Mundial de aparador

Salomón Gaxiola
13 junio 2026

México volvió a hacer historia al inaugurar una Copa del Mundo. Por tercera ocasión, nuestro País se convirtió en sede mundialista, no tengo duda que la hospitalidad, el trato, las maneras del mexicano será algo que maravillará al extranjero, de igual manera hubo imágenes que recorrieron el planeta, mostrando estadios renovados, avenidas relucientes, zonas turísticas impecables y una fiesta futbolera digna de exportación. Sin embargo, detrás de las cámaras surge una pregunta inevitable: ¿qué tan real es el País que se mostró al mundo?

La decisión de la Presidenta Claudia Sheinbaum de, al contrario de sus predecesores, no asistir a la inauguración, generó múltiples lecturas. Oficialmente, explicó que prefirió ceder su lugar a una joven mexicana y compartir el partido con ciudadanos fuera de los palcos exclusivos. Por otro lado hay quienes aseguran que fue evitar estar en lugar en donde no pudiera tener control sobre la asistencia, pero más allá de la explicación, el hecho resultó simbólico: mientras millones observaban la ceremonia inaugural en el Estadio Azteca (me rehuso a llamarle Ciudad de México), afuera marchaban familias buscadoras con una sola consigna: “Nos faltan 133 mil”. Ése es el número de personas desaparecidas que registra el Registro Nacional en todo el País. Jalisco y Nuevo León -las otras dos sedes mundialistas- acumulan juntos casi 20 mil casos. Esa realidad no apareció en las transmisiones internacionales.

Los grandes eventos deportivos suelen producir un fenómeno conocido: el maquillaje urbano. Las ciudades sede reciben inversiones aceleradas, se rehabilitan espacios públicos, se embellecen fachadas y se mejoran vialidades. No necesariamente porque esos problemas sean nuevos, sino porque ahora existe una fecha límite y una audiencia global observando. Lo vimos en otros mundiales y lo estamos viendo en México.

La pregunta incómoda es por qué muchas de esas obras parecen posibles únicamente cuando llega una Copa del Mundo. Si una avenida puede rehabilitarse para recibir turistas extranjeros, también debería poder rehabilitarse para quienes la transitan todos los días. Si una zona puede iluminarse para las cámaras internacionales, también debería estar iluminada para los vecinos que viven ahí todo el año.

La derrama económica, el turismo y la proyección internacional son reales y valiosos. Las mejoras urbanas también. El problema aparece cuando la transformación se vuelve temporal, superficial o concentrada únicamente en las rutas que recorrerán los visitantes. Un Mundial no debería ser la única razón para que una ciudad mejore.

México merece la fiesta del futbol. Pero también merece que el esfuerzo, la inversión y la capacidad de organización que hoy se muestran al mundo no desaparezcan cuando el último aficionado regrese a casa. Un Mundial dura unas semanas; los problemas de una nación permanecen mucho después del silbatazo final. Porque un País no debería transformarse únicamente cuando tiene visitas. Debería hacerlo, sobre todo, para quienes viven en él todos los días.