Pecadores (Sinners)
El domingo pasado, Sinners terminó de confirmar que no era solo una película exitosa, sino un fenómeno cultural. Llegó a los Premios Óscar con 16 nominaciones, la mayor cantidad en la historia para una sola película, y se llevó cuatro estatuillas importantes, mejor actor para Michael B. Jordan, mejor guión original para Ryan Coogler, mejor fotografía para Autumn Durald Arkapaw, este fue histórico el primero para una mujer en esta categoría en todos los años de la Academia, y mejor música original para Ludwig Göransson.
En el fondo, ese resultado es casi simbólico. Porque Sinners no es una película que se mida solamente en premios. Es una de esas historias que funcionan más como espejo que como espectáculo.
Quien la vea superficialmente pensará que es otra película de vampiros, pero eso sería quedarse en la superficie del mito.
El vampiro nunca ha sido sólo un monstruo.
Para entenderlo hay que regresar al origen moderno de la figura, Drácula, escrito por Bram Stoker en una Irlanda marcada por la dominación del Imperio Británico. En ese contexto, el vampiro podía leerse como algo más que una criatura sobrenatural, era una metáfora del poder que se alimenta de otros pueblos.
Un poder que no sólo chupa sangre, sino identidad.
La genialidad de Coogler consiste en traer ese símbolo al presente, en Sinners, el vampirismo funciona como una alegoría de las relaciones de poder en la cultura contemporánea, no se trata sólo de víctimas y depredadores, sino de algo más complejo, de cómo las culturas pueden ser absorbidas, imitadas o vaciadas de sentido.
Y aquí aparece uno de los elementos más fascinantes del mito vampírico.
El vampiro no puede entrar a tu casa si no lo invitas.
Es una regla clásica del género, pero también es una metáfora poderosa. El mal rara vez entra violentamente a nuestras vidas o a nuestras culturas, muchas veces entra con amabilidad, con seducción, con promesas.
Entra porque le abrimos la puerta.
En ese sentido, el vampiro no es solamente un invasor, es también un reflejo de nuestras propias decisiones, de aquello que permitimos que nos habite. Tal vez por eso el mito ha sobrevivido tantos siglos, porque describe algo que sigue ocurriendo.
Los imperios ya no siempre llegan con ejércitos, a veces llegan con narrativas, con modas, con formas de pensar que poco a poco reemplazan las propias.
No destruyen la casa, simplemente la ocupan.
Y cuando nos damos cuenta, el espejo ya no refleja lo que éramos.
Nietzsche escribió una advertencia famosa, quien lucha demasiado tiempo contra monstruos debe cuidar de no convertirse en uno de ellos.
Quizá esa es la inquietud que deja Sinners.
No tanto la existencia del monstruo, sino la posibilidad de que el monstruo encuentre lugar dentro de nosotros, porque la verdadera pregunta que plantea la película no es quién es el vampiro, la verdadera pregunta es quién abrió la puerta.
En un mundo donde las identidades se negocian constantemente, donde las culturas circulan, se mezclan y se transforman, esa pregunta resulta incómoda pero necesaria. ¿Cuándo compartir se convierte en desaparecer? ¿Cuándo admirar se convierte en copiar? ¿Cuándo adaptarnos se convierte en renunciar a lo que somos?
Las grandes películas no son las que explican el mundo, son las que lo incomodan.
Tal vez por eso Sinners ha provocado tanta conversación, porque bajo la estética del terror esconde algo más profundo, una reflexión sobre identidad, poder y memoria cultural.
Y porque nos recuerda algo inquietante, los vampiros pueden ser peligrosos, pero más peligrosa aún puede ser la ingenuidad de quien deja la puerta abierta.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuanto.
PD. Hice el mejor de mis esfuerzos para no revelar ningún secreto de la película por aquello de que vayan a verla.
Importante, no poderse ese soundtrack.