Novelas de caballería
Está comprobado que leer libros de caballerías puede ser pernicioso para la salud.
Hoy es un aniversario más de la publicación del más gallardo agresivo y divertido libro de esa atrabiliaria tendencia.
Un 9 de mayo de 1605 se publicó El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha.
Es un libro total, algunos dicen que sólo William Shakespeare ha logrado en sus obras abarcar todos los elementos del temperamento humano, pero sólo Cervantes logró ser tan ecuménico y magistral en un solo libro.
“Como decía Antonio Machado, leyendo a Cervantes, ahora lo entiendo todo”. dijo hace poco el rey Felipe VI en la entrega de los Goya
El Quijote representa nuestro deseo infinito por lo imposible, el deseo de huir de una realidad creando tu propia realidad, basada en el poder de los libros.
Hay que dejarse llevar por la literatura como un surfista por la ola en su tabla o en su tablet.
El sustento filosófico de Cervantes era la obra del filósofo Erasmo de Rotterdam. Su libro Elogio de la locura era considerado un libro igual de pernicioso para el alma.
La tesis de qué los locos tienen la razón o que simplemente son felices porque no están en nuestra realidad, no era considerada positiva para un buen cristiano.
El catolicismo de España, dominante en toda la sociedad, estaba para ese tiempo aún marcado por la herencia del universo musulmán; por ejemplo la semana Santa en Sevilla aún tiene mucho que ver con las fiestas simbólicas funerales del Muharran.
Aparte, en los orígenes del cristianismo que se asentó en la España naciente de la Edad Media era del tipo arriano, una version rebelde que no aceptaba la trinidad y fue discutida en el Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino.
Es en esa confusa España, ese imperio siempre con la cabeza alta y gacha, lleno de personajes goyescos, la entidad donde ocurre el entorno lleno de tumbos y trancos que es el Quijote.
Siguiendo con España, también es la cuna de la literatura picaresca, cuyos libros en Lazarillo de Tormes y el Guzman de Alfarache son las biografías de algunos personajes de la vida real que se ven obligados a salir adelante a través del ingenio a costa de los ingenuos.
El estafador solitario o la pandilla del barrio antes fueron legitimadas por Miguel de Cervantes en su novela ejemplar Rinconete y Cortadillo.
Yo, como lector, me formé, deformé y luego reformé con los clásicos españoles.
Las obras de San Juan De la Cruz y Santa Teresa de Ávila no son libros de caballerías, pero fueron creados en ese contexto. Fueron tan contemporáneas que ambos escritores -y luego santos a su tiempo- leían esas novelas con pasión.
Santa Teresa cuenta en el llamado Libro de su vida como ella y su hermano eran fanáticos de esos libros y, alguna vez, jugaron de niños a ir en pos de la muerte con los africanos, aunque no avanzaron muy lejos de su comarca, llena de molinos de viento por cierto.
Para esa época, el concepto del amor de Dios que manejaba San Juan de la Cruz, de un amor religioso parecido al físico era una propuesta muy moderna. Y más que el cristianismo en España era más parecido al universo el Antiguo Testamento, Dios como un padre severo, dispensador de castigos y gracias.
El concepto me brilló cuando leí la novela Monseñor Quijote, del escritor inglés católico Graham Greene. San Juan de la Cruz fue un Quijote a su manera.
Yo, que me formé en los ochenta bajo la nube tóxica de los analistas de la escuela francesa, me negué siempre acercarme a esos autores tan rígidos. En las escuelas de letras hasta hacían diagramas y gráficas para entender un poema o un libro.
Así que cuando topaba con esos teóricos del idioma que parecían físico matemáticos, sacaba la diferencia diciéndoles que yo no era para esos claustros y grandes bibliotecas del pensamiento abstracto.
Yo estaba formado, con orgullo, por viejos libros de caballerías.
Somos lo que leemos.