Querer creer

Jesús Silva-Herzog Márquez
02 febrero 2026

Hay una fórmula curiosa que se escucha con alguna frecuencia. Se oye en la plática familiar y también en los debates públicos. “Quiero creer que se arreglará la fuga de agua”. “Quiero creer que la Presidenta combatirá a los corruptos dentro de su partido”.

En ambos casos, lo que escuchamos es la confesión de un anhelo de autoengaño. Quien quiere creer no cree en realidad. pero desea creer. No encuentra buenas razones para pensar que la fuga de agua se arreglará por sí sola.

Lo más lógico sería que, si no llega el plomero, la fuga continuará hasta vaciar el tinaco. Quien dice que quiere creer que la Presidenta hará lo correcto advierte que, en ausencia de argumentos, apela a una fe.

Pero, más que una fe, lo que encontramos en esa expresión es una voluntad de fe. Trampa doble: creencia sin prueba, fe sin convicción.

El empeño que revela este enchufe de palabras es simplemente absurdo: el crédito que se da a una idea, a una leyenda, a un dios no es foco que se prende a voluntad. Por más que quisiera creer en un dios, no lo conseguiría. Fracasaría igualmente el creyente que se propusiera negar su fe. Se cree o no. Querer creer es desear el engaño.

Abandonar la inercia del autoengaño fue la convocatoria del Primer Ministro de Canadá. El discurso que tanto se ha comentado en los últimos días tiene antecedentes notables.

En un correo electrónico, Raudel Ávila, buen conocedor de asuntos internacionales y columnista en diversos medios, me presentó una serie de reflexiones valiosas que formaron el juicio de Mark Carney. Ciertamente en Gran Bretaña y en Canadá particularmente ha habido un debate intenso y profundo sobre el rumbo que han de tomar las “potencias intermedias” ante el nuevo desorden mundial. Particularmente interesante fue la conferencia que el laborista David Miliband pronunció en honor a Isaiah Berlin en noviembre del año pasado sobre los desafíos de la política exterior británica.

La notable pieza oratoria del Mandatario canadiense tradujo esa reflexión colectiva en diagnóstico, estrategia y convocatoria. Su alusión al marchante de Havel, ese hombre que, bajo el totalitarismo, sentía el deber de proclamar las consignas del régimen para no ser fastidiado, fue una invitación a “vivir en la verdad” a terminar el pacto de simulación del que el mundo extrajo algunas ventajas a costo de simular un convencimiento.

La Presidenta Sheinbaum celebró el discurso de su colega, pero rechazó todas y cada una de sus invitaciones. En particular rechazó la convocatoria de llamar a las cosas por su nombre.

Mientras allá hay un esfuerzo por encontrarle nombre a la nueva realidad, acá se sigue fantaseando con una normalidad apenas perturbada por una peculiar manera de expresarse. Adentro no hay nada que modificar.

La coalición no necesita una sacudida, la herencia no necesita ser revisada, no hay urgencia de limpiar la casa. Las concesiones interminables y las frecuentes llamadas de teléfono son, para la Presidenta, respuestas a la medida de la amenaza.

Se dirá que la condición de México no permite la osadía canadiense. La determinación mexicana no es, en lo esencial, una redefinición internacional. Podría beneficiarse, sin duda, de una política exterior activa, pero lo central para México en la emergencia no está afuera sino dentro.

La amenaza exterior debería ser el acicate más efectivo para emprender los cambios que, de otra manera serían impensables. Si, bajo estas presiones, la Presidenta no es capaz de repensar sus creencias más acendradas, pondrá al país en un riesgo mayor del que ahora corre. No hay en la Presidenta valentía para pensar de nuevo las cosas y eso es justamente lo que le urge al país: valor para escapar de las consignas, determinación para romper con los convenios ruinosos, lucidez para terminar con políticas demostrablemente perjudiciales.

La Presidenta quiere creer que sus telefonazos cordiales bastan. Quiere creer que su disposición a concederle al Presidente Trump todo lo que le pide, basta. Quiere creer que el apaciguamiento volverá ventajoso lo que es indigno. Quiere creer que su tarea consiste en gestionar la herencia del patriarca, cuando le correspondía hacer inventario puntual de lo podrido. Su lealtad al Fundador se ha convertido en un riesgo nacional.