¿Para qué quemar el País? Tres reflexiones sobre el domingo ardiente
Llevamos años conviviendo con niveles de violencia que resultarían intolerables en la mayoría de los países. Pero el domingo ardiente fue distinto. El miedo colectivo alcanzó otra escala. Nunca nos había paralizado a tantos al mismo tiempo. En redes sociales, en chats grupales y en conversaciones nerviosas -cuando alguien salía a comprar comida- se repetía la misma pregunta: si lo capturaron en Jalisco, ¿para qué estaban quemando el país?
Desde luego, la caída de un personaje como Nemesio Oseguera “El Mencho” no ocurre con frecuencia. Tengo para mí que es y será uno de los acontecimientos más importantes de México en el Siglo 21. Pero ese hecho, por sí solo, no termina de explicar la quemazón del domingo. Este texto presenta tres reflexiones al respecto. Los partidarios del antiguo líder del CJNG quemaron el país por una razón emocional, porque tuvieron la oportunidad y porque necesitaban demostrar fuerza dentro y fuera de su organización. En otras palabras: porque querían, porque podían y porque debían.
La violencia del domingo puede entenderse, en parte, como la manifestación del apego emocional de los partidarios de “El Mencho” hacia su líder tras su eliminación. No fue sólo una operación criminal, sino también una reacción simbólica que incluyó duelo, rabia y manifestaciones públicas de lealtad. El equipo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México (SVyP-Colmex) analizó esa dinámica en redes sociales durante las horas posteriores a la noticia. El SVyP-Colmex identificó expresiones de añoranza hacia el líder, manifestaciones de religiosidad dirigidas a su figura, mensajes de duelo y respeto por su eliminación, así como formas de identificación aspiracional dentro del grupo. En resumen, las emociones también sirvieron como combustible durante el domingo ardiente, en tanto la violencia funcionó como canal de las emociones colectivas dentro de la organización y entre sus simpatizantes, según lo manifestaron ellos mismos.
El domingo también dejó ver, una vez más, que el Estado mexicano no controla amplias zonas del País. Su presencia es desigual, con regiones en las que llega tarde o simplemente no llega. Durante horas, grupos asociados al CJNG bloquearon carreteras, incendiaron vehículos y atacaron negocios en varios estados. Quemaron autos, camiones y autobuses de pasajeros. También bloquearon las entradas y salidas de ciudades enteras, con millones de personas dentro.
El contraste fue evidente: mientras la organización criminal reaccionó con rapidez y coordinación, el Estado tardó horas -que parecieron días- en recuperar el control.
Sin duda, capturar o eliminar a un líder criminal de ese calibre es una operación compleja. Requiere inteligencia, coordinación institucional y, muchas veces, colaboración internacional, como lo evidenciaron las múltiples reacciones de funcionarios de Estados Unidos que señalaron su participación en la caída del líder criminal. En ese sentido, fue un esfuerzo notable y un triunfo del gabinete de seguridad nacional. Pero una cosa es realizar una operación quirúrgica y otra muy distinta es quedarse a limpiar el quirófano y cuidar al paciente. Así, aunque la comunicación oficial presentó el operativo como un éxito de precisión, lo cierto es que el país vivió un vacío de control en amplias zonas del territorio durante las primeras horas posteriores al enfrentamiento.
Estamos, una vez más, ante la evidencia de la falta de coordinación inmediata entre las autoridades federales, estatales y municipales. Puede explicarse por el temor a filtraciones hacia el grupo criminal o por la rapidez del operativo. En cualquier caso, la conclusión es la misma: el Estado mexicano no controla el territorio a cabalidad y, en consecuencia, los criminales pueden desplegar distintas formas de violencia, como ocurrió este domingo ardiente. Quizá no sabíamos que podían hacerlo con tal rapidez y de manera simultánea, hasta llenar de miedo a millones de personas que terminamos autoimponiéndonos un toque de queda.
Los eventos del domingo también respondieron a una lógica corporativa: los encargados en el territorio debían mostrar fuerza y lealtad a la organización, además de enviar un mensaje al Estado, a sus competidores y a la población de que controlan ese espacio. Sí, el CJNG es una organización enorme, transnacional, con recursos económicos significativos y acceso a armamento de alto calibre. Pero no es un monolito. Como ocurre con muchas organizaciones criminales en México, se trata de una red de liderazgos regionales que deben demostrar constantemente su capacidad operativa y su control territorial.
Dos consideraciones finales ayudan a explicar este punto. Primero, desde la expansión del componente paramilitar de las organizaciones criminales en México -especialmente desde la emergencia de Los Zetas- la violencia se volvió parte estructural del modelo de negocio criminal. Desde hace décadas, estas organizaciones son mucho más que narcotraficantes: participan en extorsiones, secuestros, tráfico de personas y control territorial. Como en otros contextos, los actores armados utilizan la violencia para cumplir funciones económicas, políticas y simbólicas; les sirve para disciplinar a las poblaciones, intimidar a rivales y enviar mensajes al Estado.
Segundo, estas organizaciones operan en un entorno en el que la impunidad sigue siendo más la regla que la excepción. En ese contexto, las acciones espectaculares de violencia pública también funcionan como demostraciones de poder necesarias para conservarlo. Por eso, en buena medida, sostengo que “debían” hacerse presentes y demostrar su fuerza ante un evento de la magnitud de la caída de Nemesio Oseguera.
Por eso, la pregunta que circuló ese domingo -¿para qué quemar el País?- tiene una respuesta incómoda. Lo hicieron porque querían manifestar su rabia y su lealtad; porque podían aprovechar vacíos de autoridad, y porque, dentro de su propia lógica organizacional, debían demostrar que son la fuerza armada dominante en regiones enteras de la Nación, capaces de competir con el Estado de uno de los países más grandes y ricos del mundo.
Entender estas dinámicas no significa justificarlas. Pero sí implica reconocer algo incómodo: en México, el poder criminal no solo se disputa con armas, tal como lo sufrimos el domingo pasado.
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El autor es Manuel Pérez Aguirre, integrante del Seminario sobre Violencia y Paz y Doctor por el Departamento de Gobierno de la Universidad de Essex, especializado en violencia.