¿Puede la chatarra convertirse en política de bienestar?

Fernando García Sais
07 abril 2026

Cada Semana Santa, algunas autoridades desempolvan la misma idea rudimentaria de prevención: colocar un automóvil destrozado sobre una plataforma en medio de la ciudad, como si el fierro retorcido sustituyera a la inteligencia pública. El mensaje pretende ser severo. Lo que termina siendo, casi siempre, es una confesión de ideas cortas.

En inglés, se le suele llamar “shock campaign” o “fear appeal”: campaña de impacto o estrategia de apelación al miedo. En castellano más simple: una escenografía de advertencia. El problema no es que busque impresionar; el problema es que casi nunca pasa de eso. En unos cuantos metros el conductor lo olvida. Sirve más de distracción que de pedagogía pública.

Se gasta dinero (nuestro, además) en mover una chatarra, colocarla en un punto visible, afectar la circulación y estropear el entorno urbano, pero no se acompaña de nada que merezca llamarse política pública. No hay datos, no hay contexto, no hay instrucción precisa, no hay estadísticas, no hay mensaje normativo serio, no hay explicación técnica del riesgo, no hay una estrategia integral de disuasión. Hay, simplemente, un objeto exhibido para que la autoridad pueda decir que “está haciendo algo”.

Es la forma más barata de la simulación: convertir un problema complejo en un montaje visual.

He preguntado a muchas personas qué les provoca ese espectáculo. La mayoría responde lo mismo: llama la atención, sí; sorprende, sí; sirve para una mirada rápida, también. Pero casi nadie opina de verdad que eso cambie la conducta de quien ya salió dispuesto a beber y manejar. La gente no es tonta. Sabe distinguir entre una medida seria y una ocurrencia aparatosa.

Y ese es justamente el punto que la autoridad se resiste a admitir: la prevención real no nace del sobresalto momentáneo, sino de la certeza. La gente modifica su conducta cuando sabe que hay vigilancia efectiva, alcoholímetros bien operados, sanciones ciertas, controles visibles, transporte alternativo, campañas informativas claras y una autoridad que no juega al teatro de la conciencia, sino al gobierno de la realidad. Lo demás es utilería.

Peor aún: estas exhibiciones suelen colocarse en sitios donde no sólo afean la ciudad, sino que interrumpen la circulación, invaden espacios públicos y mandan un mensaje estético deprimente en plena temporada vacacional. Una ciudad turística no tiene por qué resignarse a que la prevención adopte la forma de una chatarrería oficial. El espacio urbano también comunica, y lo que aquí comunica la autoridad es desorden, improvisación y gusto por el gesto estéril.

Porque, además, conviene decirlo sin diplomacias innecesarias: si esa chatarra no lleva siquiera un letrero, una cifra, una explicación o una advertencia puntual, entonces ni siquiera cumple bien su función propagandística. Es un pedazo de metal colocado a ver qué entiende cada quien. Y cuando la autoridad deposita en la imaginación del ciudadano la tarea de completar el mensaje, en realidad está reconociendo que ni ella misma sabe comunicar.

Una autoridad seria no se preguntaría cómo montar una escena impactante, sino cómo reducir de verdad los accidentes. Mediría resultados. Evaluaría costos. Integraría prevención, vigilancia y comunicación. Haría sentir al conductor no sólo miedo abstracto, sino responsabilidad concreta y consecuencias previsibles.

Pero eso exige trabajo. Por eso resulta más cómodo arrastrar una ruina al camellón, tomar la foto, presumir presencia y retirarse con la satisfacción burocrática del deber aparente. Es más fácil exhibir el cadáver mecánico de un accidente que construir una política que evite el siguiente.

La seguridad vial merece algo mejor que esta pedagogía de la chatarra.

Ante Notario

El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.