No lo llamen Andy

Jesús Silva-Herzog Márquez
17 agosto 2026

Al momento de escribir estos párrafos no tengo aún noticia de la renuncia del Secretario de Estado, Marco Rubio, ni del subsecretario Christopher Landau. Quizá cuando este texto se publique, el anuncio se habrá hecho público ya.

Después de la tronante carta que el hombre que no quiere ser llamado Andy le envió al Presidente Trump, la permanencia en sus cargos de estos funcionarios se ha vuelto insostenible.

Más allá de todas las tensiones internacionales, la carta ha puesto a temblar a toda la estructura del Departamento de Estado. ¿Cómo podrían permanecer esos funcionarios en sus cargos después de haber recibido una crítica tan demoledora proveniente de un sujeto de tan alta autoridad mundial?

La carta, escrita con gran respeto por la investidura del destinatario, le anuncia que sus colaboradores toman decisiones de estilo hitleriano porque han pasado por el horno su permiso para ingresar a los Estados Unidos. Rubio y Landau han hecho algo a la altura de las peores atrocidades de Adolfo Hitler. Algo que es comparable a convertir las escuelas en instrumentos de adoctrinamiento; algo que está al nivel del sometimiento de todos los medios al control del Ministerio de Propaganda. Han tomado una decisión equiparable a la solución final. A espaldas del Presidente Trump, Rubio y Landau se han atrevido a quitarle la visa a quien no debe ser llamado Andy. El holocausto es una visa cancelada.

El Presidente Trump habrá visto la luz gracias a una carta tan respetuosa y tan sólidamente argumentada. Habrá descubierto en esa comunicación que las personas en las que ha confiado lo traicionaron. ¿Cuántas veces habrá leído y releído esos serenos párrafos de lógica irrebatible, llena de ejemplos históricos y de parábolas morales?

La elocuencia de la carta da espacio a la redención del Presidente Trump: aún tiene tiempo para corregir el rumbo, echar a los malvados y regresarle la visa a un hombre tan digno que no la quiere.

El hombre al que nunca debemos llamar Andy no tiene el menor interés en pisar suelo norteamericano. Estados Unidos es un país decadente lleno de racistas, de drogadictos, de familias rotas y de personas tristes. Japón es más lindo.

Ya vendrán los tiempos en que Estados Unidos recupere su grandeza y valga la pena regresar a ese país tan descompuesto.

Habrá sido un fin de semana intenso en Washington. El Presidente Trump habrá preparado una respuesta equilibrada a quien exige no ser llamado Andy. Sabe, porque así se lo indica la carta, que debe responder él mismo.

Habrá de contestar puntualmente las preguntas de la carta, porque, de lo contrario, ya sabrá a qué atenerse. Por ello los colaboradores más cercanos de Trump, su equipo legal y sus asesores internacionales habrán discutido intensamente la respuesta que debe darse al mexicano y la manera en que ha de darse cumplimiento a su exigencia de cesar a Marco Rubio y a Christopher Landau.

El hombre que hace campaña, pero no debe ser llamado candidato, no es una desviación del nuevo régimen. Si buscamos el producto más acabado del lopezobradorismo, lo encontraremos en quien exige ser presentado como el hijo de López Obrador.

Él no es una mancha, es la expresión más acabada de un proyecto político. A todos los que les avergüenza la altanería y la ignorancia del hijo dicen que el “movimiento” es tan maravilloso que no puede ser tiznado por esa ridícula fanfarronería, pero, en realidad, el sujeto condensa mejor que nadie la naturaleza del proyecto morenista.

En la carta se despliegan sus ingredientes esenciales: la arrogancia de quien entra en política para darle al mundo lecciones morales; la demagogia de quien pretende esconder sus abusos e incompetencias agitando los trapos de la democracia y el nacionalismo; la soberbia de quien se coloca por encima de todo el mundo.

Ahí están la retórica pendenciera, el nacionalismo infantil, la democracia rudimentaria. Se exponen también la incapacidad de pensar por fuera de los lemas del fundador y la empalagosa reverencia al caudillo.

En la carta se comprime, sobre todo, la noción que se ha convertido en la cuerda que ata la cohesión del régimen: la idea de la soberanía como privilegio de impunidad.

No lo llamen Andy. Llamémosle por su nombre: Morena.