¿Por qué no debemos combinar antibióticos con alimentos azucarados?
Solemos pensar que los antibióticos son medicamentos que eliminan bacterias y nos ayudan a recuperarnos de una infección. Aunque cumplen esa función fundamental, hay algo que a veces olvidamos, no todas las bacterias que viven en nuestro cuerpo son perjudiciales. En el intestino habita una enorme comunidad de microorganismos que participa en la digestión, ayuda a regular el sistema inmunitario y contribuye a mantenernos saludables. El problema es que cuando tomamos ciertos antibióticos, algunas de estas bacterias desaparecen y otras pueden aprovechar la oportunidad para multiplicarse. Ahora, una investigación publicada en Nature plantea que el azúcar que consumimos podría influir en este proceso.
Imaginemos que nuestro intestino es una ciudad habitada por diferentes comunidades de microorganismos. Cada una ocupa un espacio, utiliza determinados recursos y mantiene relaciones con las demás. Mientras existe cierto equilibrio, ninguna población tiene necesariamente todas las ventajas para dominar a las otras. Algunas bacterias producen sustancias beneficiosas, otras ayudan a procesar los alimentos y muchas compiten por los nutrientes disponibles. Esta competencia natural contribuye a mantener bajo control a los microorganismos que podrían causar problemas.
Los antibióticos pueden alterar ese equilibrio. Aunque su objetivo es combatir bacterias responsables de infecciones, también pueden afectar a integrantes de la microbiota intestinal. Cuando algunas poblaciones disminuyen, otras encuentran menos competencia y más oportunidades para crecer. Es como si, en una ciudad, desaparecieran repentinamente varios grupos que ocupaban espacios y consumían recursos. Los habitantes que permanecen podrían expandirse y modificar por completo la organización del lugar.
La investigación publicada en Nature (https://www.nature.com/articles/s41586-026-11077-3) sugiere que el consumo de alimentos ricos en azúcares añadidos puede intensificar estos cambios durante determinados tratamientos antibióticos. Para estudiar esta relación, los investigadores analizaron la alimentación y las muestras fecales de 173 pacientes hospitalizados que recibieron un trasplante de células hematopoyéticas, un procedimiento utilizado para tratar algunas enfermedades graves de la sangre, incluidos ciertos cánceres.
Estos pacientes representan una población especialmente vulnerable. Además de recibir tratamientos intensivos, pueden necesitar antibióticos de amplio espectro, capaces de afectar a numerosas especies bacterianas. Su sistema inmunitario también puede encontrarse debilitado, por lo que una alteración de la microbiota intestinal puede tener consecuencias importantes.
Los investigadores registraron miles de comidas y estudiaron cómo cambiaba la comunidad microbiana de los pacientes durante su hospitalización. Uno de los resultados más interesantes fue que una mayor ingesta de dulces y productos azucarados durante la exposición a antibióticos se relacionó con una mayor pérdida de diversidad microbiana y con el aumento de bacterias del género Enterococcus.
Enterococcus puede vivir normalmente en el intestino sin provocar enfermedad, pero algunas de sus especies también pueden comportarse como patógenos oportunistas. Esto significa que, cuando encuentran condiciones favorables, especialmente en personas enfermas o inmunocomprometidas, pueden multiplicarse y provocar infecciones. Algunas cepas, además, son resistentes a varios antibióticos, lo que dificulta su tratamiento.
El azúcar no necesariamente provoca una infección por sí mismo, pero podría contribuir a crear condiciones que favorezcan a determinadas bacterias cuando el equilibrio intestinal ya ha sido alterado por los antibióticos. Dicho de otra manera, el problema no es únicamente qué microorganismos desaparecen durante el tratamiento, sino también cuáles sobreviven y qué recursos encuentran disponibles para crecer.
Durante mucho tiempo hemos hablado de los efectos del azúcar principalmente en relación con la obesidad, la diabetes y las enfermedades metabólicas. Ahora sabemos que también es importante investigar cómo determinados patrones de consumo interactúan con los medicamentos y con las comunidades microbianas que habitan nuestro cuerpo. La alimentación, los antibióticos y la microbiota no funcionan como elementos independientes, sino como partes de un sistema biológico conectado.
Esta relación podría tener implicaciones clínicas importantes. Si futuras investigaciones confirman que reducir los azúcares añadidos durante determinados tratamientos antibióticos ayuda a conservar mejor la microbiota intestinal, la nutrición podría convertirse en una herramienta complementaria para disminuir algunos efectos no deseados de estos medicamentos.
También hay que considerar que, en pacientes hospitalizados, una alimentación adecuada es fundamental para su recuperación. Restringir alimentos o suplementos sin una valoración médica podría reducir el aporte de energía y nutrientes que necesitan. Por eso, cualquier cambio nutricional en estas circunstancias debe individualizarse y contar con la orientación del equipo de salud.
La principal enseñanza de esta investigación es que los efectos de un medicamento no dependen únicamente de su acción directa sobre el organismo. También pueden estar condicionados por el ambiente biológico en el que actúa, y la alimentación forma parte de ese ambiente. Los antibióticos pueden reducir la competencia entre las bacterias intestinales y ciertos nutrientes podrían favorecer la expansión de algunas de las especies que sobreviven.
No se trata de tenerle miedo al azúcar ni de desconfiar de los antibióticos, que siguen siendo indispensables para tratar muchas infecciones. Se trata de comprender mejor cómo interactúan los medicamentos, los alimentos y los microorganismos que viven en nosotros. Quizá en el futuro, además de elegir el antibiótico adecuado para cada paciente, podamos diseñar estrategias nutricionales que ayuden a proteger su microbiota durante el tratamiento. Porque cuidar nuestra salud también implica entender que no estamos solos dentro de nuestro propio cuerpo.