¿Quién decide cuánto vales: tú o las redes?
Nuestra dignidad nos pertenece desde el nacimiento. Sin embargo, en la vida cotidiana podemos olvidarlo y buscar en la aprobación de los demás una confirmación de nuestro valor.
Una fotografía sin reacciones, una opinión que nadie comenta o una publicación que recibe críticas pueden despertar una pregunta dolorosa: ¿soy suficientemente valioso?
Las redes sociales nos permiten compartir experiencias, encontrar compañía y expresar nuestras ideas. También nos exponen a una comparación constante.
Entre imágenes, comentarios y cifras de seguidores, podemos empezar a medir nuestro valor por la atención que recibimos.
Cuando el reconocimiento no llega, a veces nos castigamos: “No sirvo para nada”, “Todos pueden menos yo” o “Nunca voy a lograrlo”.
Dejamos de reconocer nuestros esfuerzos y capacidades para juzgarnos desde lo que otros muestran de su vida.
Por eso, la pregunta del título merece una pausa: ¿quién decide cuánto valemos?
Nuestra dignidad no depende de una votación digital, pero podemos terminar viviendo como si necesitáramos la aprobación ajena para reconocerla.
Marco Aurelio reflexionaba, en sus Meditaciones, sobre una contradicción humana: aunque nos queremos a nosotros mismos, con frecuencia damos más importancia a la opinión de otros que a nuestro propio juicio. Las redes ofrecen un escenario cotidiano para esa tensión.
En México, el INEGI reportó que, en 2024, sufrió ciberacoso el 26.6 por ciento de las mujeres y el 22.9 por ciento de los hombres de entre 12 y 19 años que usaban internet. Aunque estas cifras no miden la autoestima, muestran la presencia de agresiones en los espacios digitales y recuerdan la importancia de acompañar a las juventudes.
Ante una agresión, pedir a una persona que simplemente “no haga caso” resulta insuficiente.
Fortalecer la autoestima requiere también escucha, apoyo y mecanismos para enfrentar la violencia.
Quien recibe una humillación merece acompañamiento; la responsabilidad de la agresión corresponde a quien la ejerce.
Las familias, las escuelas, las plataformas y quienes participamos en las redes tenemos una tarea compartida: construir una convivencia en la que disentir no signifique humillar y expresarse no implique quedar expuesto al hostigamiento.
El principio de dignidad que proclama Naciones Unidas cobra sentido cuando lo llevamos a nuestras relaciones: en lo que publicamos, en cómo respondemos y en nuestra disposición a apoyar a quien está siendo agredido.
La autoestima se construye en la manera en que nos valoramos, nos tratamos y reconocemos nuestra dignidad. Implica mirar con honestidad nuestras capacidades y limitaciones, sin despreciarnos por aquello que todavía necesitamos aprender.
Podemos equivocarnos sin convertir el error en una condena. Podemos atravesar una dificultad sin concluir que somos incapaces. Y podemos pedir ayuda sin sentir que eso disminuye nuestro valor.
A menudo somos comprensivos con otras personas, pero implacables con nosotros mismos. Aprender a hablarnos con respeto nos permite reconocer lo que hemos construido y encontrar ánimo para seguir adelante.
La confianza personal también se desarrolla en relación con nuestro entorno. La discriminación, la exclusión y las humillaciones pueden dificultarla.
Hablar de autoestima exige mirar tanto el trato que nos damos como el que ofrecemos a los demás.
La autoestima tiene una dimensión ciudadana. Reconocer nuestro valor puede ayudarnos a expresar una opinión, establecer límites, defender nuestros derechos y participar en asuntos que afectan nuestra vida común.
Si necesitamos aprobación para cada decisión, se vuelve más difícil sostener una postura propia.
Epicteto advertía, en su Manual, sobre el riesgo de orientar nuestra vida hacia lo externo para agradar a alguien.
Su reflexión nos invita a preguntarnos: ¿actuamos por convicción o por temor a perder aceptación?
Escuchar otras voces y revisar nuestras ideas forma parte de una convivencia democrática. Confiar en nosotros mismos también implica reconocer que podemos aprender y cambiar de opinión.
Tener criterio propio requiere reflexión y apertura al diálogo.
Una comunidad se fortalece cuando sus integrantes pueden hablar sin sentirse inferiores, escuchar sin descalificar y participar sin renunciar a su dignidad.
Fortalecer la autoestima es una tarea cotidiana. Se alimenta cuando reconocemos un avance, cumplimos un compromiso, cuidamos nuestros vínculos y dejamos de usar la vida ajena como medida de la propia.
El reconocimiento puede alegrarnos, pero no debería convertirse en una condición para sentir satisfacción por nuestros esfuerzos.
Nuestros propósitos necesitan trabajo, paciencia y una confianza capaz de acompañarnos incluso cuando nadie aplaude.
Las redes pueden formar parte de nuestra vida sin convertirse en el tribunal que determine nuestro valor.
Cada persona tiene una historia, capacidades, afectos y posibilidades que ninguna cifra de seguidores alcanza a expresar.
Nacemos iguales en dignidad y derechos. Recordarlo nos ayuda a comprender que nuestro valor no aumenta con los “me gusta” ni disminuye con las críticas. También nos compromete a reconocer esa misma dignidad en los demás.
¿Qué estamos haciendo, dentro y fuera de las redes, para que nuestras juventudes reconozcan su valor, desarrollen una voz propia y participen en la construcción de su futuro?