Pactos de desgobierno
La alianza de Morena y la Coordinadora de maestros no fue una simple transacción electoral como tantas otras que hizo en el 18 y en el 24. Entrega de cargos y candidaturas a la representación más radical del magisterio a cambio de respaldo público y votos. En efecto, los dirigentes de la Coordinadora apoyaron a Morena y varios de ellos entraron a la lista de sus candidatos. Pero el pacto supuso, en buena medida, la absorción del programa de la Coordinadora. Fue ante los maestros de la Coordinadora que el candidato López Obrador presentó una propuesta educativa que era, en buena medida, adopción del programa del magisterio disidente. Derogar la reforma educativa de Peña Nieto para que no quedara ni una letra de ella, eliminar las evaluaciones y apartarse todo lo posible de los premios al mérito, colocar a los sindicatos en el centro de la política educativa.
Morena y la Coordinadora han visto la educación con el mismo lente ideológico. La escuela no es un espacio de aprendizaje sino la arena de una batalla histórica. El salón de clase no sirve para formar lectores críticos, para contagiar la emoción de la ciencia. No es el lugar que comunica el amor por una verdad compleja, que estimula imaginación y creatividad. La escuela es vista por la Coordinadora y por Morena como el lugar que forma cuadros para rebelarse contra el colonialismo y su expresión contemporánea: el neoliberalismo.
Las coincidencias entre el sindicato disidente y el Gobierno son inocultables. Basta con acercarse a los nuevos libros de texto para darse cuenta de ese furor ideológico que se instaló en el Gobierno federal. La escuela no tiene como tarea el estimular el aprendizaje, sino verificar la militancia.
Desde hace más de siete años se habla en México de un gobierno cuya tarea es impulsar una “revolución de las conciencias”. La fórmula en sí misma es una aberración. Al parecer, el nuevo régimen sabe cuál es la conciencia correcta de México y se propone la misión de implantarla en la sociedad para que rompa con sus taras ancestrales. Si es una revolución, es que no le incomoda usar todos los medios para borrar de la mente las ideas incorrectas, las actitudes viciosas, las memorias inconvenientes.
Haber hecho de la Coordinadora la guía ideológica de eso que llaman Nueva Escuela Mexicana no la convirtió en aliada confiable. Hoy es uno de los polos de mayor tensión para el Gobierno federal. La Presidenta llegó a insinuar que la Coordinadora era, en realidad, un instrumento de la ultraderecha internacional que conspira contra su patriótica gestión. El problema que hoy encara el Gobierno federal es su hechura. Les restituyó el poder que habían perdido y les ofreció un premio que no podía entregarles. La candidata morenista decidió aceptar una petición sin tomarse la molestia de hacer las cuentas de lo que costaría cumplirla.
El gobierno morenista reinstaló a los sindicatos al centro de mando. Anuló la reforma educativa que era, en el fondo, una reforma política de la educación, una reforma para recuperar, para el Estado, la conducción de la política educativa. A los sindicatos se restituyó el poder de decidir ingresos y ascensos. A sus dirigentes se les regresó el poder para imponer su capricho. La vida profesional de un maestro cuelga de los patrones sindicales.
Se rehabilitaron así las dos caras del corporativismo educativo. El sindicato oficial es, descaradamente, un brazo electoral del partido del gobierno. Su dirigente presume sin empacho que le ha entregado miles de afiliados a Morena. El sindicato disidente toma las calles, causa destrozos, deja sin clase a miles de niños. Uno refuerza al otro. Dos vertientes sindicales que anulan al Estado como conductor de la política educativa. Ambos imponen su imperio.
El corporativismo bicéfalo ha logrado la rendición del Gobierno federal. Morena ha aceptado abiertamente esta renuncia a la rectoría educativa. Imaginó que el pacto le garantizaría respaldo político y sería clave de gobernabilidad. El respaldo político se ha desgajado y se ha perdido toda pista de gobernabilidad educativa en los territorios que gobierna la Coordinadora.
No es el único caso. El régimen de la gran concentración de poder ha sido multiplicador del desgobierno.