Pirámide nutricional de cabeza
Uno de los principales retos al inicio de cada año es mejorar nuestra alimentación, en particular bajar esos kilos que solemos acumular a lo largo del anterior, o incluso en el último tramo del año.
Sin embargo, la cuestión central de esta tarea no se limita únicamente a reducir la cantidad de alimentos que consumimos, sino a mejorar su calidad, especialmente en la población infantil.
En este contexto, Estados Unidos ha presentado recientemente una controvertida propuesta que modifica la tradicional pirámide nutricional. La pirámide nutricional es un esquema que ordena los alimentos según la proporción recomendada para una dieta equilibrada.
La nueva propuesta invierte las proporciones originales, dando mayor peso a la ingesta de carnes y grasas saturadas y reduciendo el papel de los cereales, tradicionalmente asociados al aporte de fibra y energía compleja.
En la práctica, se trata literalmente de una pirámide “de cabeza”. Este cambio tendrá repercusiones no solo a nivel global, sino de manera particular en México, un país históricamente influido por las decisiones y tendencias alimentarias provenientes del vecino del norte.
A pesar de los esfuerzos en México por mejorar la alimentación, como el “Plato del Bien Comer” integrado en la educación básica, es necesario profundizar el análisis más allá de lo nutricional. Esta coyuntura obliga a cuestionar los intereses económicos que respaldan ciertas propuestas alimentarias presentadas como científicas.
En este sentido, resulta pertinente analizar la situación actual de la nutrición infantil en México, para entender cómo ha cambiado la calidad de los alimentos y aprovechar este diagnóstico para mejorar la alimentación considerando el contexto social y económico actual.
Los reportes oficiales de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) 2006 y de la ENSANUT Continua 2020–2024, que emplean cuestionarios de frecuencia de consumo y mediciones antropométricas con metodologías comparables, permiten observar con claridad los cambios y las persistencias en los patrones alimentarios de la población en México.
Los reportes de la ENSANUT 2006, que revisan un periodo entre 1988 y 2006, mostraron un avance importante: la desnutrición crónica infantil disminuyó de manera sostenida.
En términos simples, cada vez menos niñas y niños presentaban retraso en el crecimiento. No obstante, este logro venía acompañado de señales preocupantes. Los problemas nutricionales se concentraban desde los primeros meses de vida, las brechas socioeconómicas seguían siendo marcadas y comenzaban a aparecer casos de sobrepeso infantil. Todo ello indicaba que la alimentación estaba cambiando, no solo por la falta de comida, sino por la calidad de lo que se consumía.
Dos décadas después, los datos más recientes de la ENSANUT 2020–2024 confirman que ese cambio se consolidó.
La pirámide nutricional invertida da mayor protagonismo a proteínas y grasas, sin diferenciar claramente entre grasas saludables y grasas saturadas, aunque mantiene frutas y verduras como componentes relevantes de la dieta. Con base en los reportes de la ENSANUT, aplicar este enfoque en la alimentación infantil tendría un efecto claro. Los niños mexicanos cubrirían fácilmente sus necesidades calóricas, pero seguirían presentando deficiencias de fibra, vitaminas y minerales.
En este escenario, es indispensable centrar la discusión en información con sustento científico, como la que respalda el “Plato del Bien Comer”, y evitar adoptar propuestas que no responden a la realidad actual de la nutrición infantil en México, sino a intereses económicos ajenos a la salud pública.
La Universidad Autónoma de Sinaloa cuenta con grupos de investigación sólidos y consolidados en el área de nutrición, respaldados por la ciencia de los alimentos y la evidencia científica, particularmente en la Facultad de Nutrición y Gastronomía.
Desde estos espacios académicos se generan conocimientos que permiten formular recomendaciones puntuales y pertinentes para el contexto local. Un ejemplo de ello es el trabajo que realizamos en nuestro grupo de investigación en ciencia, tecnología de alimentos y nutrición, enfocado en el desarrollo de alimentos funcionales.
Contar con el respaldo de la ciencia y su vínculo con la salud es un elemento central del papel que deben desempeñar las instituciones educativas. También es un ejemplo de cómo la ciencia permite tomar decisiones informadas orientadas al beneficio público y no a intereses particulares.
Desde estos espacios es posible emitir recomendaciones claras sobre los posibles beneficios y riesgos de los cambios alimentarios, así como su pertinencia en el contexto regional, aprovechando la riqueza, diversidad y calidad de la gastronomía que caracteriza a Sinaloa.