PISA: los adolescentes tienen algo que decir

Nuria González Elizalde
15 octubre 2026

Cada vez que se publican los resultados de PISA ocurre prácticamente lo mismo: hablamos de puntajes, porcentajes y niveles de desempeño, decimos cuántos adolescentes no alcanzan los aprendizajes fundamentales en matemáticas, lectura o ciencias y concluimos, una vez más, que tenemos un problema grave de aprendizaje. Y lo tenemos.

Pero los resultados de PISA 2025, publicados el pasado mes de septiembre, nos ofrecen otra mirada que merece tanta atención como los puntajes, y es qué piensan los adolescentes sobre el aprendizaje, cómo viven su experiencia escolar y qué esperan de ella.

En México, 81 por ciento de los estudiantes de 15 años afirma que le gusta aprender cosas nuevas en la escuela; 76 por ciento dice esforzarse más cuando enfrenta tareas difíciles; y 89 por ciento considera que su paso por la escuela no ha sido una pérdida de tiempo.

Estas percepciones contrastan con los resultados académicos, que siguen mostrando dificultades importantes para alcanzar los aprendizajes fundamentales. Muchos adolescentes manifiestan interés por aprender y reconocen el valor de la escuela, pero una proporción importante no está alcanzando los aprendizajes indispensables para su desarrollo.

Esta diferencia obliga a reflexionar que los resultados de PISA no son una calificación de los estudiantes ni de sus docentes. Un adolescente de 15 años lleva buena parte de su vida dentro del sistema educativo, por lo tanto, lo que ha logrado aprender refleja también las oportunidades que tuvo, las condiciones en las que estudió y las decisiones de política educativa que acompañaron su trayectoria.

Por eso, antes de preguntarnos por qué los estudiantes no aprenden lo suficiente, tendríamos que preguntarnos qué hemos hecho, como sociedad y como instituciones, para garantizar que puedan hacerlo.

Sin embargo, el valor de los cuestionarios de PISA va más allá de ayudar a comprender el desempeño académico; también recogen información sobre cómo se perciben los estudiantes, qué tan capaces se sienten para aprender, cómo son sus relaciones con docentes y compañeros y qué expectativas tienen sobre su futuro.

Esto importa porque el derecho a aprender no puede reducirse únicamente a cuánto sabe un estudiante. Desde Mexicanos Primero sostenemos que comprende tres dimensiones inseparables: estar, aprender y participar.

Estar significa que niñas, niños y adolescentes puedan ingresar, permanecer y avanzar en su trayectoria escolar; aprender, que desarrollen los conocimientos y habilidades fundamentales que quieren y necesitan para su vida; y participar, que sean reconocidos como protagonistas de su propio aprendizaje, con voz y capacidad de incidir en las decisiones que les afectan.

Esta última dimensión merece especial atención, ya que niñas, niños y adolescentes no son solamente destinatarios de las decisiones que toman los adultos, sino que también son sujetos de derechos, con experiencias, preocupaciones y expectativas que deben ser escuchadas y tomadas en cuenta. Y PISA nos permite acercarnos a algunas de ellas.

Por ejemplo, en 2025, 61 por ciento de los estudiantes mexicanos considera que la inteligencia puede desarrollarse mediante el esfuerzo y la retroalimentación. Este dato abre una reflexión sobre la manera en que los adolescentes perciben sus posibilidades de aprender y la confianza que tienen en sus propias capacidades.

Un estudiante puede querer aprender, pero no necesariamente sentirse capaz de hacerlo, y esa percepción, relacionada con la autoeficacia, puede influir en cómo enfrenta las dificultades, persevera y construye su relación con el aprendizaje.

Por eso, además de preguntarnos qué tanto saben, también importa conocer qué piensan de sí mismos, si se sienten acompañados, si tienen confianza para preguntar cuando no entienden y si consideran que su opinión importa.

La escuela no solamente enseña matemáticas, lectura o ciencias, también es un espacio de protección, convivencia y pertenencia, donde niñas, niños y adolescentes construyen vínculos y desarrollan confianza en sí mismos y en los demás.

Por supuesto, responder un cuestionario no equivale a ejercer plenamente el derecho a participar, pero sí nos recuerda el valor de incorporar la perspectiva de los estudiantes para comprender lo que sucede en las escuelas y tomar mejores decisiones.

Las evaluaciones son indispensables para saber qué están aprendiendo y qué no, para corregir políticas, orientar recursos y exigir resultados, pero evaluar sin escuchar significa conocer solamente una parte de la historia.

Quizá ese sea uno de los aspectos más valiosos que podemos rescatar de PISA: no solo permite observar resultados de aprendizaje, también abre una ventana hacia quienes viven todos los días la experiencia escolar.

El desafío es no esperar una evaluación internacional para escucharlos.

Porque garantizar el derecho a la educación significa garantizar que todas las niñas, niños y adolescentes puedan estar, aprender y participar en la escuela. Y participar comienza por reconocer algo elemental: no son solamente personas a quienes debemos enseñar y evaluar, son personas a quienes tenemos que escuchar y cuyas opiniones debemos tomar en cuenta.

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La autora es directora general de Mexicanos Primero Sinaloa.