¿Por qué uno de cada cinco pesos del Infonavit hoy está en riesgo?
Durante años, miles de trabajadores pagaban puntualmente al Infonavit y, aun así, su deuda no bajaba: crecía. A otros la mensualidad les subió de un año para otro sin que firmaran nada ni pidieran nada. No fue un error suyo ni mala suerte individual: fue el resultado de cómo estaban diseñados sus créditos. Y ese diseño explica por qué, en 2025, el Infonavit llegó a su peor nivel de morosidad en 25 años.
El Infonavit no es solo el lugar donde pides un crédito para tu casa. Es, a la vez, dos cosas distintas. Por un lado funciona como un banco hipotecario: presta dinero y necesita recuperarlo. Por el otro, es la caja de ahorro para la vivienda de los trabajadores formales: cada quincena, el equivalente al 5 por ciento de su salario entra a la Subcuenta de Vivienda, y ese dinero, si eres trabajador formal, es tuyo. Al cierre de 2025, el ahorro acumulado de todos los trabajadores superaba los 2.2 billones de pesos.
Esos dos trabajos del Infonavit no siempre jalan parejo. Como banco, le conviene cobrar; como guardián del ahorro, debe cuidar y hacer rendir un dinero que no es suyo, sino de millones de derechohabientes. Casi todos sus problemas financieros nacen de esa tensión. El primero, y el más caro, empezó con una decisión tomada hace 30 años.
Desde los años 1990, el Infonavit dejó de prestar “en pesos” y empezó a hacerlo “en veces salario mínimo” (VSM). En lugar de deber, por ejemplo, 300,000 pesos, debías el equivalente a cierto número de salarios mínimos. La idea era proteger el crédito, pues hasta entonces el salario mínimo crecía por encima de la inflación. Sin embargo, muy pronto ese cálculo se revirtió. En la práctica, amarró la deuda de la gente al salario mínimo, y eso produjo dos problemas opuestos según lo que ese salario hiciera.
Primer problema (1994–2017): el salario mínimo creció por debajo de la inflación. Como la deuda original estaba atada a él, los pagos no alcanzaban a reducir el saldo real: el trabajador pagaba y pagaba, pero el saldo seguía igual o crecía. Muchos créditos llegaron al tope legal de 360 pagos sin terminar de liquidarse. (Amortizar es, justamente, ir bajando el saldo con cada pago; aquí esa reducción no ocurría).
Segundo problema (2018–2024): el salario mínimo subió fuerte y la deuda se volvió impagable. A partir de 2018 el salario mínimo se recuperó con fuerza, con un alza real de más de 100 por ciento en seis años. Buena noticia para quien lo cobra; pero para quien debía, cada aumento subía automáticamente tanto el saldo como la mensualidad. Sin decidir nada, el pago mensual creció hasta volverse impagable. Ese es el motor del salto en la morosidad desde 2019.
Todo esto se ve en un indicador llamado Índice de Morosidad (IMOR), que mide qué proporción del dinero prestado está en incumplimiento. En una cifra hermana, la cartera vencida señala cuánto dinero, en pesos de hoy, representan esos créditos que no se están pagando.
El IMOR tiene tres momentos. Entre 2000 y 2007 la morosidad bajó muchísimo, de 21.7 a casi 4 por ciento, gracias a mejores reglas para decidir a quién prestar. Entre 2008 y 2018 volvió a subir poco a poco. Y en 2019 se disparó: pasó de 7.81 a 12 por ciento en un solo año —por los créditos en VSM vueltos impagables— y la pandemia la empujó aún más, hasta 18.49 por ciento en 2022. En 2025 llegó a 21.68 por ciento.
Aquí está la paradoja: la morosidad de 2025 (21.68 por ciento) es casi idéntica a la del año 2000 (21.70 por ciento). Pero el mismo porcentaje esconde una diferencia enorme: en 2000, la cartera vencida valía unos 143,000 millones de pesos (mmdp); en 2025, vale 422 mmdp. El mismo IMOR representa hoy tres veces más dinero en riesgo que hace 25 años.
