¿Qué hace grande a una institución?
¿Qué hace grande a una institución? Normalmente, cuando pensamos en una institución grande, la relacionamos con el tamaño de sus instalaciones, la cantidad de personas que ayuda o los ingresos que recibe.
También es común asociar su grandeza con el número de patrocinadores que tiene, los recursos que administra o la cantidad de proyectos que desarrolla.
Otra manera en la que solemos catalogar a una organización de la sociedad civil como grande es por la cantidad de personas que la conocen, ya sea por su presencia en redes sociales o por el reconocimiento que tiene entre la población.
También influye el número de colaboradores que integran su nómina o la cantidad de voluntarios que participan en sus actividades. Sin embargo, creo que ninguno de estos indicadores, por sí solo, es suficiente para determinar qué tan grande es una institución.
Quienes formamos parte de las organizaciones de la sociedad civil solemos aspirar a ser grandes. Y no hay nada de malo en ello. No tiene nada de malo querer instalaciones más amplias, contar con más aliados y patrocinadores, sumar voluntarios, contratar más colaboradores o ayudar a un mayor número de personas.
Al contrario, crecer permite llegar a donde antes no podíamos. Lo que probablemente tendríamos que replantearnos es qué entendemos por grandeza, porque no necesariamente una institución que crece en tamaño está creciendo en aquello que verdaderamente importa.
Compararnos es parte de la naturaleza humana. Lo hacemos constantemente, ya sea en nuestra vida personal, dentro de una empresa o al frente de una organización sin fines de lucro.
Observamos lo que otros hacen, sus resultados, sus instalaciones y su manera de trabajar. En muchas ocasiones, esas comparaciones nacen de la admiración y del deseo de parecernos a quienes consideramos referentes. Y eso también tiene su lado positivo, porque nos permite aprender de las experiencias y buenas prácticas de otros.
Entonces, ¿en qué debería radicar la grandeza de una organización? ¿En algo tangible, que podemos contar y medir fácilmente, o en algo que no siempre aparece en los informes de resultados?
Dentro de los bancos de alimentos tenemos instituciones que admiramos a nivel nacional. Los bancos de alimentos de Puebla y Guadalajara, por mencionar algunos, han sido referentes por la magnitud de sus instalaciones, la organización y participación de sus órganos de gobierno, el impacto que generan entre sus beneficiarios y las grandes cantidades de alimento que rescatan y distribuyen.
Pero también por algo que merece destacarse: las cualidades de las personas que forman parte de esas instituciones, desde sus patronos y directores generales hasta los equipos operativos que hacen posible su funcionamiento diario.
Es natural que al conocer organizaciones así queramos parecernos a ellas. Queremos rescatar más alimento, atender a más familias, contar con mejores instalaciones y lograr una operación cada vez más eficiente. Son aspiraciones legítimas que nos impulsan a mejorar.
El riesgo aparece cuando comenzamos a confundir los medios con el propósito, cuando prestamos más atención a cuánto hemos crecido que a lo que ese crecimiento está logrando en la vida de las personas.
Creo firmemente que la grandeza de una institución no debería medirse principalmente por el espacio físico que ocupa, los recursos que administra, el número de colaboradores que tiene o la cantidad de personas que atiende. Todos esos datos son importantes y deben medirse, pero no cuentan la historia completa.
La verdadera grandeza debería medirse por el cambio que una organización consigue en la calidad de vida de las personas a las que sirve.
Por cuánto está contribuyendo a mejorar sus condiciones, qué problemas les ayuda a resolver y qué oportunidades les permite tener. Ese, desde mi punto de vista, tendría que ser el indicador más importante.
En un banco de alimentos, por ejemplo, no basta con saber cuántos kilos se entregaron o cuántas familias recibieron un paquete alimentario.
También deberíamos preguntarnos si esas familias están logrando alimentarse mejor, si el apoyo les permite destinar parte de sus ingresos a otras necesidades importantes o si su situación ha mejorado con respecto a cuando comenzaron a recibir ayuda.
Son preguntas más difíciles de responder, pero necesarias si queremos conocer el verdadero alcance de nuestro trabajo.
Esto tampoco significa que debamos dejar de medir toneladas, beneficiarios, donativos o resultados financieros. Sería un error. Una organización necesita esos indicadores para administrar sus recursos, rendir cuentas y tomar decisiones. Lo que no podemos permitir es que esas cifras se conviertan en nuestro único parámetro de éxito.
De poco serviría multiplicar nuestras instalaciones o duplicar la cantidad de personas atendidas si no somos capaces de demostrar que nuestra intervención está haciendo una diferencia en sus vidas.
Probablemente existan organizaciones pequeñas, con presupuestos modestos y unos cuantos colaboradores, que estén logrando transformaciones extraordinarias entre las personas que atienden.
Y también puede haber instituciones enormes que, a pesar de sus recursos y reconocimiento, todavía tengan mucho por mejorar en ese sentido.
Por eso, más que preguntarnos qué tan grande queremos que sea nuestra institución, valdría la pena preguntarnos qué tanto queremos que cambie la vida de las personas gracias a su existencia. Porque crecer siempre será deseable, pero necesitamos tener claridad sobre para qué queremos hacerlo.
Y si algún día tenemos que elegir entre presumir cuánto hemos crecido o demostrar cuánto hemos ayudado a mejorar la vida de alguien, ojalá siempre tengamos más razones para hablar de lo segundo.