El resultado es una reducción deliberada del escrutinio externo y una deshabilitación progresiva de contrapesos normativos.

Analicemos de qué sí se está saliendo, sus categorías y significado. La lista de organismos de los que Estados Unidos se retira no es aleatoria. Al agruparlos, aparece un patrón claro.

Medio ambiente, clima y energía. Estados Unidos se retira de instancias clave como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático , la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), la Alianza Solar Internacional y UN Energy. Estas instituciones no imponen sanciones, pero producen el conocimiento científico y los consensos técnicos que sustentan las políticas climáticas globales. Al salir, Estados Unidos abandona el espacio donde se definen diagnósticos compartidos y responsabilidades comunes.

Naturaleza, biodiversidad, agua y océanos. La salida de plataformas como UN Oceans, UN Water, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza implica el abandono de la gobernanza ambiental colectiva. Los recursos naturales dejan de pensarse como bienes regulados mediante estándares globales y vuelven a inscribirse en lógicas de poder y explotación con menor mediación normativa y por ende, supervisión.

Democracia, Estado de derecho y derechos humanos. Estados Unidos se retira del Fondo de las Naciones Unidas para la Democracia, del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), de la Comisión de Venecia y de la Comisión de Derecho Internacional. La democracia y el Estado de derecho permanecen como lenguaje político, pero pierden fuerza como marcos normativos supervisados y evaluados internacionalmente.

Desarrollo, economía, comercio y migración. La salida de UNCTAD, del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) y de las comisiones regionales de ECOSOC, incluida la CEPAL, debilita los espacios donde se analizan desigualdad, comercio y desarrollo estructural. El desarrollo deja de concebirse como proyecto colectivo y pasa a gestionarse mediante relaciones bilaterales, transaccionales y asimétricas y cuando sea necesario y útil.

Paz, justicia y postconflicto. El retiro de la Comisión de Consolidación de la Paz, del Fondo de Consolidación de la Paz y del Mecanismo Residual para los Tribunales Penales Internacionales reduce el peso de los instrumentos que conectan conflicto, memoria, justicia y reconciliación. La paz se redefine como estabilización, no como proceso normativo. Cambia la definición de la paz y la manera de participar.

Género, infancia e inclusión. La salida de ONUMujeres y de oficinas dedicadas a la protección de la infancia y a la prevención de la violencia sexual implica que los derechos sociales y de género dejan de ser compromisos multilaterales robustos y se subordinan a prioridades e intereses políticos nacionales.

Ciencia, conocimiento y formación. Al retirarse del Foro Global de Ciber Expertos UNITAR, de la Universidad de la ONU y del sistema de formación interna, Estados Unidos debilita el papel del conocimiento independiente y de la evidencia técnica como base de la gobernanza global.

En conjunto, estas salidas no eliminan las normas, pero sí debilitan los mecanismos que las hacen visibles, discutibles y exigibles, y el país se deslinda de las premisas, compromisos, acuerdos y sobre todo, la supervisión de los mismos.

Tan importante como entender de qué se sale Estados Unidos es comprender en qué decide quedarse. Permanece en la Asamblea General de la ONU, en el Consejo de Seguridad con derecho de veto, en la Corte Internacional de Justicia -aunque históricamente con reservas-, en la Secretaría de la ONU, en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y en sus alianzas militares estratégicas. Es decir, se queda en los espacios donde el poder se ejerce de manera directa y donde la asimetría de influencia juega a su favor. Aquí cabe hacer un paréntesis, el Proyecto 2025 propone su salida del FMI y del BM, habremos de ver si esto sucede en el futuro cercano.

Esta combinación no es contradictoria. Es coherente con la nueva visión de su papel en el mundo y de la política exterior que está blindando. Abandonar el Consejo de Seguridad o la arquitectura financiera global implicaría perder espacios centrales de influencia. Abandonar organismos normativos, en cambio, reduce costos políticos sin sacrificar poder estructural. Se renuncia a reglas, no a fuerza; a estándares, no a capacidad de acción. El multilateralismo deja de ser un marco compartido y se convierte en un recurso instrumental.

Esta arquitectura selectiva del retiro tampoco debe leerse como un proceso cerrado o definitivo. En varios casos, la retirada formal requeriría procesos adicionales, incluidas votaciones o notificaciones específicas, que aún no se han completado. Mientras la permanencia selectiva siga siendo políticamente redituable, Estados Unidos continuará operando bajo esta lógica híbrida.

La impredecibilidad, lejos de ser un efecto colateral, forma parte de la estrategia: el margen de maniobra se amplía cuando el factor sorpresa se convierte en instrumento de poder.

El resultado de esta estrategia no es el colapso inmediato del orden internacional, sino su transformación. Las normas siguen existiendo, pero se aplican de manera selectiva. La democracia y los derechos humanos permanecen en el discurso, pero pierden peso como reglas organizadoras de la acción internacional. El derecho internacional se debilita no porque desaparezca, sino porque pierde capacidad de arbitraje efectivo frente al poder.

Para regiones como América Latina, las implicaciones son profundas. Con reglas debilitadas e instituciones erosionadas, la soberanía se vuelve más condicional y la gobernanza más dependiente de relaciones bilaterales asimétricas. No estamos ante el fin del multilateralismo, sino ante su resignificación y utilidad selectiva.

Esto deja una pregunta clave sobre la mesa: ¿qué pasará en y con el mundo cuando una de sus principales potencias decide conservar su poder, pero deshacerse o ignorar los límites? La actuación desde la premisa de la unilateralidad será una constante, los hechos lo están demostrando.

La retirada funcional del multilateralismo normativo no elimina el orden internacional, lo está redefiniendo. Este hecho marcará la política global de los próximos años.

La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.