Traducido a personas: de los 5.8 millones de créditos del Infonavit, unos 952,000 están en situación de riesgo. Es decir, uno de cada seis créditos, y más de uno de cada cinco pesos prestados. Un matiz: desde 2024 el Instituto mide con reglas más estrictas, y ahora se incluyen créditos con señales de riesgo aunque no estén atrasados. Parte del aumento refleja esa forma más exigente de medir.
Una aclaración para no alarmar de más: que suba la morosidad no significa que tu saldo ahorrado vaya a desaparecer. Ese dinero es tuyo y el Instituto te lo debe. Lo que está en juego es otra cosa: qué tanto crece tu dinero.
¿Qué hizo el Instituto con el IMOR? Reconvertir los créditos de VSM a pesos. En 2019 se lanzó el programa Responsabilidad Compartida, que ofrecía descuentos sobre el saldo insoluto de hasta 55 por ciento condicionados al cumplimiento de 24 mensualidades continuas. Al cierre de 2024, la cartera denominada en VSM aún representaba el 17.7 por ciento del total —aproximadamente 330 mmdp—. Sin embargo, un año después, tras un esfuerzo de aplicación masiva del programa y la entrada en vigor de la tasa cero para créditos en VSM, esa proporción había caído al 3.9 por ciento (77 mmdp). Para 2024 (cifra más reciente disponible), 1.2 millones de personas habían convertido su crédito en VSM a pesos.
Posteriormente, en 2025 el Instituto profundizó esta estrategia mediante el programa Infonavit Solución Integral, dirigido a créditos originados en VSM antes del Nuevo Esquema de Créditos en Pesos, ofreciendo tasas más bajas, mensualidades fijas y la posibilidad de liquidar el crédito una vez cubierto 2.7 veces el monto original (es decir, perdonar la deuda).
Pero “absorber las pérdidas” no es lo mismo que “borrar el historial”. Convertir un crédito de salarios mínimos a pesos y congelar su mensualidad evita que ese crédito se vuelva impagable a partir de ahora. Sin embargo, no revierte los años de atraso que se acumularon mientras el mecanismo seguía activo. Ese rezago de tres décadas de diseño defectuoso es el que hoy se refleja en el indicador que mide qué tan sano está el cobro de la cartera.
El Infonavit es un fondo común. Cuando un crédito no se paga —o se perdona parte del saldo para que el trabajador no pierda su casa—, esa pérdida la absorbe el conjunto. Por cada persona que no paga puntualmente, tu dinero ahorrado crece más lento, incluso deja de crecer, o pierde valor. Los programas que perdonan o congelan saldo, aunque necesarios para evitar que la gente pierda su vivienda, tienen el mismo efecto: ese dinero que se deja de cobrar también deja de alimentar el fondo común del que sale el rendimiento de tu ahorro. Esto limita tus posibilidades de adquirir una vivienda.
Llegar al mismo nivel de morosidad que en 2000 no es volver al punto de partida: en aquel año, el Infonavit cargaba una herencia vieja y tenía menos herramientas; hoy, tras dos décadas de reformas, repetir ese nivel —con el triple de dinero en juego— es señal de un deterioro de fondo.
Separar la función social de la función financiera. Es necesario distinguir con mayor claridad ambas funciones del Infonavit y transparentar el financiamiento de los programas sociales para evitar que los costos de las políticas implementadas reduzcan los rendimientos de las Subcuentas de Vivienda.
Fortalecer las reservas financieras. Ante el alto IMOR, el Instituto debe contar con reservas suficientes para absorber pérdidas crediticias sin comprometer su estabilidad financiera. Reservas más sólidas ayudan a proteger tanto la solvencia del Instituto como el patrimonio de los trabajadores.
Priorizar la rentabilidad del ahorro de los trabajadores. La protección y crecimiento de las Subcuentas de Vivienda debe convertirse en un objetivo central de la gestión institucional. Esto implica evaluar el impacto de las decisiones financieras sobre los rendimientos que reciben los derechohabientes y fortalecer la transparencia en esta materia.
Transparentar el costo de las condonaciones y apoyos crediticios. Los programas de reestructura y condonación pueden ser necesarios, pero generan costos que deben hacerse visibles. El Infonavit debería informar periódicamente cuánto cuestan estos apoyos y cuál es su impacto sobre la cartera, las reservas y los rendimientos del ahorro de los trabajadores.