Pagar más, ¿para qué?
El servicio de transporte urbano en Sinaloa se ha transformado en un mal necesario con el que debemos convivir diariamente, ya sea como pasajeros en sus unidades o como automovilistas esquivando sus maniobras por las calles.
Por ello, la noticia reciente del aumento en las tarifas no ha sido recibida con agrado por un amplio sector de la población. Para miles de familias, el ajuste de la tarifa general de 12.50 a 15 pesos en unidades con aire acondicionado, y de 11.50 a 13 pesos en el servicio regular, no es una cifra menor; representa un gasto repetido y acumulativo que impacta directamente en el presupuesto del hogar. La tarifa estudiantil se mantiene intacta, pero lamentablemente, el descuido en el servicio también.
La discusión de fondo no es solo si el transporte cuesta más, sino qué recibe el usuario a cambio. La ciudadanía no tendría por qué aceptar un costo más alto por un sistema que carece de condiciones claras de dignidad y seguridad.
Como antecedente, los incrementos de años anteriores (el último fue en el 2018) no han derivado en una optimización del servicio, ni mucho menos en progresos de movilidad urbana para las ciudades del estado.
Durante los últimos ocho años no se ha percibido ningún avance sustancial. A lo mucho se han renovado algunas unidades, pero la atención sigue siendo igual de deficiente. Persiste la actitud prepotente de ciertos choferes, la música a todo volumen, las paradas a discreción y el trato desdeñoso hacia los estudiantes que utilizan tarjeta de descuento. Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué se puede esperar de las promesas actuales?
Más allá de la urgencia técnica, la movilidad urbana puede ser el eje para una transformación real de nuestra calidad de vida. Bajo la óptica de Malcolm Gladwell en su libro El punto clave (The Tipping Point), pequeñas variaciones en sistemas complejos pueden generar cambios sociales masivos. Así como la teoría de las “ventanas rotas” ayudó a pacificar la Nueva York de los 80 al atender detalles mínimos, en Sinaloa debemos contemplar que el transporte público puede ser el detonante para una mejor convivencia.
Transformar la realidad exige alterar nuestras dinámicas diarias. Debemos salir de la caja que reduce el bienestar social solo a la vigilancia policial; está claro que ese enfoque es insuficiente. Una solución reside en cambiar las formas de acceso al espacio y al transporte público, que hoy nos someten a un estrés sistémico. Desde el estudiante que padece la incertidumbre del paso del camión, hasta el conductor particular que esquiva sus maniobras temerarias; todos somos víctimas de un entorno que, lejos de servir, incuba hostilidad.
Siguiendo a Gladwell, mejorar radicalmente las condiciones del transporte podría ser la chispa o el “contagio positivo” necesario para revertir la crisis de inseguridad. Un sistema digno no es solo un servicio; es el pequeño gran cambio capaz de inclinar la balanza hacia una cultura de paz.
Asimismo, el aumento del 20 por ciento al costo del pasaje resulta paradójicamente perjudicial para todos. Por un lado, el incremento es muy limitado para que el sector transporte impacte positivamente en la renovación de flota o cubra costos de mantenimiento. Por otro lado, es un golpe considerable para quienes dependen del servicio y deben costearlo a expensas de sus ingresos, especialmente cuando no existen metas públicas concretas ni indicadores verificables.
Un 20 por ciento de incremento al pasaje no soluciona nada si no hay reciprocidad. Pagar más por lo mismo, o por algo peor, debilita la noción de servicio público.
En este sentido, subrayamos la importancia de la participación social. Celebramos las manifestaciones recientes en contra de este aumento; es vital que nuestra comunidad exprese su inconformidad como una acción necesaria para una sociedad que busca una transformación genuina.
Esperamos que esta coyuntura despierte en la clase gobernante la voluntad para ensayar soluciones distintas; solo probando caminos nuevos lograremos encender la chispa de cambio que nuestra localidad anhela. Si aspiramos al “punto clave” donde la convivencia se transforme, mejorar el transporte es el primer paso hacia una metamorfosis social profunda.
Sinaloa merece una participación que trascienda la queja y se convierta en exigencia creativa. Es momento de sacudir la pasividad para transitar hacia una acción que transforme nuestro entorno. Como bien sentenció el poeta José Martí: “Hacer es la mejor manera de decir”.l